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"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

lunes, 9 de abril de 2018

VALLARNA. MÚSICA Y GOCE






  
El goce embrutece, dijo Fausto a Mefistófeles, rematando un arranque apolíneo contra el hedonismo de los gobernantes. Embrutecerá, no digo que no, pero…



Ayer gocé sin miedo a embrutecer, sin pensar en ello un instante. Lo hice como la vez que comí tierra con una vieja cuchara de alpaca (dizque tenía dos añitos, pobre) convencido de que era chocolate; porque al margen de lo que dijera mi madre (qué bronca me cayó, Dios), aquella tierra sabía mejor, os lo aseguro, que cualquiera de sus posibles frutos o sucedáneos… Ayer gocé sin paliativos inteligentes, a lo alto, ancho y largo del descuido, durante el concierto que ofreció Vallarna en la sede pucelana del Teatro Corsario.

En una salita apretada y llena hasta las trancas, a una hora inmisericorde, por cierto, (la decimotercera del domingo) Vallarna reunió a más de ciento veinte gozadores alrededor de su música. ¿Folclórica? Música popular castellana, que justamente por serlo con veracidad y hondura, no teme introducir su cuchara de plata en el tiempo áureo: el presente, y en el espacio óptimo: todas las tierras afines. ¿Y esto cómo se come? Pues como si fuera chocolate, claro, con la fe del gozador por bandera.

Vallarna sabe que ancha es Castilla, pero asimismo sabe que sus fronteras musicales ni comienzan ni acaban en ella, y para abonarlas con tierra fértil, la van a buscar (también) allende. Tiran sobre todo al norte, es cierto, pero no sólo; con más o menos apetito, trastean en los cuatro puntos cardinales. Así que a la música popular castellana, que ya reúne y resuelve sonidos provenientes de desiertos y landas, valles y páramos, cuevas y picos, eventos civiles, bárbaros y salvajes; Vallarna la sonsaca con versiones que mezclan su meollo con aires en apariencia foráneos: rondas, jotas, coplas y charradas, con muñeiras, polcas, boleros, habaneras y pregones. Sí, por raro que parezca, incluso el bolero, la habanera y el pregón se cuelan aquí por rendijas pícaras o sensuales. Escuchen con atención, por ejemplo, El carretero, de su disco Pimentón puro, que fue el presentado en el concierto de ayer, y contradíganme después… si pueden. Insisto, los chicos de Vallarna meten muchos y varios ingredientes en su receta para la llamada música tradicional; y aunque casi siempre predomina el toque celta (bretón, irlandés, escocés, gallego, astur), lo administran muy atentos al presente y apuntando al futuro. Por eso la música celta, pasando por Castilla, cómo no, mezclándose con rondas y jotas, cómo no, también con este grupo completa su viaje: bluegrass, country, rocanrol, rock… Sí, todo eso. Escuchen, por ejemplo, Charrada de Alaraz, del referido disco, y contradíganme después… si pueden.

Lo cierto es que cualquiera que sea la diversidad de hierbas de que se componga, el conjunto se comprende siempre bajo el nombre de ensalada. (Montaigne). Y la ensalada de Vallarna, amén la amalgama de acentos, y sin ninguna duda, resulta castellana. ¿Tiene sentido este afán por la actualización de lo propio, en un entorno globalizado que coquetea con un futuro maquinal? Tal vez no lo tuviese si resultase aburrido. Pero los gozadores convocados ayer, que teníamos entre uno y ochenta años, podemos asegurar lo contrario. Salimos de la sala felizmente embrutecidos. Y mientras haya brutos contentos como nosotros, hay esperanzas.

Gracias, Carlos, Jesús, Javier, Arturo. Os deseo un éxito rotundo dondequiera que repartáis semejante goce. Éxito musical. ¿Y económico? También, por supuesto. Aunque debéis tener en cuenta que sólo el mercader acaricia sus telas y recibe lo esperado. (Lezama). Que vuestra música siga embruteciendo a quienes gozamos apegados a nuestro ser-humano. Porque embrutecer a las máquinas (ay, no me pidas, cariño mío, lo que no te puedo dar) es imposible, por muy bien pagado que resulte el intento. Las máquinas nunca comerían tierra por chocolate. Porque no les sabría a nada en cualquier caso, y porque antes de lanzarse filtrarían y pesarían el grano con un talante fáustico. Seguid alegrando el oído a Mefistófeles. Que por lo menos haya música veraz y divertida en los caminos que no puede arrasar, para los gozadores que embrutecen sin complejos, la pisada universal de la miseria.


jueves, 29 de marzo de 2018

LA BABILONIA DEL HUDSON





  
                                    Para Leo y Bea



…no puede decirse que las cosas son hermosas o feas, ni que están ordenadas o confundidas, a no ser en relación con nuestra imaginación.             
                                                                                                         Spinoza

…la imaginación comienza por mirar a los sentidos para ver y representarse las formas; pero pronto los deja para examinar todo lo sensible mediante un conocimiento que no procede de los sentidos, sino de la propia imaginación.
                                                                                                          Boecio



Las citas que encabezan esta breve reseña son un parapeto. Hablaré de Nueva York, y quiero tener (dejar) claro, que lo hago como curioso, o como padre agradecido, no como arquitecto… ni como escritor. Es cierto (ahora parafraseo a Innerarity) que resulta imposible escribir nada sin que todo se entrometa; que ni siquiera una anécdota es el resultado exacto de una acción o reacción determinada, sino también, y puede que especialmente, de la historia que la sustenta y mece; pero intentaré que sea mi imaginación, y no mi aparato razonante, quien me guíe a través del montón de formas que dejó en mis sentidos aquella extraordinaria ciudad.

Ni las incontables imágenes que me hicieron tragar durante años y años en conferencias, libros, revistas, películas, obras de teatro, fotos o diapositivas; ni el entusiasmo de los amigos que la visitaron o vivieron antes; ni siquiera los poemas de Lorca, Juan Ramón o Hierro, lograron que me decidiera a viajar a Nueva York. Muchos otros lugares me reclamaban con más hondura o salero, según el caso. Y tal vez no hubiese ido nunca, lo confieso, si afectos impostergables no me hubiesen urgido a hacerlo. 

Nueva York es una gran ciudad europea, pero sin una gran historia detrás que la proyecte y acote al mismo tiempo. ¿Una ventaja? Sobre todo Manhattan, que fue lo que pateé con cierta disciplina, tiene una planta baja reconocible para cualquiera que haya experimentado el urbanismo grecolatino, en alguna de las múltiples versiones con que desembarcó en el XIX de la mano del neoclasicismo, la revolución industrial, el modelo de ciudad que ésta trajo consigo, y su contestación en los llamados Ensanches y en la ciudad ajardinada; esto es: importantes ejes urbanos, plazas, parques, grandes aceras, comercios, comercios, comercios, bares, cafeterías, restaurantes, terrazas; vestíbulos de hoteles, cines, museos, teatros, edificios administrativos, académicos… Además de su planta baja, la ciudad tiene un sótano dedicado sobre todo al transporte urbano, como tantas otras ciudades en Europa, y un nivel superior eminentemente residencial y oficinesco. Hasta aquí sin grandes novedades. Si a esto le sumamos el río, su delta o estuario, y el mar; seguimos moviéndonos en una ciudad europea del XIX casi canónica; una vez disculpada, claro, la ausencia de un centro histórico anclado en el Medioevo o en La Antigüedad. ¿Y entonces?

Lo primero que hace a Nueva York especial, y puede que única dentro de las ciudades con claro ascendente europeo, es la suma cantidad. ¿De qué? De todo. Cantidad que en sí misma indica cierta inclinación a lo bárbaro, incluso a lo salvaje (los adjetivos de magnitud huelen a barbarie. Pound); y que se manifiesta en su escala general, en la extensión, en la altura de su meollo, en el variopinto catálogo de formas arquitectónicas, en la diversidad geométrica de su skyline (silueta que contrasta con la bóveda celeste, y que en este caso funciona como una montaña rusa, muy rusa), en su carácter cosmopolita (número de razas y etnias que la habitan y/o visitan) etc. Lo segundo que la caracteriza y distingue es sin duda la velocidad. Velocidad de los medios de transporte, de la gente que corre, trabaja, usa los servicios urbanos o pasea; de los turistas, de los mensajes publicitarios, de los servicios en bares y restaurantes, de los recorridos en los museos… Cantidad y velocidad: Lo mucho moviéndose a un ritmo trepidante. Eso es lo que hace de Nueva York una ciudad distinta. La saca del mazo en que están acomodadas las grandes ciudades europeas y la sitúa en un aparte ¿fundacional?

