verso

"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

domingo, 10 de noviembre de 2013

Pausa, crónica y poema




   
Queridos amigos, lectores, como cada fin de año debo “recluirme” para la poesía. Cerraré este espacio hasta enero, y dedicaré todo el tiempo que pueda acopiar a tal fin. En esta última “entrada” de 2013, a modo de jocunda celebración, comento una reciente lectura de poemas que hice en el restaurante vallisoletano “Las viandas con letras entran”, en lo adelante “Las viandas”. Hace unos días me llamó Charo Vergaz para invitarme a inaugurar poéticamente el espacio que este restaurante pretende abrir a la creación literaria. Aunque no sé negarme a Charo, que es una gran activista de la cultura y una amiga queridísima, confieso que en un inicio dudé sobre la capacidad de un restaurante para ofrecer un ámbito adecuado a la poesía. Así se lo dije a Charo, que me respondió con rotundidad: “No te preocupes, Jorge, las condiciones son óptimas para hacerlo”. Bien, confiando en mi amiga, asistí… Y me sentí muy bien haciéndolo. Kiko de la Rosa y su equipo mostraron una complicidad exquisita, lo organizaron todo muy bien, propiciaron las condiciones perfectas para un acto como éste. ¿Por qué? Pues porque:

-        el acto no tuvo lugar en la sala de mesas y durante la cena, sino en la cafetería y antes de la misma.
-        el maridaje con el vino y el jamón no interrumpió en ningún momento la lectura de poesía, que tuvo una pausa para propiciar que el público pudiera reponer sus consumiciones sin que ambas actividades se entorpecieran. El silencio y la atención fueron superiores a los que he observado en muchos otros ámbitos teóricamente mejor preparados para este tipo de acto.   
-        el vino y el jamón, por cierto, eran de primera calidad.
-        el público convocado y reunido mostró educación y complicidad. Se mantuvo en silencio, escuchó, disfrutó y me hizo disfrutar con todo ello. El público había asistido a escuchar poesía.   
-        el salón estaba bien ambientado. Se permitió al público “desordenar” las sillas y dirigirlas convenientemente para que se pudiera volcar con el poeta, y así generar un espacio informal muy bien tensionado.

Si “Las viandas” continua observando estas prácticas, habrá nacido en Valladolid un nuevo marco para el disfrute y la difusión de la literatura. En tales condiciones de cómplice respeto, estoy seguro de que muchos autores estarán dispuestos a apoyar a Kiko en una aventura novedosa y excitante. El arte en general, y la poesía en particular, pueden maridar con actividades de diverso tipo siempre que se observen premisas adecuadas para ello. Por esta razón me atrevo a dar un cariñoso consejo a “Las viandas”: Aunque puedan encontrar autores dispuestos a leer su obra en condiciones menos óptimas, no permitan que suceda. La falta de exigencia de un autor en este sentido no es una ventaja, sino todo lo contrario; perjudicará al evento, al autor, a la literatura, al público y al restaurante. Les deseo toda la suerte que merecen, y les reitero que pueden contar con mi apoyo para esta nueva empresa.

Me despido hasta enero deseándoles a todos un buen fin de año, y les dejo aquí uno de los poemas que leí el viernes pasado en “Las viandas”.


Comezón y puntería



Ciego que apuntas y atinas.
                       Góngora


Poema, hazte sobre tu nombre comezón y puntería.
No te resuelvas vanamente ahora. Apunta.
Obvia esta caterva de inútiles certezas,
que como pisoteado confeti de los dioses,
apenas disimula con desvaídos tonos
la abúlica resaca que la luz provoca
en el cansado suelo de la feria. Apunta.
Acierta en la sombra que ronda sobre los cuerpos ebrios.
Apunta con tu ojo mate. Dispárale tu flecha negra…

Cuando hayas liberado la cuerda;
cuando hayas impactado una vez más en la sombra de la nada
y parezca algo lo que tu nombre ciña,
no me hagas creer que te poseo. Ladea, fuga, escóndete,
recarga y apunta de nuevo… Ah,

no quiero las coordenadas de la gruta
donde en potencia medras.
Mantén tu oscura hegemonía
en mis manidas ganas.
No te resuelvas.





sábado, 2 de noviembre de 2013

Contemplar, pensar, actuar…


 

