verso

"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

sábado, 24 de marzo de 2012

La imagen, entre la fuga y la estancia.


















Ayer por la tarde, mi amigo José María Canteli, quien me manda por correo electrónico sólo archivos ya muy decantados por él, (cosa que agradezco mucho) me envió un enlace con un vídeo de Muti. No se trata esta vez de una obra musical, sino de un discurso pronunciado por el gran director en un acto en el que recibía un premio.

Hace unos días hablaba con Leonardo, mi hijo mayor, sobre la capacidad y/o la necesidad que tiene o no la imagen de alcanzar y cerrar una forma sobre sí misma en las diferentes artes. Comparaba lo inaprensible que, en términos figurativos, puede llegar a ser la imagen poética o musical, con la mayor tendencia a la figuración que, aun en obras pretendidamente abstractas, suele haber en la imagen ligada a la obra de arte visual. (No hablo aquí de forma sólo como figura externa, sino también y especialmente como figura interna, esa que es captada sólo con la mente, es decir, como idea) Ponía en un extremo la imagen poética y en el otro la imagen arquitectónica. La imagen poética de alta calidad, que aun siendo decididamente metafísica, se resiste a ser apresada en una forma definitiva, burlando una y otra vez las cadenas causales que la pretenden, huyendo de todo intento de concreción reduccionista; frente a la imagen arquitectónica, tan necesitada ella de ese estadio de concreción que, aunque con un germen más o menos imaginativo, termina siendo fruto de una causalidad severa que la obliga a su forma en un espacio que no podrá trascender, y en un tiempo que sólo trascenderá como memoria figurada, como proyección de una idea alcanzada.

Y aunque no estaba mi hijo completamente de acuerdo conmigo en estas cosas (algo muy recomendable, porque yo mismo dudo mucho al respecto) hablaba yo entonces de la música como otra de las artes donde la imagen se resiste a la figuración, para saltar sobre cualquier intento de reducción formal y volar hacia una región de máxima pero dúctil abstracción, donde lo sensible deviene necesariamente sustancia informe, indomable; idea en constante consolidación y ruptura, en constante fuga hacia lo otro... La sustancia poética y la musical, escapando del afán reductor de la palabra y de la nota que, aun articuladas en vocabularios y lenguajes de gran rigor, vanamente intentan llevarlas a cosa formada, mesurable, ponderable; frente a la sustancia arquitectónica que sólo es si reducida a forma, que sólo puede ocurrir y ocurre en un espacio y un tiempo concretos, hacia una idea que tiende a cerrar sobre sí misma... El poema y la pieza musical que escapan a la causal forma-idea, frente al edificio que la concreta. El poema y la pieza musical que, aun “terminados”, se abren en múltiples potencias, frente el edificio que, concluido, se cierra en acto.

Claro que todo esto es relativo. La comparación sólo tiene sentido como parte de un acercamiento tendencioso y muy específico al asunto. A fin de cuentas, el poema y la pieza musical “se cierran” y el edificio “se abre”, en cuanto a forma-idea se refiere, cuando y como lo decidan, o mejor dicho, no lo puedan evitar, quienes disfrutan de ellos… Pero además, en ambas disciplinas hay momentos muy particulares: ¿Cuánto no logra aplomar, acercar la imagen a forma decantada en acto, un poema de Guillén en Cántico? ¿Cuánto no logra la imagen trascender su forma en infinitas potencias, en la necrópolis de Saqqara?    

Bueno, como sobre estas cosas tengo más dudas que certezas, persigo todo indicio que pueda ayudar a orientarme, que pueda invitarme a seguir indagando en ello. El aludido discurso de Muti, lleno de un humor inteligentísimo, es una delicia todo él; pero al final explica, breve y claramente, cómo el lenguaje musical hecho notas en un pentagrama, no puede abarcar, reducir la música a cosa formada, a idea cerrada, penetrable.