Dice Baricco que en la historia de los mamíferos, el delfín es un excéntrico. En la de los peces, un padre fundador. ¿Es Nueva York, más que una derivada rara, el germen de una ciudad-otra, donde mudaremos la piel por última vez y emergeremos, no como seres humanos, sino como entes de inteligencia artificial? ¿Podrá mover la inteligencia artificial tanta extensión y tanta masa a una velocidad cuántica? ¿O quedará la ciudad como vestigio de la muda definitiva, como piedra donde la serpiente se rascó por última vez, antes de quedar expuesta del todo y comerse su propia manzana? 

Según Heródoto, Babilonia tenía, antes de ser conquistada por Ciro, unos quinientos ochenta kilómetros cuadrados de superficie. (Qué barbaridad. No acabo de creérmelo). Pero, ¿tendría un promedio de tres o cuatro metros de altura? Según Google, Nueva York tiene hoy unos ochocientos kilómetros cuadrados de superficie; pero, ¿con unos veinte metros de altura como promedio? Nueva York debe pesar siete veces lo que pesaba Babilonia. Puede que el peso psicológico que tuvo y tiene una y otra urbe frente a sus respectivos habitantes, no resulte tan dispar, porque en un caso todo estaba construido con barro, cocido o no; y en el otro hay mucho vidrio por medio. Pero en lo que Nueva York gana de calle a Babilonia, seguro, es en la velocidad. La velocidad física (rotación y traslación) arrastrada de la Tierra, es una para ambos casos, pero la psicológica no. Nueva York se mueve a una velocidad psicológica muy superior a la velocidad del mismo tipo con que debió moverse Babilonia. Y en esto el vidrio y la altura son agravantes, no atenuantes. Es decir, que si los babilonios podían vivir en una suerte de batea atada al fondo del Eufrates; los neoyorquinos viven en una coctelera hiperactiva que muy poco tiene que ver con las corrientes caseras del Hudson.        

Los turistas y los paisanos no se mueven en Nueva York como conejuelos, que, el viento consultado, salen retozando a pisar flores (Góngora), se mueven como cubos de hielo, o bolitas de fuego, según se tercie, disparados sin cesar contra las paredes de un recipiente accidentado, complejo. El ápice de ese remolino lo experimenté en Times Square. ¿Una plaza? Bueno, aceptemos que sea una plaza, ensanchemos el concepto plaza hasta que quepa en él un sitio donde se reúnen muchas personas para ser batidos. Batidos y batidos, quiero decir: zarandeados y vencidos. Hablamos de una plaza cuyo espacio es inapresable a causa del baile frenético que, los usuarios y los elementos determinantes del recinto, todos a una y en el mismo maremágnum, ejecutan sin cesar al son de un tempo inmisericorde. En Times Square el barman que agita la coctelera tiene línea directa con el diablo. Todos debíamos experimentar eso al menos una vez en la vida. No soporté más de cinco minutos. Me sacaron de allí directo al Lincoln Center. Sí, por suerte Manhattan también tiene sus oasis calmos. Lincoln Center es uno de ellos, y también lo son algunos de los parques ribereños, y el Parque Central más recóndito, donde único es creíble que obre el polen sin espantarse.

El espacio y el tiempo en Manhattan no están segmentados y determinados como en Europa, por más que New York sea, en esencia, una ciudad europea. El espacio y el tiempo allí no se tejen y arrumban de la misma forma. Debe ser la velocidad con que se mueve lo mucho, y la verticalidad extrema, presente o acechante, que generan un movimiento en continua espiral muy difícil de cazar. Si realmente el movimiento es la síntesis del espacio (tesis) y del tiempo (antítesis), y esa síntesis resulta huidiza… ¿O será todo un simple espectáculo? Está claro que se trata de una ciudad efectista, como también lo fue Babilonia. Y ya se sabe que el efectismo, que es un síntoma inequívoco (aunque no exclusivo) de nuestro tiempo decadente, se alimenta a sí mismo sin parar. Ya lo hacía en pleno Siglo de las Luces, imaginemos ahora. Decía Goethe: [los antiguos] representaban la existencia, y nosotros el efecto; ellos pintaban lo terrible, nosotros pintamos terriblemente; ellos lo agradable, nosotros agradablemente…; de donde se deriva toda la exageración, todo el amaneramiento, toda la falsa gracia, toda la timidez; porque cuando se trabaja el efecto, y sólo el efecto, nunca se cree que se le hace sentir bastante. ¿Qué opinan de esto y sobre Nueva York, quienes la conocen, quienes todavía sólo la imaginan?      

El efectismo de Nueva York puede desembocar también en cierto escapismo. Tal vez no para sus habitantes, pero sí para los turistas. Por eso la próxima vez que la visite llevaré pipa y lupa. Dejaré de mirar hacia arriba y me centraré en el trasiego bajero. Tengo que determinar, por ejemplo, su sexo. ¿Qué sexo tiene esta ciudad? Moscú, ya sabemos, es un señor obeso de unos ochenta años, que vive con sus hermanas solteronas. Lisboa es una señora de apariencia melancólica, pero de intimidad portentosa, que tiene unos cuarenta años y es pretendida por jóvenes maduros. ¿Y Nueva York? ¿Quiénes podrían conocer mejor su sexo, su edad exacta, sus sueños?: ¿quienes limpian las estaciones del Metro, o quienes limpian las paredes-cortina de los rascacielos? ¿Las crías de Godzilla o las de Spiderman?

En cualquier caso, hay que ir. Ya lo dije a varios escépticos. Hay que ir sin prejuicios ni fáciles encantamientos a la mano. Es una ciudad que merece ser visitada. ¿Y vivida? Mmm, no lo sé… ¿Ciudad de ciudades? Mmm, no lo sé… ¡La más íntima naturaleza de todo grano quiere decir trigo, de todo metal oro, de todo nacimiento el hombre! (Eckart). Y de toda ciudad _______________. A ver quién es el valiente (o la valienta, aclaro, no vaya a ser que me regañen por tendencioso) que se atreve a poner en el espacio vacío un nombre que no contenga pura sal mediterránea: sal de su agua centrípeta, digamos por ejemplo Atenas; sal de su agua efluente, digamos por ejemplo La Habana; o sal de su aire unánime, digamos, sin remedio, Nefelococigia.




lunes, 12 de marzo de 2018

EL ARMA SECRETA DE FERNÁNDEZ PEQUEÑO


(NORAYAGU CONTRA LUCIO CORNELIO / ÑEÑECO MELEO CONTRA BILLY EL NIÑO)





En los alrededores de la finca donde nació mi madre, allá en Cuba, en una esquina de la linde norte de la Ciénaga de Zapata, Ñeñeco Meleo capitanea (espero que todavía opere en la zona) la tropa de espectros nocturnos que agitó mis veranos infantiles y guajiros. Se trata de un fantasma que arrastra varias cadenas, y que aprovecha las ancas desocupadas de cualquier caballo montado, para, sin ser visto, pero firmemente asido a la cintura de su jinete, viajar de un lado a otro de su particular Calvario, a la vez que canturrea con un ritmo (aunque machacón) dulce: ñeñeco meleo, ñeñeco meleo, ñeñeco meleo… Varios amigos y familiares míos, mientras volvían a casa de noche, después de ver a su novia, parrandear con los colegas o patrullar un campo sembrado, sufrieron el referido abordaje. Todos sabían que debían mantenerse tranquilos, que Ñeñeco era (¿seguirá siendo?) inofensivo si el jinete se mostraba cómplice: Llegado el fin de su trayecto, soltaba la cintura de su benefactor, se tiraba de la bestia sin más, y seguía con su canturreo a la espera de la próxima cabalgadura nocturna cuya dirección le viniera bien… Nunca nadie dijo algo que me hiciera suponer una posible reacción violenta del espectro encadenado, cantor y viajero… Esta noche, sin embargo, me vino a la memoria de una manera rara: mientras soñaba, (yo / soñaba, creo, pues no sé ahora mismo qué parte de la memoria erguida debo adjudicar al sueño o a la vigilia espoleada) Ñeñeco Meleo abordó las ancas de un caballo negro que montaba…



Me siento bien. Acabo de leer El arma secreta, de Fernández Pequeño. Nueve cuentos de diferente extensión, que obedecen sin embargo a una misma y única máxima: parva propia magna; magna aliena parva, que diría Lope; y que podemos traducir como: lo pequeño, siendo propio, es grande; lo grande, siendo ajeno, es pequeño. Y créanme: toda esta “pequeñez” redundante, y puede que alborotada, no responde aquí a un mero juego de palabras.