                                                                                                      Para Fernando del Val


Hace unos días hablaba con un amigo sobre el signo escéptico de nuestro tiempo, (¿postmoderno, líquido? Ea, ¡vivan los impulsos nominales!) y como pasa casi siempre en estos casos, no avanzábamos con facilidad, nos deteníamos una y otra vez ante varias dudas que en el fondo disimulan un mismo y único dilema: ¿contemplar y pensar, o actuar? Claro, en un bar de Valladolid, tomando un café distendidamente, absortos en asuntos de neto corte intelectual, tal dilema parece agotarse en su propia formulación, pues quien se real-iza de continuo en puros actos, raramente se verá ante una encrucijada metafísica, donde sólo nos detenemos con gravedad si somos, cuando menos, propensos a la parálisis cogito-contemplativa. ¿Lo soy? Es obvio, pero no mansamente, y por ello me dispongo a darle una vuelta más al asunto, ahora ante quienes quieran acompañarme leyendo estos apuntes. ¿Tiene sentido hacerlo? Sí, la contemplación y el pensamiento comportan una potencia actual enorme, negativa y positiva. Que ésta se desarrolle y se concrete en acto, adquiriendo un signo u otro, depende de que la imagen alumbrada mientras se contempla y piensa adquiera fuerza suficiente para provocar ceguera, y de que tal “estado de gracia” se produzca en la trastienda del ser, por falta de luz, o en su portal, por deslumbramiento. Pero, ¿no tratan ya sobre esto muchos otros autores? Seguro. Mas intentaré “resolver” en los predios de la imagen, y ese quiebro puede que no sea tan frecuente. Lo haré con vocación positiva. Re-moveré imagen para una ceguera constructiva con el deseo de propiciar un invidente pero humano impasse en la retina memoriosa de los lectores. ¿Y si por esa vía (convenidos y moderados el logos, el ethos) damos con la clave para un pathos edificante? Quién sabe… “La pasión no es ciega, es visionaria”, decía Stendhal.

El XIX en Occidente fue un siglo decisivo. Marcado por las revoluciones, en términos históricos fue extraordinariamente largo, duró ciento veintiocho años, desde 1789 hasta 1917. Es un siglo que conviene estudiar porque en él se consolidó el último cambio de episteme: de la religión al capitalismo, que se había comenzado a fraguar seiscientos años antes. Y como necesariamente “lo que llega a su apogeo comienza a decaer”, el XIX, a la par que colmó el ideal burgués de una sociedad industrial capitalista (pragmatismo, positivismo), sobó la semilla de su destrucción (materialismo, determinismo, nihilismo, existencialismo) hasta hacerla fructificar. Para apoyar este texto pude basarme en ideas de varios pensadores decimonónicos. Sin embargo, creo que pocas parejas pueden ejemplificar, como lo hacen Kierkegaard y Marx, la polarizada y extrema complejidad de la partida que se jugaba en el Ochocientos europeo. Apoyémonos en ellos, pero antes, situémonos mejor para hacerlo:

Con gran ironía recrea Montanelli las cautelas con que la inteligencia tradicional romana veía llegar a la Urbe la influencia del helenismo. Hablando de Catón, dice: “Hubiese preferido una guerra defensiva contra diez Aníbales a una ofensiva contra la Hélade. Y cuando vio a los cónsules Marcelo, Fulvio y Emilio Paulo volver de allí con carros cargados de estatuas, pinturas, copas de metal, espejos, muebles caros y telas recamadas, y al pueblo apiñarse ante aquellas maravillas y discutir de modas, de estilos, de sombreritos, de sandalias, de vajilla y de cosméticos, debió llevarse, desesperado, las manos a la cabeza”. Lo cierto es que los griegos inoculaban en Roma su ilustrada decadencia, que se sustentaba, sobre todo, en equiparables exceso de saber y falta de fe. Esos simétricos agentes de destrucción, que en las postrimerías de la Grecia clásica dieron al traste con el núcleo duro de la cultura occidental, constituían una suerte de “venganza helena” a su colonización, y cándidamente se importaban entonces a Roma, que recorrería un largo pero parecido camino autodestructivo. Dice Montanelli: “La Urbe fue caput mundi, capital del mundo, mientras sus habitantes supieron pocas cosas y fueron lo bastante ingenuos para creer en aquéllas, legendarias, que les habían enseñado papas y magistri; mientras estuvieron convencidos de ser descendientes de Eneas, de que corría por sus venas sangre divina y de ser “ungidos de Señor”, aunque en aquellos tiempos se llamase Júpiter. Fue cuando comenzaron a dudar de ello cuando su imperio se hizo añicos y el caput mundi se convirtió en colonia”. La situación ya pintaba mal desde el temprano siglo I, pues dice Plutarco en tono irónico: “En otros tiempos sólo había siete sabios, ahora apenas se puede encontrar el mismo número de necios…”; y Petronio se queja del frívolo eclecticismo presente en la teogonía romana: “…nuestro país está tan lleno de espíritus deificados, de almas divinas, que es más fácil encontrar entre nosotros a un dios que a un hombre.” La falta de fe en los dioses ha sido siempre el primer síntoma de descomposición en una sociedad con estructura compleja. La inercia de las pulsiones cultural y civilizadora puede alargar la agonía, pero una sociedad que convierta la fe en pura y fría tradición, sostenida únicamente en pilares ético-morales, habrá iniciado una carrera sin retorno hacia la decadencia. En Grecia no alcanzó la operación socrático-platónico-aristotélica para frenar el descalabro sustentado en el materialismo, el ateísmo, el relativismo, el sofismo…; en Roma no fue suficiente la tardía operación cristiana para contener el ateísmo latente (ya en Virgilio hay claros rastros de Epicuro) bajo el formal pero vacío manto de un extenso y variopinto panteón divino. En ninguno de los dos casos el cataplasma oriental monoteísta fue cura suficiente. Cuando estos procesos destructivos se desencadenan, son imparables. Kierkegaard apunta: “Huidos los dioses y, con ellos, el contenido, queda el hombre como forma, como aquello que debe acoger en sí mismo el contenido…” Sólo que ese contenido nacido en lo sobrehumano, lo sobrenatural, no calza bien, como es lógico, en el aparato biológico de Darwin: infrahumano, simplonamente animal.