Allí, en el infinito extrarradio de la figuración, donde la forma-idea apenas se consolida en un instante expiatorio para seguir fugando, donde para mí opera la imagen suprema, Muti coloca la Suprema Imagen. Magnífica coda donde el músico se sitúa, desbordado, ante la inmensidad genitora de lo irreducible... Que Dios lo siga tentando a alcanzar la otra orilla. Aunque se la niegue al final, que siga dándole fuerzas para nadar pretendiéndola.

Vean el vídeo hasta el final. Se lo recomiendo. Aquí les dejo el enlace.

martes, 13 de marzo de 2012

¿Dionisos contra Apolo?



Aun con cierto recelo ante la posible tentación de abundar demasiado en temas de raíz cubana (ya son dos entradas seguidas) comparto con ustedes una nota que escribí en el blog “Penúltimos días” (http://www.penultimosdias.com/2012/03/12/cual-es-la-importancia-de-virgilio-pinera-en-la-historia-de-la-poesia-cubana/) con relación a un texto de Ernesto Hernández Busto sobre la obra de Virgilio Piñera. Creo que el centenario, cumplido o por cumplir próximamente, de varios de los grandes autores de la generación de “Orígenes”, justifica suficientemente que muchos poetas, críticos y lectores de poesía estemos releyendo sus obras. Este blog, cuya vocación no es la de abordar temas propiamente cubanos, sino la de encomiar la imagen donde quiera que ésta haya prosperado, prospere o intente hacerlo, en estos días se detiene en La Habana porque siente la necesidad de sumarse, muy modestamente, al estudio útil y gozoso de lo que fue el más relevante momento literario de la isla y uno de los más relevantes del siglo XX en Hispanoamérica. Aquí les dejo este pequeño apunte, junto con la invitación a leer el texto de Ernesto y a participar en aquel y/o este blog con sus comentarios.

Ernesto, aun compartiendo gran parte de lo que dices, ¿por qué me siento inducido por tu texto a apreciar a Virgilio sobre las bases del menosprecio o el desprecio a Orígenes y especialmente a Vitier? En cualquier caso, ¿pudo Virgilio indagar, avanzar en su "protoantipoesía" sin su cuestionamiento a Orígenes? Sin ese contrario de enormes resonancias, ¿se hubiera Virgilio interesado en componer su fragmentaria pero contundente diatriba antiorigenista? 

Yo creo que la isla, con una imago poética tal vez desproporcionada teniendo en cuenta su edad y su tamaño, tuvo en esa generación (todos incluidos) un momento de concreción muy importante. Pero la concreción en poesía no pasa de ser la alineación de numerosas puertas que, sólo entreabiertas, jamás describirán una línea recta. La línea lezamiana: “el punto que vuela”, tenía un magnetismo enorme porque su vuelo, afinadísimo, perseguía la “definición mejor” de una poesía para la isla entroncada (y no “apófitamente” al modo de una exótica orquídea, sino raigalmente) en lo más esencial de la cultura universal. Mas el trazo serpenteante de ese punto en vuelo, por fuerza dejaría los lóbulos necesarios, higiénicos, para representaciones menos afinadas, tal vez más divertidas: Virgilio con un olifante en la orquesta de Stravinsky o Guillén con la tumbadora acompañando a Lorca… 

Virgilio fue un gran poeta. Captó perfectamente los excesos de un país que, según sus propias palabras: tan joven, no sabía definir; y tal vez por ello, debía inhibirse de máscaras apolíneas y aceptar el sino dionisíaco que lo reconciliaría consigo mismo en el teatro de la vida, del absurdo. Lezama y los demás origenistas creyeron estar en el umbral de aquella definición mejor: la lira de Apolo (re) afinada en la revelación cristiana, capaz de entonar su propia música con las notas de siempre pero regodeadas en lo atípico de una isla irreverente. 

Sí, hay fértil irreverencia tanto en Orígenes como en Virgilio, sólo que con diferentes intensidades, y, sobre todo, con un muy diferente nivel de afinación. Lo que no entiendo es la necesidad que parecemos tener de mantear a uno con la túnica ensangrentada del otro. Debería haber, creo yo, ocasión para todo lo que atesore una calidad inquietante. Virgilio la tiene y los demás origenistas también. Para que Virgilio sea un gran poeta ¿es necesario que no lo sea Vitier? Para que Virgilio haya dado con una vía en la poesía cubana ¿hace falta que no lo haya hecho Lezama? Hay sitio para todo. ¿O no?