El arma secreta es un libro que recomiendo sin cautelas. Es un libro desigual, como lo es todo compendio de cuentos, poemas, ensayos, artículos, discursos… (Lo es El Decamerón. ¿No lo va a ser éste, en plena resaca postmoderna?). Pero es un libro desigual que parte de un nivel envidiable: tiene cuentos buenos, muy buenos y excelentes; y que a la postre resulta igualado por arriba, gracias a un agente importantísimo: el estilo del autor. Sí, el estilo. Sólo los no enterados (de primeras pude decir idiotas) pueden creerse eso de que en el arte el fondo importa tanto o más que la forma.

El poderoso estilo que lo amalgama, y la propia arquitectura del libro (no digo estructura con toda intención) lo salvan con creces de quedar en una sumatoria de historias contadas con simpatía y corrección. El estilo de Fernández Pequeño, su verdadera “arma secreta”, es completamente personal, y contiene dosis parecidas, si no iguales, de talento y oficio, intuición y experiencia, desparpajo y medida. Esto es raro de encontrar en un autor postmoderno. Y cuando se encuentra; cuando un escritor actual, gracias a su estilo propio y redondo, es capaz de arrumbar hacia una obra sólida, los ripios que, (re)vestidos de altos códigos, le ofrece la sociedad en que vive y trabaja; cuando esto ocurre, digo, debemos felicitarnos. Podemos ir del rigor al desatino (A. Piedra) y viceversa con suficiente garantía: garantía, sobre todo, de útil entretenimiento, de elevada diversión… vaya, me atrevo y digo más: de humana expansión, de hinchazón humanista. 

El magnífico estilo de Pepe, (Pepe, te llamo Pepe, donde hay confianza da asco, dicen por aquí) merced a esa mezcla óptima de atributos contradictorios que mencioné en el párrafo anterior, y también a que se apoya en una sabia articulación de los contenidos (otra dimensión de la forma, claro, a la que antes llamé arquitectura) logra que un libro con historias tan disímiles, se convierta en un viaje cargado de sentido: el sentido que dan a cualquier obra literaria, por postmoderna que sea, la unidad, el equilibrio, la poesía y la gracia. Unidad y equilibrio, que no deben (¿porque no pueden lograrlo hoy día?) pretender lo esférico para funcionar. Poesía, que es algo consustancial a cualquier esfuerzo creador en la literatura y el arte, y que supone tener a esbirros, como el metafísico y el lógico, sometidos a su fértil rincón. Y gracia, no sólo como manifestación airosa del humor, que también, sino como aparición milagrosa de una dimensión divina: esa que nos coloca por debajo de lo leído para que, libres entonces de tentaciones teorizantes, y felizmente “derrotados”, podamos disfrutarlo en plenitud.

Es su estilo lo que permite a Pepe imantar, redondear y resolver con éxito, historias que a ratos parecen entrelazarse caprichosamente, que culebrean y fingen fugar sin aparente destino común, sin avenirse a la estricta lógica formal, para terminar estallando o diluyéndose, según el caso, en una perspectiva que se construye a trozos, pero acaba resultando incontestable. El buen manejo del absurdo, diría él. Pero yo no soy tan rácano. El absurdo es algo común a toda obra de creación literaria. Donde no hay absurdo, florean (no necesariamente florecen o fructifican) la filosofía, la historia, la psicología, y demás disciplinas de esa estirpe. Quien no quiera lidiar con el absurdo que se meta a… ¿a qué? Ni siquiera los periodistas… Claro, cuando el absurdo es contrapesado con la cantidad exacta de sensatez que precisa, cuando la mentira está llena de verdad poética; cuando a esas sustancias tan huidizas se les sabe dar forma… Pepe.

Los cuentos que más me gustan son El cíclope, Pongamos por caso y El ombligo de María B. Pero debo mencionar también el primero: Los conquistadores; y el último: El arma secreta. Ambos funcionan bien separados, y sin embargo, son partes del mismo cuento: uno tal vez más “pretencioso”, que, desdoblándose, genera el paréntesis necesario para que el estilo-Pequeño aparezca en todo su esplendor. Estos “dos cuentos” son como la alfombra y la ovación de un acto donde cada pieza obedece a un guion también secreto, también muy eficaz. Los conquistadores genera el pórtico poético perfecto para el libro. El arma secreta, que le da título, baja el telón con cierta (sólo cierta) solemnidad. Es un cuento de trasfondo histórico, en el que Pepe se ríe de quienes leemos a Plutarco con disciplina doria. Aquí Pompeyo el Grande carga con un montón de hijos, y uno de ellos, llamado nada más y nada menos que Lucio Cornelio (debe haber más de diez Lucios Cornelios famosos en las postrimerías de la República; por ejemplo, Lucio Cornelio Sila, o sea, Sila, fue el primer gran avalista político-militar de Pompeyo) se enfrenta (dialécticamente) a Norayagu, un esclavo que vivía en Arkenia. ¿Arkenia…? En fin, el aparente rigor histórico, que por supuesto existe, desemboca en un falso realismo que inquieta, desconcierta y divierte. Ni cuando parece serio, depone Pepe su afinadísimo sentido del humor.

Lucio Cornelio supo frente a Norayagu, que haber emprendido la expedición de conquista, alejándose de todo cuanto en verdad amaba, suponía, ya, una derrota. Antes de morir lo susurró a Ainerka, la hija del esclavo; tal vez pensando, como el protagonista de Pongamos por caso, en el culo de su mujer:

“…dormía desnuda y bocabajo, inmune a la frialdad que tan catastrófica ha resultado en los últimos tiempos para su migraña, mientras ofrecía a la vida un culo levantadito y orondo. Me detuve un momento, apreciándola desde atrás, tratando de seguir la quebrada de sus nalgas, que iba a perderse abajo, rumbo a un destino que desde esa perspectiva se presentía oscuro y misterioso. Era el mismo culo que estoy viendo desde hace quince años, de caderas un poco estrechas y nalgas proyectadas, que el tiempo comienza a puntear de celulitis por los lados. Pero a la vez había en su posición algo distinto, una actitud de reto que obligaba a reparar en el brillo de la piel, el delicado erizamiento de sus poros, los huequitos que flanquean la planicie de su baja espalda. No sé por qué te describo un paisaje que conoces bien, quizás solo para decir que esa mañana aquel culo me confrontaba con una arrogancia nueva, capaz de desafiar hasta a la mismísima muerte.”

Por haberse reído de mí como lo hizo, y porque soy un pesado; aunque fui muy feliz leyendo este libro, riéndome con él de punta a cabo, no voy a dejar de apuntar a Pepe, que en algunos momentos me han molestado ciertas piruetas gramaticales. Pero qué puede importar eso, si no a quienes, como yo, leen a Plutarco sin la debida prudencia…



…El caballo negro lo montaba Billy el Niño, que como buen cachorro irlandés crecido en el oeste de los Estados Unidos, tenía sus dos pistolas prestas al asalto. ¿Qué haría por allí…? Ñeñeco Meleo se montó a sus ancas, y cuando yo terminé de leer a Pepe, (no sé si lo soñé, lo imaginé, o lo vi mientras comía un plato de arroz congrí, vaca frita y frituras de malanga) el espectro sacó su arma secreta (nunca lo había hecho, insisto) y derribó al pistolero. ¿Cómo? Y qué más da. Lo derribó. No porque fuera a dispararle, qué va, Ñeñeco Meleo es infalible y lo sabe; sino porque Billy el Niño se mostró grosero y arrogante cuando le pidió que dejara de cantar: ñeñeco meleo, ñeñeco meleo, ñeñeco meleo…       


jueves, 15 de febrero de 2018

PLEGARIAS DE UN MEMO





  
I

Con la intención de ayudar a machihembrar los hemisferios de su aparato crítico, hace unos días hablaba con un joven que me importa mucho, sobre la última destemplanza (fijaos que digo destemplanza, no fiebre) de Occidente. Me refiero a la deriva sexista: la vorágine hembrista contra el machismo. No sé bien por qué expongo (ahora / aquí) mi estupor y mi desasosiego ante la estupidez y el oportunismo con que muchos se han sumado a esta ¿tendencia? Debe ser la ilusión de libertad, que también nos calienta a quienes, sin ser demasiado inteligentes, hemos llegado de azar en azar hasta los cincuenta y pico. Debe ser eso, porque sé que es muy posible que haya un ejército de astutos destemplados esperando, con ganas de lío, a quienes pretendamos enfriar la situación con un poco de candidez y otro de quijotería. Sin embargo, como haría cualquier memo, apuesto por mí en este lance. Tal vez porque, como también suele ocurrir a los memos, me importan los más jóvenes, creo en ellos. No en todos, lo reconozco, pero sí en los que padecen la memez suficiente, como para atreverse a apostar por un caballo perdedor, sin antes tener que haber dilapidado media vida haciéndolo por los que corren y ganan dopados. (Perdón porque haya escrito jóvenes y no jóvenas, caballo y no caballa o llegua. Son cosas de viejo). Mira que mi abuelita me advertía siempre: hijo, porfía, pero no apuestes; lo que en este caso se me antoja trasladar a: habla en privado si quieres, pero calla en público; no lleves las cosas al límite. Mira que lo han dicho muchos sabios… Por ejemplo, el pobre Boecio: No vayáis a buscar violetas al prado teñido de púrpura, cuando en la estremecida llanura sopla el furioso aquilón. Mira que…

