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"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

domingo, 29 de abril de 2012

Moáis agazapados


 





















De nuevo mi amigo José María Canteli me envió un archivo muy sugerente. Esta vez sobre el desentierro de algunas de las cabezas de la isla de Pascua. Aunque creo que no se trata de algo tan novedoso como lo pretende el texto que acompaña al referido archivo, lo cierto es que las imágenes de estos monolitos antropomórficos (antes sólo cabezas) en su nueva e impúdica desnudez, me han inquietado lo bastante como para querer compartir algunas ideas al respecto.

“Lo que no es piedra es luz”, decía Paz. “Desenmascarar la ilusión es arruinar el drama”, decía Erasmo. A pesar de que ya conocíamos de cuerpo entero a muchos moáis (incluso formados en inquietantes falanges) y aun íntegros nos parecían tremendamente misteriosos, las cabezas dispersas por las colinas de Rapa Nui, algunas de ellas alejadas de la tiránica verticalidad, dramáticamente inclinadas, giradas, tenían una inigualable capacidad para acompañar al enigma de la desaparecida cultura que talló las enormes moles pétreas. Salvando las distancias que en todos los sentidos hay, tales desplomes y giros pudieran recordar las estelas funerarias del cementerio judío de Praga, que contrarias a cualquier voluntad de aplomo, se retuercen acentuando la tragedia. ¿Dioses decapitados o inacabados? ¿Cabezas que no dieron con cuerpos suficientemente delirantes? ¿Almas que lograron evadir parte de su carnal cárcel? ¿Semidioses que prescindieron de su mitad humana? ¿Gestos de dolor que anuncian una huida inesperada? ¿Rostros que tratan de explicar el terrible hundimiento de Mu en un nada pacífico océano?

Aquellas cabezas oblicuas eran un infinito surtidor de imágenes. Ahora (“todo conocimiento profundo es una corriente fría”, decía Nietzsche) resulta que tales cabezas no sólo tienen cuerpo, sino que lo protegieron celosamente de la erosión como si en él pudieran guardar lo que realmente importa. Y comienzan a verse flácidos pectorales, distendidos ombligos, dóciles extremidades, espaldas cuidadosamente tatuadas… En fin, muy compuestas estampas, síntomas de acomodada y pedregosa carnalidad donde la imagen había tejido un vacío repleto de insinuaciones. La geometría de estos soterrados monolitos debió operar de manera insólita y desconcertante en la memoria del barro que los rodeaba. Éste habrá descartado raíz, habrá descartado tesoro, cadáver, fósil, cimiento… Y aunque según Voltaire, “la geometría deja el espíritu como lo encuentra”, el barro que ahora retiran debió hacerse muchísimas preguntas sobre la naturaleza de los cuerpos que abrigaba.

Pues bien, mientras el barro intentaba resolver la pétrea intromisión, nosotros buscábamos solución a su ausencia. Ambas memorias fueron traicionadas: la nuestra y la del barro. Donde hubo enigma informe, ahora relamida lava; donde hubo oscura piedra, geología iluminada. ¿Estamos a punto de escribir “Lemuria” en el GPS de la historia?

Señores arqueólogos, geólogos que sonríen satisfechos en los fosos que legan junto a los embarrados cuerpos de nuestras amadas cabezas, si alcanzan a leer un nombre en esas espaldas tatuadas, qué sé yo: Juanito o Miguelón, por ejemplo, regístrenlo en sus tabletas táctiles, pero, por favor, ante nosotros cállenlo.