   

domingo, 4 de marzo de 2012

Momento barroco


Gracias a la generosidad de mi amigo, gran poeta y dramaturgo (el orden no es baladí) Luis Enrique Valdés, que me regaló recientemente las Obras Completas de Lezama editadas en Cuba para celebrar su centenario, me embarqué de nuevo en la lectura y/o relectura (según el caso) del gran escritor habanero. 

Una vez más, en la cercanía de su pensamiento y estilo depongo todas las armas, me hago cachear, desnudar, y entro, sucinto y limpio, a ese pabellón oscuro donde la luz sólo vibra en las alas de la imagen que huye de la figura mansa y asible como del diablo. Un eco incesante valida mi intuición: “Ya la forma no puede ser definida como la etapa última de la materia, sino como el momento más eficaz para que el movimiento pueda ser captado sin ser detenido”, dice el maestro. La forma reducida a una medida de tiempo que nos permite a su vez reducir el movimiento a sucesivas y digeribles instantáneas, a eficaces fotogramas de una película que ¿ni comienza ni acaba? La imagen atemporal señoreando definitivamente sobre toda figuración. 

Lezama pretende liberarnos de la tendencia a resolver imágenes dentro de los márgenes espacio-temporales de la lógica aristotélica. Sólo así podremos entrar en su complejo universo sin padecer una súbita embolia cerebral. Y una vez dentro, la sustancia poética, que trasciende una y otra vez cualquier intento de fácil formalización, nos rodea por todos los flancos en pos de una unicidad que tiende a un Todo, ya no esférico, sino informe. Así, cuando creemos apresar alguna de sus imágenes e intentamos fijarla, registrarla en nuestro rudimentario archivo de contenidos como si de una sentencia poética se tratara, la imagen brinca espoleada, trasciende el ámbito del malogrado impasse e, integrada en un continuo irreducible de cerriles potencias, sigue su camino al margen de nosotros para (sin pretenderlo, claro) prepararnos la próxima emboscada… ¿Y qué estilo puede abarcar semejantes vastedades? 

En las antípodas de lo aristotélico-cartesiano, desde un atípico humanismo cristiano con raíces en lo órfico-pitagórico, Lezama es tal vez el más barroco de cuantos escritores han sido. Pero el barroco del vate de Centro Habana está muy alejado de regaladas urgencias formales. El barroco lezamiano tiene la raíz en la gran complejidad de su pensar, en el acarreo útil de una erudición infinita para el apuntalamiento de una torre sustentada, ésta sí, en una fuerza única: la imaginación, capaz de imantar todas las lenguas posibles en pos de un neuma universal: la poesía. Es éste un barroco que no se imposta, que no se impone cual penacho de plumas mesoamericano a un orco indoeuropeo. Es éste un barroco constituido desde adentro. Es la menos formalista de todas las formas capaces de hilar, en un “discurso” coherente, “los momentos más eficaces” del continuo fluir de un pensamiento tan polifacético y ambicioso a la vez que sistémico. Dijo Lezama a Bianchi, que en una entrevista “metía el dedo” en lo referente a su estilo: “Quiero aclarar nuevamente que no es que yo quiera escribir así. La cosa es más sencilla: yo escribo así”. Puede que la cosa no fuera tan sencilla, pero, creo yo, era sencillamente inevitable.

Bueno, si no los he espantado todavía con esta pequeña introducción, quiero hacerles una propuesta. Realmente lo que pretendo en esta entrada es ofrecerles un delicioso texto de Lezama: “Balada del turrón”. Es corto, pero es también un claro exponente del barroco lezamiano. Aquí lo “cuelgo”. Me tomé el trabajo de escanearlo y pasarlo a formato word para que ustedes pudieran leerlo o releerlo. Lo hago con la esperanza de que, sobre todo aquellos que no se han decidido aún a entrar en la obra del maestro, no dejen de hacerlo por no tener algún texto a mano. 