En fin, hace mucho que digo a quienes quiero, que desconfíen de los periodistas, que por simple higiene mental no crean la mitad de lo que dicen, que por la misma razón pongan en duda la mitad otra, sobre todo si hay juicios de valor entre medias. Avempace decía que en la ciudad perfecta no pueden existir ni médicos ni jueces, [que] es la falta de amor y paz lo que produce litigios y enfermedades. Éste era más cándido que yo, que dudo y matizo: ¿Sin médicos…? ¡Sin periodistas de opinión, por Dios! Pero la ciudad perfecta de Avempace no era una megalópolis democrática, claro. En una democracia, sobre todo en una que atraviese su fase última, (decadente, cómo no: veloz y consumidora) los médicos, los jueces y los abogados son imprescindibles, como también lo son los cartománticos y los periodistas opinantes. ¿Quién inflamaría, si no estos últimos, la maleable sesera del consumista-elector? Los periodistas pueden votar, y a cambio deben consumir como todo hijo de vecino; y como todo hijo de vecino, para poder consumir deben vender. ¿Y qué venden? Noticias. (Noticia: Información sobre algo que se considera interesante divulgar. R.A.E.) Algo interesante, vendible… Como ellos mismos repiten siguiendo la máxima de uno de sus adalides: noticia no es que el perro haya mordido al niño, sino que el niño haya mordido al perro. ¿Y qué vender cuando a los niños les da por acariciar a los perros…? No queráis caer en manos de un periodista que se esté haciendo semejante pregunta, porque entonces seréis vosotros mismos los niños mansos, y estaréis preparados para ser mordidos por ellos: los periodistas; y estaréis dispuestos a sacaros los dientes en previsión de que un día se os pudiese ocurrir morder al perro que os estuviera despedazando, o al periodista que os estuviera magreando.


II

Cómo no estar en contra de la violencia. Todo el aparato jurídico-administrativo de la polis, ese que arropa y ahorma al hombre cuando vive en estado civil, está, o debe estar dirigido a garantizar que los individuos resulten previsibles los unos con relación a los otros, que como actores que son de un entorno civilizado, respondan a los patrones éticos y morales previamente convenidos por la sociedad a la que pertenecen. Para vivir en plenitud, formando parte de comunidades complejas, debemos poder confiar, sobre todo, en que no nos van a matar en nuestra propia casa, o a la vuelta de la esquina, en que no nos alcanzará el supuesto fuego amigo. En las democracias europeas, parece que debemos poder confiar, incluso, en que no nos matarán, aun cuando hayamos matado consciente y organizadamente a muchos otros. Así están las cosas. Nos guste o no. Y entonces, ¿cómo no estar en contra, también, de la violencia extrema (con riesgo para la vida misma) que se pueda dar entre individuos de diferente género? Pregunto más: ¿cómo no estar especialmente en contra de la violencia ejercida por un individuo fuerte sobre otro que lo sea menos, sin importar el género al que ambos pertenezcan? Sólo quienes se enajenan pasiva o activamente del convenio que deben asumir los individuos para vivir en sociedad, pueden aprobar la violencia o ejercerla, sea del tipo que sea, tenga la intensidad que tenga. Porque, ¿alguien que no sea un verdadero antisocial, podrá sentirse cómodo ante la violencia ejercida entre sus conciudadanos? Claro que no. Pero esto es una cosa, y otra bien distinta es aprobar que se exacerben con fines espurios los actos violentos. Da igual que hablemos de violencia de género, de violencia dentro un grupo social determinado, de violencia filial, o de violencia entre maestros y alumnos… Y es aquí donde aparecen los periodistas amarillos, los de mayor olfato comercial, que serán seguidos primero, y aguijados después por los políticos, quienes harán lo que haga falta para atraer la atención de los que tienen un espíritu más gregario y menos crítico entre los potenciales votantes. Y entonces la bola irá creciendo: periodistas, políticos, agentes sociales, artistas, intelectuales, público… Todos irán creando lo que llaman un estado de opinión. ¿Y hay algo más fructífero en el Estado de las Opiniones: la democracia, que un estado de opinión bien tejido? ¿Quién se atreve a toserle a una tendencia firmemente implantada en los medios de difusión, los mítines políticos, las redes sociales, los programas de estudio, los eventos culturales, las instituciones de cualquier tipo…? Sólo nosotros: los memos.

Todos los actos violentos en tiempos de paz son repudiables. También lo son aquellos que ocurren entre individuos de distinto género. Y está bien que la prensa los airee, por supuesto. Pero no que exagere y magnifique su puesta en escena, buscando generar una espiral patética que absorba los ánimos más sensibles y menos críticos, con fines comerciales o políticos. Porque la dicha espiral, una vez erguida, no cesará de crecer hasta que otra de igual o mayor fuerza la sustituya. Y para cuando eso ocurra, puede que los daños sean irreparables sin que un cambio social verdaderamente radical y violento cree nuevas vías de reparación. En una sociedad decadente como la nuestra, que apenas tiene medios para defenderse de sí misma, es peligrosísimo que se activen mecanismos tan potentes de confusión… Hoy en día, la lucha contra la violencia de género, aunque completamente justificada, está encontrando el sustrato social idóneo para mezclarse y confundirse con la deseada igualdad entre hombres y mujeres, el cambio de paradigmas sexuales, el cuestionamiento de la familia o de cualquier otra estrategia reproductiva de la especie… Si seguimos como vamos, llegará el momento en que un simple flirteo que parta del varón, podrá ser interpretado, juzgado y condenado como un acto violento contra la mujer. Así están las cosas: En Occidente se produce un trasvase de poder que deberá poner a la mujer en una posición social mucho más justa que la que ha ocupado en los últimos diez mil años de historia. Eso está muy bien, siempre que su horizonte no resulte la comba que apenas puedan saltar las máquinas. Y el asunto no tiene por qué acabar así. Claro que no.

El sexo ha sido (y es) un instrumento de poder incontestable. Hace poco puse en boca de uno de mis personajes de ficción las siguientes palabras:

…―Por ejemplo, en Roma: Has oído que eran promiscuos, ¿no?, que practicaban la homosexualidad entre los hombres con total desenfado, ¿no? ―He visto películas donde sale esto, sí. ―Pues nada de eso, amigo. La identidad sexual romana estaba ceñida a un esquema binario de poder social muy claro: De un lado, los penetradores, que eran los hombres libres; del otro, los penetrados, que eran los demás: mujeres, muchachos y esclavos. Si un hombre nacido libre era sorprendido dejándose penetrar por un esclavo, por ejemplo, podía ser sancionado con pena de cárcel o de trabajo forzado, incluso condenado a muerte. Te cuento esto como un ejemplo, para que entiendas que en el sexo casi todo es juego de poder. La función receptiva está asociada con el sometido, y la invasiva con el que somete. ¿Y cómo las mujeres que tienen un lado masculino muy fuerte, compensan esto? Pues juegan a subvertirlo psicológicamente. ¿Cómo el ser penetrado: el receptivo, llega a someter al penetrador: el invasivo? Ahí está el asunto. Las mujeres lo han resuelto de muchas maneras distintas a lo largo de la historia…               

La mujer occidental, ayudada por toda la sociedad en que vive, debería ser capaz de cambiar el signo de los tiempos, sin necesidad de pasar de dominada a dominante, sin necesidad de poner en riesgo las estrategias reproductivas de la especie. Lo contrario implicaría acelerar un proceso de destrucción que tiene dos mechas: la que viene de culturas y/o civilizaciones menos fatigadas y nada decadentes, marcadamente patriarcales y capaces de actos violentos extremos; y la que viene de la inteligencia artificial, que parece condenarnos a un futuro maquinal donde los conflictos de género no tendrían cabida.