El XIX reproducía en Occidente, para los herederos más directos del mundo greco-latino, un escenario resonante de triste y fácil recuerdo. La sociedad post-industrial, que aupó definitivamente al capitalismo, era además el principal escaparate de sus miserias. Se convirtió en foco de atracción para grandes y desposeídos grupos sociales que, a la vez que pedían y lograban mayores cuotas de participación en todos los órdenes, participaban animosos la nueva y cacharrera religión: nacer, producir, consumir, morir… El hombre-masa entraba en sociedad, y con él regresaban viejos vicios. De nuevo aparecieron estatuas, pinturas, copas de metal, espejos, muebles caros y telas recamadas, pero ya no las traían los cónsules, sino los arqueólogos, los contrabandistas, que ahora debían recolocar el viejo y descreído humanismo en los salones y los museos de la poderosa burguesía, donde otra vez se hablaba de modas, estilos, sombreritos, sandalias, vajillas, cosméticos... Y reaparecieron a gran escala y en primera línea la retórica, la gramática, la filosofía. Y se independizó Grecia del turco, y asomó Pompeya entre ruinas. Y la vieja pugna entre empirismo y racionalismo, entre luteranismo y papismo se fue resolviendo a favor de los primeros en las ruedas dentadas de las fábricas, los reverberos de los laboratorios. Y hechos a tal marea, la ciencia experimental y la técnica se aliaron con la economía de mercado como nunca antes. Igual credo: nacer, producir, consumir, morir… Aunque en este caso se añade el saber, en especial el empírico. Todo menos creer. Porque el hombre occidental, post-industrial y euro-céntrico del XIX tampoco cree en su dios con verdadera hondura. La fe comienza a ser una corriente fría que utiliza el pudiente y acepta el podido como parte de un convenio social de muy frágil equilibrio por asimétrico. Y surgen el movimiento obrero, y el anarquismo, que junto al liberalismo, su perfecta contraparte, se vuelve a cuestionar el gran Estado como lo hicieran los bárbaros con Roma en el siglo IV. Ni el idealismo con todos sus apellidos, ni el existencialismo en su versión más pía, ambos de altísimo nivel especulativo, alcanzan a contener la creciente falta de fe que desemboca finalmente en el nihilismo. Es el pragmatismo más radical de James el que parece mejor posicionado para calar en la masa, que en el sentido que nos importa aquí, incluye a burguesía y proletariado: como Dios es útil y funciona, existe. En este contexto, también el hombre nuevo de Marx y el superhombre de Nietzsche tienen las puertas abiertas. Occidente descree. Resuenan trompetas de cambio…