Mientras hoy leía esta “balada” me reí muchísimo. Primero con cierta socarronería, después ancha y llanamente. Y lo hice por dos razones: por el humor que contiene (en la obra de Lezama hay casi siempre “una gravedad alegre”) y porque volví a darme cuenta de lo irreducible que resulta su imagen pensante. Este hombre siempre se me escapa en el último instante; en ése en el que “casi había alcanzado su definición mejor”


BALADA DEL TURRÓN
 
Bajo el signo del que añade la quinta cuerda, el que perfecciona
el sumo artizado. El que vuelve sobre lo perfecto y
le añade una sonrisa, un golpe ligero, una brisa. Una
quinta cuerda sobre el cuadrado de la guitarra árabe. El que
prolonga el ser perfeccionable hasta la delicia y le vuelve el rostro
a la delicia para la brisa. Un ligamento al compás que se ahogaba,
un diente al peine para tratar el remolino y la sucesión de
la cabellera, una sirena americana con sus hijos cruzados en los
pectorales. Alalá de la quinta cuerda, peine para la brisa perfeccionado
por la onda de la respiración, culto de la miel y la almendra
entrecruzando sus potencias unitivas en el juramentado
trono del turrón.
Salva de platino para el óleo canoso de la almendra. Espejeante
aceite almendrino, transparente como las ondas del Crisorroa,
suave como los brazos de los domadores del Eurotas. Aceite blanco
para las entrañas del árbol sacerdotal, espesura del fluyente oro
blanco que despierta el muequeo de la Nictimine y conserva entre
las luminosidades el recuerdo de la selenita, de espeso vaho.
Almendra de un septenario menguante en la cuarta estación.
Almendra nacida en la hipertrofia de la ruptura de las otras almendras.
Hilozoísta almendra que viene para el extinguirse de
la rueda en los tormentos que cantan. En los campos de almendros,
unos islotes en el Paraíso del Bosco; otros, con los almendros
pisonados en el turrón. Antológico paladeo, oh venerable, que
guardas en la castidad, el sello de la gracia. En el cuerno gigante,
el aliento de los bueyes. Perfección del compás que gotea una
melodía. Desdén para la almendra, porque hay otras almendras
que reciben la temperatura del cabrito menguante. Blanca entre
la escarcha, las hojas de tu castidad son llevadas en la boca del
conejo blanco. Oh venerable, casta en el aliento que mueve el manto
de las vírgenes.
Enemiga caudal de la flor de Saturno, buscas la multiplicación
de las espigas y el rendido halago del peregrino. No estás en
acecho, sino como la espalda de una bestia de líquenes y rocas,
saboreas los diálogos de Júpiter y Juno, el rayo y el pavorreal,
sobre la tierra que se abre y el panal que se cierra, sobre los garzones
que tripulan búfalos para escoger entre la flor del almendro y el
limón maduro.
Te divides hasta la arenilla para fijar tu magnitud en el cielo
del paladar. Y tanto te subdivides que tu gloria se hace fija y
comienzas a implorar. Ya tus molidos dientes parecen que van a
buscar su helor, el apacible miedo de su blancura. Antólogo japonés
de las flores, la miel, viene con su olifante para el sueño, con
el estremecimiento que convida a fundir las dos enemistades.
Con la acumulación de esencias en la miel y la partición de la
sustancia en la almendra, creas la joya de la segunda naturaleza;
la primavera líquida y el otoño sólido, la miel y la almendra, la
alanceada energía solar y la oblicua energía de la hija de Hiperión.
Oh subterfugio, oh resguardo último, la probanza en las grutas
en donde chisporrotea el número áureo de las incorporaciones
y los rechazos, con sus arenadas sierpes y sus retiramientos
palmerales.
Pregón de lo subdividido en la almendrada sustancia, que de
pronto recibe la tenaz impulsión de la miel para la cipriota diosa.
Un jarro de miel para la embriaguez de Junio y otro y muchos