No será fácil un cambio que no implique graves cesiones a la barbarie o la máquina, porque una operación de semejante magnitud en la psicología individual, genérica y social, demandaría un tiempo y un celo que tal vez parezcan excesivos para este tiempo hiperacelerado, pero debíamos ser ambiciosos. Aunque lo tienen más fácil en el Oriente no adánico, (hace dos milenios y medio que Lao-Tsé dijo: La hembra vence siempre al macho por la receptividad) en Occidente el equilibrio de poder entre los géneros no tendría por qué implicar necesariamente un suicidio. Y sin embargo… El lío de géneros que tenemos montado, con la “inestimable” ayuda de periodistas, políticos y demás fuerzas “parlantes” de la sociedad, aparece como un síntoma más de insalvable decadencia. ¿Es así? ¿No vale la pena oponerse a los idiotas (mujeres y hombres) que por doquier repiten eslóganes sexistas facilones para no parecer trasnochados o anacrónicos?  



III

Somos tan antiviolentos, que nos exponemos a los bárbaros sin cautelas; tan estúpidos, que todo lo que nos negamos como sociedad en cuanto a la quiebra del contrato que hemos suscrito, y que actualizamos continua, casi enfermizamente, lo concedemos a los ajenos sin inmutarnos. ¿Por qué digo sin inmutarnos? No. Digo mejor: felicitándonos por ello. Así de buenos somos, así de empáticos, de modernos. Muchas veces son los más “vanguardistas” entre nosotros, esos que abogan a grito limpio, por ejemplo, por la total igualdad entre los géneros desde ya, cueste lo que cueste, caiga quien caiga, quienes justifican que en nuestra propia sociedad medren individuos y grupos sociales de otras culturas, ejerciendo ante (y contra) nosotros, prácticas de extrema desigualdad entre hombres y mujeres, de sórdida violencia de género. Que vengan, sí, que vengan, aunque cada viernes den una paliza a sus mujeres, aunque las obliguen a caminar rezagadas por nuestras aceras, a dos metros de distancia de sus amos, aunque las obliguen a cubrirse parcial o totalmente el rostro… A la rueda-rueda de pan y canela. / Dame un besito y vete a la escuela. / Si no quieres ir, acuéstate a dormir… Ah, la decadencia, qué facha tan guay tiene… Y los políticos, periodistas, artistas, intelectuales… todos y todas (se dice así, ¿no?) miembros y miembras, portavoces y portavozas de esta sociedad tan belígera consigo misma, tan permisiva sin embargo con sus verdugos, qué bien nos soliviantan, ¿no?; cómo despiertan nuestras consciencias… Votemos, compremos, chillemos, hablemos como nos venga en ganas. ¡Viva la democracia! Y envejezcamos como Dios manda, con buenas pensiones que soporten los hijos de… ¿Hijos? ¿Cómo producen los robots sus descendientes? ¿Emanan o crean?

Le pregunté al joven con quien hablaba sobre estas cosas, la edad que tenía (veinte). Le pregunté si alguna vez había visto en su entorno familiar, social, escolar o laboral, un acto de flagrante violencia de género (no). Le pregunté si algún familiar, amigo o conocido suyo lo había visto (no, que él supiera). Le pregunté entonces por qué estaba tan nervioso con ese tema (Ah, los periodistas… Si lo dicen por la tele…). No quise frivolizar sobre una cosa tan seria, pero tuve que decirle: Igual España, a pesar de todo, no es un país tan violento. ¿No crees? (Silencio). Luego le pregunté si sentía que debía tener más cuidado en estos momentos cuando trataba de ligar con una chica, después del follón noticioso que se ha montado en el mundo entero al calor de las denuncias de violencia sexista que surgieron en Hollywood (sí). Por último le pregunté si tendría hijos (¿…?). Entonces le conté lo que le pasó al general espartano Dercílidas: Aun en Laconia, donde se respetaba a los militares hasta la veneración, donde los mayores de edad eran ídolos para los jóvenes, Dercílidas, que era célibe y no tenía hijos, fue tratado irrespetuosamente por un adolescente. En una ocasión, entrando el general a un recinto con los asientos ocupados, el dicho adolescente no le cedió el suyo. Dercílidas debió demandar una explicación. Porque tú no dejas un hijo que me lo ceda a mí, dijo el muchacho. Las cosas que se ven en las sociedades de signo ascendente, eh.

¡Que vivan las mujeres!, digo yo. Que alcancen las mismas oportunidades que los hombres en todos los sentidos posibles. (Subrayo posibles. No hace falta que corran los cien metros en nueve segundos, de veras que no). Que retengan su gran privilegio: la capacidad de gestar vida otra. Que cese la violencia en tiempo de paz. Que cese la manipulación de la masa votante y consumidora. Que periodistas, políticos, artistas e intelectuales, se avengan a un guion más honrado. Que la ignorancia no sea tan insolente. Si puede ser, que se lea un poco más. Que se machihembren los hemisferios en el aparato crítico de los jóvenes. Que cese la idiotez, por Dios... ¿Veis cuántas cosas pedimos los memos? Ah, y que ellas no pierdan de vista, ni a Dioniso ni a Eros. Sólo Dioniso las eximió y eximirá del supuesto designio machista de su sexo. (Las vías pánica y apolínea ofrecen más dudas). Sólo ante Eros merece la pena rendir el pudor:
     
Cuando Zeus modeló al hombre, lo dotó en el acto con todas las inclinaciones, pero olvidó inocularle el pudor.

No sabiendo por dónde introducirlo, le ordenó que entrara sin que se notara su llegada. El pudor se revolvió contra la orden del dios, pero finalmente, ante sus ruegos apremiantes, dijo:

Está bien, entraré; pero a condición de que Eros no entre donde yo esté; si entra él, saldré enseguida.




lunes, 22 de enero de 2018

¿TAMPOCO OS GUSTAN LAS SIRENAS?






Hace unos meses di en Internet con un vídeo que recoge un conversatorio sobre poesía en el que participaron, entre otros poetas y periodistas, Antonio Gamoneda y Chantal Maillard. Me gustó verlo y escucharlo. Los poetas no siempre acertamos al consentir hablar en público sobre poesía, pero a la mayoría de nosotros nos gusta hacerlo. Y sí: algunos lo hacen francamente bien, quiero decir, sin pretender explicar la flor por el fertilizante, pero otros… otros puede que no tanto. Sobre todo los cosecheros, los que apuntan a canon por activa o por pasiva agitando un agon artificioso, suelen preguntarse en voz alta tal vez demasiadas cosas. ¿Será mi caso? Aunque lo de canon y cosecha me suena a chino, no me atrevo a negar con rotundidad lo concerniente al talante agónico. Por eso, porque soy uno de los que habla quizás demasiado sobre estas cosas, aunque lo haga casi siempre a la defensiva, os aviso y os pido disculpas de antemano: Leedme con cautela en este registro.

En aquella sesión los poetas estuvieron bastante bien. Dijeron cosas que quizás sólo nos interesen a nosotros mismos, pero a mi juicio no resultaron demasiado pedantes, ni pontificaron en exceso. (Aplico un rasero especial para poetas, ¿de acuerdo? Sí, pueden reír conmigo). Bueno, ya sabéis que siento debilidad por Antonio, también cuando habla de poesía. A él siempre lo escucho presto a la impresión. Y creo que quienes lo acompañaban, aunque sin descartar que en el fondo tuviesen ganas de revolver con más fuerza, al saberse bajo su ala… El caso es que en un momento en que la conversación giraba hacia el eterno (y ocioso, según me parece ahora) dilema entre poesía y filosofía, Chantal se preguntó (no es literal): ¿Qué poema no tiene una metáfora? Alguien dijo entonces con aparente ánimo de loa: Yo he leído poemas tuyos sin metáforas. A lo que Chantal respondió: Intento quitarlas, pero es difícil. Claro, esto a mí me llamó la atención: ¿Un poeta que intenta escribir poesía sin metáforas…? En fin, ahí hubiese quedado el asunto de la poesía no metafórica, si no lo hubiera retomado hace unos días, por diferentes razones y en diferentes contextos, con mis amigos, los poetas Luis Enrique Valdés, Sonia Díaz y Fernando del Val. Resulta que no sólo Chantal anda preocupada por las metáforas. Ay, Dios… No, no, Luis, Sonia y Fernando no. Ellos las utilizan como yo. Y como yo lo hacen sin complejos. Pero en esta época de café sin cafeína, cerveza sin alcohol y pan sin gluten…



LA METÁFORA

La poesía es hija de los tropos. Nunca le importó un comino, porque nació sin saberlo, pero lo es, nos guste o no. Mucho antes de que precipitaran en conceptos y definiciones, de que fueran nombrados y adjudicados en obediencia y confinamiento a los manuales de retórica para servir a la prosa y la oratoria; la metáfora, la metonimia, la alegoría, la hipérbole, la sinécdoque, la ironía, la antonomasia, el énfasis y la imagen, estaban poniéndole letra y música a los ruegos del sacerdote, que era además el mago, el jefe del clan, el responsable de negociar con los dioses su día a día y su destino, no históricos como los nuestros, pero igual de inciertos y fatigosos... o más.