En el XIX, Europa afina su pensamiento para enfrentar las exigencias de un tiempo muy complejo. Mientras pensadores como Schopenhauer o Kierkegaard reaccionan desde una incómoda madurez, pues se han asomado al abismo y sus obras, aunque no exentas de un profundo humanismo, están cargadas de cierto pesimismo, Marx reacciona puerilmente. Idealiza al hombre como mero ser social, lo desposee de todo sentido individual y espera que proceda según su infantil modelo, siempre con un excluyente sentido práctico e inmerso en un relato histórico sujeto a férreas leyes. Dice: “El ser humano no es una abstracción inherente al individuo aislado. En su realidad, el ser humano es el conjunto de las relaciones sociales”. Marx ni siquiera permite que el hombre se agote individualmente. Dice: “La muerte parece una dura victoria de la especie sobre el individuo y parece contradecir su unidad; pero el individuo determinado no es más que un ser genérico determinado, y como tal, mortal”. Su nivel de abstracción es tan severo y prepotente que lo hace decir: “La humanidad sólo se plantea a sí misma problemas que puede resolver”. Es la humanidad el limitado sujeto que, para moverse en sociedad, plagia al hormiguero… Marx, cuando piensa, esencialmente actúa, porque su pensamiento no tiene sentido alguno si no se concreta y comprueba en acto, si no finaliza en una acción positiva sujeta a un estricto determinismo… Kierkegaard, sin embargo, ante todo contempla y piensa. Cuando dice: “Perder la razón para ganar a Dios, en esto consiste el acto de creer (…) renunciar al propio entendimiento y mantener el alma fija en el absurdo”, está reconociendo que el cristianismo debe ser para el hombre de su tiempo una mera, pero imprescindible cuestión de fe, verificada en la “crucifixión de la inteligencia”. Insiste: “Declaro incrédulo a quien defienda el cristianismo (…) si alguien imagina que lo comprende, puede estar seguro de que se equivoca”. Kierkegaard entiende y acepta la esencia inaprensible de la gran imagen, y aun partiendo de cierta angustia existencial, la carga de validez. Dice: “…una vez que la conciencia ha despertado, la imaginación añora por su parte retornar a esos sueños, lo mítico se presenta bajo una nueva forma, a saber, como imagen. Se ha producido, pues, una alteración según la cual la conciencia asume que lo mítico no es la idea, sino un reflejo de la idea.” Kierkegaard también parece conocer y entender las claves motoras de su tiempo histórico, cuando dice: “Nuestro tiempo, en efecto, exige más; a falta de altura, exige un pathos altisonante, exige resultados a falta de especulación, convicción a falta de verdad, garantía de nobleza a falta de nobleza, minuciosidad en los sentimientos a falta de sentimientos”. Todo esto lo aporta Marx, un lógico producto del pensamiento decimonónico más expedito, de baja intensidad especulativa, pero con una gran capacidad para obrar románticamente en su tiempo histórico; porque ¿no es la historia el sitio ideal para que operen el pathos altisonante, la falta de especulación, la convicción y la falsa garantía de nobleza?

Entre todas las corrientes y subcorrientes de pensamiento del XIX, que son muchas y muy ricas, tal vez son las capitaneadas por Kierkegaard y Marx las que más influyeron en el XX. Un siglo corto, de ochenta y cuatro años (1917-2001) pero muy intenso, porque en él se concreta en buena medida el potencial destructivo que incubó el XIX. El existencialismo y el materialismo dialéctico e histórico se extendieron en el siglo pasado y, en mayor o menor medida, aún lo hacen en el presente. El XIX golpeó la fe hasta dejarla renqueante, y el hombre occidental, descreído, ya único titular del patrimonio existencial, en el XX sopesó sobre todo dos opciones para pagar el precio de sus carencias y haberes: o avanzaba en su propio desmontaje con los ojos vendados, desde un humanismo maduro, ovillado y absorto en un subyugante saber, o lo hacía con orejeras, desde un humanismo temerario, capaz de plantearse sólo los problemas que creía poder resolver, suelto, bravucón y libre de todo conocimiento que pudiera entorpecer su temeridad. ¿Acaso lo haría debatiéndose entre ambas opciones? Por qué no. El hombre, aunque es un animal muy económico, carga con una memoria compleja, de gran inercia, y raramente toma caminos sencillos, mucho menos para levantarse y sacudirse el suelo, devastarse, partir de cero... La primera mitad del XX pareció propicia para la segunda vía; su segunda mitad, para la primera. En cualquier caso, el hombre ya se había condenado, preso en la nueva episteme, al vigente credo de dual apariencia: anverso humanista sobrecargado de derechos, y reverso antihumano marcado por un único y absoluto deber: consumir. El deber antes, claro, los derechos después, en los estrechos márgenes del primero… Jano mantiene sus dos cabezas, pero sólo como un vestigio formal, porque en realidad las mueve al unísono, cuando así lo requiere (o sea, siempre) el tintineo de las monedas que inventó para abandonar la aburrida Edad de Oro y ejercer en plenitud su dualidad. Qué triste paradoja…