más. Hasta que el pelícano comienza a roer en nuestro pecho.
Entonces saltamos del sueño y ya con una gran rama que nos
sirva para alejarnos por encima de la espesura de la miel. Aquí la
energía se ha vúelto muy lenta, pero la sabiduría la ha transparentado
como el fuego de aceite penetrando en los amurallados
reinos del alcanfor. Espeso que se vuelve transparente, milagro
del fuego soterrado, escamas regaladas por el dragón al  Ángel.
La griega nuez blanca, distribuida por los griegos para esconder
el río de carbón donde los términos estrujan a los universales,
el cabrito de lana negra en el umbral de los infiernos. Pero
en las alabanzas del turrón, el tapiz de Bagdad se transparentó
en el polvillo dórico, las partituras algebraicas reemplazaron a la
brisa en las partenopeas. En el turrón, lo árabe que va hasta lo
griego; el Bairán, con las tres locuras en los tres días frenéticos,
que van hasta Dionisos, el que retuerce las flautas. Canosa o
escultórica serenidad de la almendra que recibe la embriaguez
de la miel, hecha escarcha de ambrosía cuando la rueda de
chisporroteos en el gusto se va entrelazando a la infinitud de la
espiral paradisíaca. Sucesión y ruptura en el gusto, que se detienen
en esferitas de aljófares, recostando su espuma en la escollera
coralina que se ablanda y se algodona para el sueño de
Tritogenia, nacida de la cabeza y nacida de las aguas.
Deslízase la lámina, pues aquí el asombro nace de que lo macizo
del dulzor hundió los asomos del fugaz subrayado, en las encrucijadas
del gusto. En su extensión finge la lámina al paredón del
éxtasis, de donde cuélganse de un súbito los arracimados, alones
y brochazos piscatorios. Ondula la lámina para alejar las incorporaciones
clásicas de las rótulas de los cabritos, arrojadas a la
crepitación del aceite. Al final de la ondulación la extensión comienza
a resbalar, a murmurar resbalando por los espongiarios
que prorrumpen en delicadas salmodias, soportando el vertiginoso
peso recobrado por el dulzor. Si rueda la arenilla, laminaciones
caedizas van empujando el destierro de los faraones y los címbalos.
Pero su último prodigio es que vuelve a reconstruirse, si ya le
juramos el asombro al saltar de lámina para arenilla, ahora el
mismo resbalante arenal vuelve a consagrar su monarquía para
las conchas espejos, los balcones volantes.
En un descanso por andamios y cartabones, Juan de Herrera
traza el capitel corintio de una catedral, mientras saborea una
turronada enviada por la berlina palaciana. Qué delicia en esa
imagen posible. La pétrea flora corintia dibujada por el pulso de
la mayor firmeza que hemos tenido para el tratado de lo resistente,
y de pronto, enlazado en brevísima placa, la magia árabe
de las avellanas, la flor del almendro, las disciplinantes abejas
penetrando por un embudo terminando en punta platinada, la
punta donde comienza a sonar el organillo del sabor.
Asómase el califa Billah, en las cercanías de un Bairán para el
fuego, a los azulejos de sus azoteas. Los paños de la pobreza desfallecen
en las azoteas que van rodando con las nubes fijas. Y la
pobreza lo embriaga y comienza a lanzar, rodeado del más docto
silabeo de la cortesanía, con sus ballestas de huesos de jabalí,
poliedros de oro retorcido. Ahora, en la juramentada secularidad,
avanza el pequeño califa en medio de las sombras húmedas de la
bóveda palatina. Y comienza a lanzar corpúsculos de dulzor contra
el cielo del paladar. Caen astros blandos en la estera escarlata,
levántanse de nuevo con exquisito desperezo, y estallan en el
instante plenario en que el sabor agita badajillos del tímpano.
Pequeño califa, ordena que muy pronto la visión dibuje la mancha
de ese sabor y que los albogones, de cinco cuerdas, propaguen
con la justeza de su proclamación, el oro inquietante de las sucesiones.