Sin embargo nosotros, que vivimos cautivos de una consciencia muy trajinada, puesta a orear hace dos mil quinientos años, al margen de la inconsciencia y sobre un ara con tres patas razonantes: la socrática, la platónica y la aristotélica; re-infectada poco después con el prístino barro mesopotámico, entonces letra grave en las Tablas de Moisés; y finalmente convertida en potingue superabstracto, superlógico en las calderas escolásticas; nosotros, digo, los justos herederos del positivismo, (qué alto, qué rubio, qué guapo) que necesitamos explicarlo y cuestionarlo todo, ¿nos atrevemos ahora a arrebatar los padres a la poesía? Los propios poetas, o quienes de esa forma se llaman a sí mismos, ¿los parricidas?

Los tropos marcan la diferencia, no sólo formal, sino también y sobre todo significante, entre un discurso cuya base sobrepasa lo meramente lógico y sensorial, (que puede y debe estar transido de utilidad, por qué no) y otro discurso que no lo hace, cuya base no trasciende la experiencia perceptiva, directa y útil, que a la postre apunta siempre al utilitarismo, vénganos este último de convenientes consideraciones éticas, morales, políticas… Los tropos no son patrimonio exclusivo de la poesía, por supuesto, son también necesarios en la buena prosa, aunque ésta se limite a in-formar la realidad. Pero en la poesía, que antes de in-formar la realidad, la forma, digo mejor: la re-forma, digo mejor todavía: la con-forma o re-con-forma para hacerla suprasensible, y por ello apta para el consumo humano, los tropos son indispensables... Cuando el sacerdote se dirige a los dioses para invocar su complicidad en la caza, no puede hablar igual que cuando, al frente de la partida y entrampado el mamut, se dirige a los cazadores para que obren con pericia y diligencia. Alfonso Reyes utiliza un símil esclarecedor para explicar esto: Escribe (no es literal): El vecino que quiere darnos su dirección, no puede usar el verso de Santa Teresa: Vivo sin vivir en mí. Debe decirnos: vivo en tal número de tal calle. Pero asimismo, digo yo, Dios no escucharía con igual interés a la santa, si ésta le dijese: Venga usted a verme, Padre. Vivo aquí, a las afueras de Ávila. Ni Dios la escucharía con la misma fruición, ni los lectores que buscan hacer el camino hacia él subidos en su palabra, la de la poeta, quiero decir.

Los tropos y demás figuras retóricas, insisto, de origen muy anterior a su definición conceptual, enjuiciamiento y condena al servicio de los oradores desde manuales especializados, (seguro que Safo no había estudiado oratoria cuando escribió: Eros me sacudió el alma / como un viento que en la montaña sacude los árboles) todos estos recursos, digo, son esenciales para la poesía, y especialmente para su ápice de concreción posible: el poema; si es que el poema sigue siendo el lugar donde buscar, y con suerte encontrar a la imagen poética en pleno apogeo… Y de los tropos, la metáfora, esa que molesta ahora a algunos poetas, es la menos prescindible tal vez. Aunque, como veremos más adelante, puede llegar a serlo, sí. Pero no porque lo dicten un periodista, un pensador o un iluminado que pasen por poeta, sino porque su aparición termine en sí misma y no se prolongue en el verdadero milagro: la imagen. No la imagen retórica, la poética.

Pero, ¿qué es una metáfora? Según el autor de la Retórica a Herenio, que como bien vio Salvador Núñez en el prólogo y las notas que escribió para la edición de Gredos en 1997, siendo el primero de los romanos en redactar un manual de retórica en condiciones, recogió, como también hiciera poco después Cicerón en La invención de la Retórica, elementos de toda la tradición griega procedentes de Aristóteles, Isócrates, Ateneo, Apolonio y Hermágoras:

La metáfora se produce cuando una palabra es transferida de un objeto a otro porque la semejanza parece justificar esa transferencia. Se utiliza para poner una cosa ante los ojos. Por ejemplo: «Esta insurrección despertó a Italia con un súbito terror». O por brevedad. Por ejemplo: «La inmediata llegada de un ejército extinguió de repente el fuego de la ciudad».

Según Quintiliano:

…la metáfora, esto es, traslación, que entre todos es el más hermoso y frecuente. Es tan natural, que la usan hasta los ignorantes sin advertirlo, y tan gustoso, que da mayor luz a la oración ya por sí clara. La metáfora no será vulgar ni baja ni dura, si se usa con juicio. Contribuye a la afluencia, ya trocando el significado, ya tomando de otra cosa la significación de lo que no tiene término propio, y hace que no falten palabras para expresar cualquier cosa, que es la mayor dificultad. Por la metáfora se traslada una voz de su significado propio a otro donde o falta el propio, o el trasladado tiene más fuerza. Esto lo hacemos, o porque la necesidad nos mueve a ello, o porque queremos significar más o con más decencia, como dije. […] Los del campo dicen por necesidad yema en las vides, porque ¿qué otra palabra habrían de usar? Dicen asimismo que los campos están sedientos; que las plantas están enfermas. Por necesidad decimos hombre duro y áspero; para expresar estas cosas no hallamos términos propios. Para mayor expresión decimos: encendido en ira; inflamado de la pasión, y deslizado en el error, porque con ningún término podríamos explicar la cosa con mayor viveza. Otras expresiones pertenecen al ornato, como: luz de la oración; claro linaje; tempestad del razonamiento; ríos de elocuencia. Así Cicerón llama a Clodio manantial de su gloria, y en otro lugar materia y sementera. La metáfora es en un todo más breve que la semejanza, y se diferencia de ella en que aquélla se compara a la cosa que queremos expresar, ésta se dice por la misma cosa. Comparación es cuando digo que un hombre se portó en algún negocio como un león. Traslación cuando digo de un hombre que es un león… 

Así que según el autor de Retórica a Herenio, la metáfora, que supone una transferencia significante de un objeto a otro, se utiliza para poner una cosa ante los ojos, o para hacer el discurso más breve. Fijaos qué propósito tan espurio, ¿no? Y según Quintiliano, la metáfora, que traslada una voz de su significado propio a otro donde o falta el propio, o el trasladado tiene más fuerza; es tan natural, que la usan hasta los ignorantes sin advertirlo, y tan gustoso [su uso], que da mayor luz a la oración ya por sí clara. Cuánto exceso y desgobierno para la poesía, ¿no…? Señores, ¿quién ha pedido a los poetas, por Dios, que se propongan escribir sin metáforas? ¿Qué clase de medio es ese, que niega el fin mismo para el que se invoca? ¿Por qué no se detienen a pensar un instante que una ocurrencia no precisa método; que muchas de las cosas no hechas hasta ahora, sencillamente no hacen falta, o más aún, hacen daño, y por eso no se hicieron? Que no puede existir poesía sin metáforas es una obviedad. Digo más: la metáfora no es ni de lejos suficiente para la poesía, si no abre la puerta a la imagen. Pero ¿cómo vamos a pedir imagen poética a los “poetas” no metafóricos…? Si no nos ponemos serios, el periodismo nos barre. Lo que no tuviera importancia alguna, si no estuviera anunciando a gritos la poesía que viene (¿viene…?): prosa binaria para máquinas que ni cantan ni bailan, aunque emitan voces melodiosas y muevan el cablerío al ritmo de la música que marcan sus creadores…



LA IMAGEN

Todos somos capaces de recibir, digerir, producir y reproducir metáforas. Como bien decía Quintiliano, la metáfora es algo natural, consustancial al habla humana. La usamos sin darnos cuenta, no como un rezago retórico, qué va, sino como un recurso útil para la higiene, la economía y hasta el humor del lenguaje. El habla ponderadamente metafórica, no indica pedantería, sino inteligencia. Claro, muchas veces somos simples reproductores de metáforas, lo que en el habla cotidiana y en la prosa carece de importancia, no así en la poesía. El hablante común y el mal poeta pueden darse el lujo de utilizar metáforas muertas, ya sea por el exceso de uso, o por su escala viciosa en el refrán o el adagio, pero al buen poeta esto le está terminantemente prohibido. Una metáfora muerta no trae en sus brazos más que música y color, que no es poco… ni bastante. Una metáfora muerta jamás dejará que asome a su través la imagen. Es como un símbolo que se razona: no puede dar más que lo que en ella se mete. Renace apagada, con los segundos contados.

Pero tampoco basta con la metáfora ocurrente o inteligente. La metáfora puede ser una construcción de la razón, un movimiento del espíritu. Un poeta puede pensar una metáfora con vistas a trasladar el significado de una voz a otra para abstraerla de su contexto semántico común, y modificarla en dirección a la poesía. Un poeta puede dedicar mucho tiempo a pensar cómo endosar una metáfora a una mesa, para desconcertar al lector y liberarla ante sus ojos de su pedestre sino-mesa. Pero esto nunca desembocará en honda imagen poética. La imagen poética es un movimiento del alma, no del espíritu. La imagen poética, venga o no de la mano de una metáfora, es una ráfaga de gracia en un instante de lucidez. Lucidez, no como virtud de la razón, sino como hurto a la oscuridad de un haz de luz divina, casi mística, sin dudas no conocida ni cognoscible, y claro, sobrenatural por no provenir directamente del mero mundo sensible. Hablamos de un chispazo de luz, no de una sesión de rayos UVA. Ved lo que dice Bachelard:

El espíritu puede conocer un relajamiento, pero en el ensueño poético el alma vela, sin tensión, descansada y activa. Para hacer un poema completo, bien estructurado, será preciso que el espíritu lo prefigure en proyecto. Pero para una simple imagen poética, no hay proyecto, no hace falta más que un movimiento del alma. En una imagen poética el alma dice su presencia.

La verdadera imagen poética no puede venir de la razón, ni siquiera de la imaginación reproductora; sólo puede venir de la imaginación productora, que no opera en el espíritu, sino en el alma; que no trabaja únicamente con elementos de la consciencia y la memoria fresca, sino también con elementos sitos en los estratos más profundos de nuestro subconsciente: lo que Jung llamaría la zona profunda del alma, donde aparecen sus viejas capas de fauna glaciar. Ved cómo lo dice él:

Tenemos que descubrir un edificio y explicarlo: su pico superior ha sido construido en el siglo XIX, la planta baja data del XVI y un examen minucioso de la construcción demuestra que se erigió sobre una torre del siglo II. En los sótanos descubrimos cimientos romanos, y debajo de éstos se encuentra una gruta llena de escombros, sobre el suelo de la cual se descubren en la capa superior herramientas de sílex, y en las capas más profundas restos de fauna glaciar. Ésta sería más o menos la estructura de nuestra alma.

Sí, los tropos en poesía son muy necesarios, como pueden serlo otras figuras retóricas. Y la metáfora en particular es imprescindible. Pero no como una simple construcción del oficio, sino como una compleja unción al talento. Debían abstenerse de producir poemas quienes no tengan el alma presta a la imagen, quienes no tengan una imaginación productora capaz de desembarcar en lo que Schiller llamaba fantasía creadora. Afortunadamente no todo el mundo puede ser poeta, como no todo el mundo puede ser médico, o correr los cien metros planos en menos de diez segundos. Sin embargo, en tiempos de democracia total, de decadencia absoluta, cuando todo deriva en una liquidez exasperante, ay, unos tienden a la extrema especialización, y otros a meter las narices donde no deben. Ya veis: los pensadores, los periodistas y los ensayistas quieren ser poetas. Y como no lo son, claro, como la montaña no va a Mahoma, necesitan desplazar la poesía y el poema hasta los límites de sus escasas capacidades. En tal ambiente, incluso buenos poetas como Chantal, se pueden sentir tentados a probar si la poesía puede prescindir de la metáfora. Qué trabajo tan estéril.

Cuando hablaba con Fernando de estas cosas, me vino a la mente Lorca. No porque lo considere un poeta regular (murió muy joven; sería injusto entrar a su obra sin tal previsión) sino porque fue un poeta bendecido con algunas grandes imágenes. Recordé aquel poema que escribió a la muerte de Sánchez Mejías. En su primer acto: La cogida y la muerte, Lorca va disparando, digo bien: disparando versos en estrofas de a dos, donde por cierto emplea profusamente la anáfora retórica a través de un verso, si me permiten el palabro, “anaforado”. Va soltando metáfora tras metáfora, algunas de ellas muy potentes, seguidas siempre de ese verso: a las cinco de la tarde. Pues bien, después de haber soltado los primeros catorce pares con el sentido musical percusivo que le caracterizaba, y para introducir el par número quince, escribe: la muerte puso huevos en la herida. Ah, la poesía, qué pocas veces es tan grande… Esto no es una simple metáfora. No pudo Federico proyectarla. No pudo preguntarse cómo mostrar la muerte en toda su fatalidad alrededor de aquella cogida, y responderse de esa manera en plena consciencia. Estamos ante una gran imagen poética, llegada de no se sabe dónde. Eso es… Recuerdo ahora muchas imágenes impagables. Regalémonos algunas producidas (la imagen no se fabrica, se produce; no lo olvidéis, por favor) por poetas del veinte, para que no digan que siempre me sitúo a mucha distancia de nuestro tiempo:

con la clara / candela del hambre en la boca. Celan

Baba de la gran Araña. Pessoa, hablando de lo cotidiano

Voy a tener un hijo, dijo la muerte. Holan

pero la luz / es sombra de la nada. Gamoneda

Un pobre perro cerebral. Sobrecargado de Dios. Benn, hablando del hombre

La luz es el primer animal visible de lo invisible. Lezama

Podría traer aquí tantas imágenes grandes… Pero prefiero terminar dirigiéndome una vez más a los poetas que trabajan precisamente contra ellas: No hace falta, colegas, creedme. Proponerse escribir poesía sin utilizar metáforas, o, lo que es lo mismo, sin rozar la imagen poética, es como arar en el mar. No seáis tan originales, por favor. Abriros a la imagen. Echad una buena carnada al agua, a ver si con un poco de suerte… La mayoría de las veces regresareis a puerto como aquel viejo pescador de Hemingway: sin nada, aunque en alta mar hayáis estado a punto de… Pero quién sabe si en alguna ocasión… quién sabe. Por cierto, buen cuento aquél. Poético en sentido general, y con momentos en los que aparecen algunas metáforas aceptables:

El siguiente tiburón que apareció venía solo y era otro hocico de pala. Vino como un puerco a la artesa: si hubiera un puerco con una boca tan grande que cupiera en ella la cabeza de un hombre…  

Como un puerco a la artesa... No está mal. Buen cuento, sí. ¿De cuántas páginas? ¿Sesenta? Y sin embargo, todo lo que recogió en él, el periodista de Illinois, todo lo que en él importa y más, lo dijo Stevens en cuatro (tres y medio) versos cortos, eso sí, cargados de imagen poética:

…un viejo marinero,
Ebrio y dormido con las botas puestas,
Atrapa tigres
En el temporal rojo.

Ah, la imagen, la imagen, que puede flotar en la metáfora, pero acaso se cocina en el estómago del caracol de Lezama; ese que chupa tierra y suelta hilo. Eso, poetas, chupad tierra, respirad oscuridad y soñad cielo, a ver si soltáis un hilo de luz. Y si lo soltáis, por favor, no os perdáis detrás de él en pos de la salida del laberinto. Escuchad a Seferis:

Rompe el hilo de Ariadna y ¡ahí lo tienes!
El cuerpo azul de la sirena.

¿Tampoco os gustan las sirenas?




miércoles, 3 de enero de 2018

UN PUÑADO DE LUZ Y OTRO DE ARROZ






Amigos, en tanto hiberna el oso, regreso. Levanto una mano y os saludo. En la otra os traigo un puñado de luz y otro de arroz. No caben, ya sé, pero lo intento al menos… Desde mediados de octubre estuve escribiendo. Pocos lo sabéis, pero en cada uno de mis retiros de los últimos tres años, escribí un poema y una novela. El poema, largo: mil versos. La novela, corta: cien páginas. Como en los años anteriores, terminé bastante cansado, pero aceptablemente satisfecho: No sé cómo quedaron, pero pude escribirlos. Saqué la cabeza. ¿Me la cortarán? Recuerdo aquello que dijo Tito a los aqueos cuando quisieron arriesgar la tierra que habían reconquistado, intentando hacerse con la isla de Zacinto: Se exponen al riesgo de las tortugas, queriendo alargar la cabeza más allá del Peloponeso… En fin, aparezco para tentaros nuevamente a viaje. Los que tengáis todavía ganas, estáis invitados a coger los remos. Espero poder navegar por estas aguas un año más. Ojalá sea en vuestra compañía. Para eso: para invitaros, para sonsacaros incluso, me presento ante vosotros con esta ofrenda: un acto de mi último poema. ¡Feliz 2018!                 



Un puñado
de luz y otro de arroz, ensavian
las paredes de la casa. Casa. Teatro
que enmaroma la cuerna al demonio, anuda
su cola, para que Dios, ofrendado
en el rostro de tus padres, bendecido
en el grosor de sus afanes,
cada mañana toque su Stradivarius
sin trompeteo enemigo. Luz y arroz. Y
un rimero de pasiones limpias
que alebresta el violín: Puntual agitación
donde das con tu nombre, eres. Pronto a,
te (re)conoces. Tú, en una casa
sin sótano o desván, (todo planta baja
ella) diáfana hasta la inocencia, hasta
la soberbia incluso, que sublima
el espacio entre las playas del cielo
y el patio de la escuela. Tú, nombrado, con
la mollera presta al hisopo, la frente
a la calentura… Niño y casa. Catasueños
en la platea de un mundo en ciernes,
donde las nuevas de puré y cuartana
son traídas por un mismo ángel: El tuyo. Revuela
la biblioteca, la cocina. Sale / entra / sale /
cae / asciende / cae… en súbitos
picados. Goza. Hace cabriolas en torno
a la chimenea. Cabriolas aéreas
                                               (cuando la casa es feliz,
                                   el humo juega suavemente
                                                           sobre el tejado)
que circundan o atraviesan la encina exhalada
por el bofe hestio. Fuelle / casa / niño /
ángel juguetón que respira madera… Sí,
pero también padres. Padres… No te
desnortan la embriaguez del nuncio, su bureo.
(Casa de arroz y luz. Sueños de arroz y luz).
El mercurio apenas halla margen para el
delirio, si éste acarrea miedo. Juegas. No temes.
Todo lo ajeno, esponjado en el colegio, se
retrae en el jardín, donde la casita de los abuelos
espalda, lo que la perra flanquea
persiguiendo la pelota. ―Espacio inagotable,
piensas. No piensas. Experimentas
la extensión que dura sin límites que
amenacen, sin pautas o muescas que avisen
de larvadas mutaciones. Extensión
embarazada de ti. Tú al centro. Lo demás
te orbita... Las estaciones peroran
en vano. Cíclicamente tosen paisaje
alrededor de la casa, sin que su tos te
incumba: Luz y arroz. Y padres. Y abuelos. Y
ángel. Y el violinista que cada mañana
interpreta el solo (el mismo solo) que
retiene para ti las cuatro notas (las mismas
cuatro notas) que te harán por siempre
sinfónico. Eso crees. Lo asumes. Compruebas
que la casa no tiene dobleces. Todo es tuyo
o para ti. Cuánto aseo. Apenas
puedes ocultar las liendres que auguran
escozor y desconcierto. Juegas. Eres
tu propio ariete. No lo sabes. Juegas
en un universo pulcro, redondo,
que deberás medir y batir. No lo sabes.
Tu casa no tiene puertas. O sí, pero
apenas separan lo que ya te pertenece
de lo que no te atañe. Tampoco
tiene rincones. Está sobreiluminada. Tiene
lámparas-ojo (todo lo que brilla ve)
que sorben y derraman luz a la carta.
Casa-teatro. Exordio. Escaleta donde
el diablo, inhábiles cuerna y cola,
carece de texto y voz... Tu casa
no tiene bodegas, no tiene torres,
pero sí aras: Ah, la mesa, orquesta
para el himno triple de cada día; y el hogar,
donde arden la leña, el sarmiento,
con igual y sospechosa mansedumbre,
para que el ángel perfore las volutas de humo
y pite ebrio el prólogo al violín. Aras: Bajo
la cama, el cajón. Cobijo para las ansias
que no sabe el coro. Ni luz ni arroz ahí... No
todo es diáfano en el primo espacio, una vez
que conquistas un cajón. No todo
es lustre al abrigo del somier, donde
la sombra ensancha la duda, la duda
ensancha la gracia, la gracia
ensancha el deseo, la casa… Los bajos
de la cama, ¿el sótano? La copa del castaño,
¿la buhardilla? Entre el cajón y el árbol… Entre
las playas del cielo y el patio la escuela…
Una asonada de preguntas cuece
en lo oscuro, a ras de suelo. Los muñecos
te interpelan en una lengua secreta. Y
donde reina el violín, la per-
cusión dimana sediciosa. Dice tiempo. Grita
¡Tiempo!, cuando la casa, con sus muros
inyectados de arroz y luz, apenas susurra
e s p a c i o… Llaman a comer. Un pájaro que
canta las cabañuelas, desde el castaño se
lanza al fondo de tu cajón. Volapié.


   


martes, 17 de octubre de 2017

TODO DESHARRAPADO TIENE UN BLASÓN RECÓNDITO



                                                                                       Fotografía de WORLD PRESS PHOTO



Amigos, me retiro hasta el próximo enero. Como cada fin de año, me aparto para vérmelas cara a cara con la creación literaria, especialmente con la poesía. Esta vez me despido con un acto (el XV) de uno de mis poemas. No sé por qué fui a dar con este trozo del que escribí a finales de 2014, (hace tiempo que escribo uno extenso al año, no más) en el que recreo el período inicial de mi relación con Marisela, convivido con éxito en La Habana de los ochenta, a pesar de las circunstancias tan adversas que allí operaban. Las últimas semanas han sido muy duras también en España. Quizás por eso, no sé… Buen fin de año para todos. Espero que las cosas se recompongan. Espero que, pase lo que pase, pueda regresar al sitio donde, quizás, algunos de vosotros perseveréis con ganas de lectura. Os abrazo.               



 XV. Todo desharrapado tiene un blasón recóndito


… casi todo parece hermoso
si no empantana en el guion del noticiero,
ni participa la jerga de los tribunos.
La televisión, en cautelar pausa. Proyectamos
y esperamos el oportuno cambio de vía, incluso
ofrecemos un altanero segmento de horizonte
al pacato guardagujas, (que declina)
pero las mañanas arrancan a diario
con sus bujías nuevas. Chisporrotean.
Compramos al menudeo un tiempo rebajado
donde olvidar el precio de la chispa. Cómo abrasa. 
El sexo a los veinticinco no necesita antenas. 
Crea sus propias ondas, y en el inframundo
repara, también, los desmanes capitolinos.
En la isotrópica burbuja nos amamos.
Prescindimos encantados del champán.
Las pompas, indolentes, emergen de la cama,
rebotan en un domus-planetario, donde la familia,
los amigos y el arte, titilan. Rodamos.
Y además en círculos. Y además
absortos, cayendo al centro. Atletas.
Felizmente dopados nos preparamos
en un impasse travestido (qué pestañas)
con la espoleta nerviosa sin embargo, a punto
para la puesta en escena de todo lo que se enredó
(una vez más) a la pata coja de la historia.
Cojea la pronta, pero dará con nosotros.
Lo intuimos. Lo sabemos. Lo olvidamos.
Los amantes gozan la ingenuidad que merecen,
valen la desmemoria con que la protegen.
Merecimos apenas un lustro, pero
cómo resbalaron en él los avisos
para ovillarse en tus ingles… No me llegan.
O sí, pero no atiendo. El carnero
cabecea cada noche en su jaulón de hierro,
el caballo patea el cuenco donde beben los patos,
la perra (re) corre el perímetro de la parcela
con sospechosa disciplina, como hecha
a unos rieles de azufre que trazara un fauno
en los lindes de su lascivia. Te poseo.
Las deseadas luces de Bengala no iluminan, retumban.
Parecen señales para los rateros. Las masas
fumigan contra las pupas de mariposa lila,
(toda multitud es enajenada) y cosechan
otras, rojinegras, en comunales abrojos. Te amo.
Los libros nos sonrojan en los entreactos
de la danzada misa. Seguimos… Seguimos…
La madrugada extiende, entre cóctel y café,
una sordera inmune al puntual kikirikí. 
Es nuestro lustro áureo. Todo desharrapado
tiene un blasón recóndito, y con un cuchillo sordo
cortó la cabeza a un gallo.