Y ahí estábamos, mi amigo y yo, dando vueltas a un asunto que, insisto, comienza y termina ante el dilema: ¿contemplar y pensar, o actuar? Si piensas que yerras cuando te ovillas en la parálisis sabionda, pero que también yerras cuando te sueltas para la inculta acción temeraria, ¿qué hacer? Honestamente, no lo sé. La estructural falta de fe en una sociedad compleja se ha resuelto históricamente con cambios radicales y violentos que son especialmente temidos por quienes los hemos estudiado con cierto detenimiento. ¿Seremos capaces ahora de re-crearnos sin pasar por una demoledora purga? Lo dudo. Es obvio que Occidente se autodestruye una vez más, pero para que no lo parezca tanto, contamos con la inestimable ayuda de al menos dos serias amenazas: la inviabilidad del planeta ante nuestro apetito consumista, y la agresiva fe que conserva, con todo su poderío simbólico-fáctico, el Islam, cultura que en estos momentos atraviesa su “medioevo espiritual”. Los procesos “globalizadores” que vivió Occidente en el pasado, se manifestaron siempre en épocas de decadencia espiritual, y siempre se resolvieron a favor de una fe reconstituyente, contra la pulsión civilizadora “laica” y la cultura más humanista. Pero ahora la cosa se complica aún más en un planeta sobrehabitado, sobreexplotado, sobreexpuesto a la tremenda capacidad destructiva del hombre. Y se complica también a la vista de una nada ingenua tendencia transhumanista que quiere hacer borrón y cuenta nueva en el hombre “autotrascendido”, vuelto omnipotente maquina merced a la inteligencia artificial. Vaya agravantes… ¿Y si pudiéramos defendernos todavía quebrando ante el dilema, bordeando la encrucijada sin vendas ni orejeras espurias, sujetos al principal rasgo que caracteriza y determina lo humano frente a los reinos, mineral, vegetal, e, incluso, animal? ¿Si comenzáramos por entender y aceptar que es el tremendo poder de la imaginación lo que nos mueve individual y socialmente, para después evitar que una Imagen (Idea) inconveniente ocupe el ara que, levantada para lo divino, desocupó y desoló la falta de fe? Tampoco sé si esto funcionaría, porque parte de un impulso netamente racional. Evitar la Idea del hombre-máquina artificialmente inteligente que habita el Espacio, o la del apasionado y exaltado talibán que nos devuelve al castro fortificado, no garantiza que volvamos a creer. Pero como todavía me resisto a la terrible sentencia de Sartre: “…el hombre es una pasión inútil”, pues conservo un íntimo impulso positivo, espoleado, para empezar, por mi vocación paternal, lo seguiré intentando. Seguiré trabajando por ese pathos edificante, ni altisonante ni tenebrista, que me permita ver en los hijos un proyecto viable y cargado de sentido.   

Ante las vías que proponen, por una parte el existencialismo (piadoso o impío, racionalista o pragmático) con sus cuotas de angustia y desamparo, que muchas veces desemboca en puro escepticismo; y por la otra el determinismo (materialista o idealista, histórico o ahistórico), que suele acabar en despotismo absolutista; ambos ahora “diluidos” en tendencias con otros y sonoros nombres, pero vivos y obrantes en su fondo, no me decido. Sí, soy un hombre decadente, pero que huye hacia delante, porque contra el hombre-máquina y el hombre-integrista que nos amenazan, frente al hombre nuevo, al superhombre, o al hombre inmanente, “chamánico”, que nos quieren vender como antídoto al veneno de tales abstracciones, abogo sencillamente por el Hombre, sin adjetivos que distraigan. En el pedestal que ocupó un Dios creíble y creído (fenómeno), pongo ahora la humana capacidad que lo encumbró: la Imaginación (esencia). Es un “idealismo invertido” con rasgos existenciales, lo sé, pero se me antoja oportuno y humano. Puede que no haya POETA más allá de nosotros mismos; puede que el POEMA esté cambiando otra vez de signo, pero sobrevive, íntegra, la capacidad de poetizar. Esta es la que no podemos perder. Seremos removidos. Sucumbiremos a la falta de “fenoménica fe”, pero si mantenemos la capacidad esencial de seguir imaginando, y no equivocamos la Imagen adecuada para el “sacro” podio, resurgiremos, seguro, y lo haremos como hombres, no como máquinas.

Los siglos XIX y XX también dieron algunos pensadores "raros" que reabrieron la puerta a la Imagen Redentora, cuando parecía cerrada a cal y canto por el signo de los tiempos. Uno de ellos, Lezama, puede considerarse en cierta medida heredero de Kierkegaard, aunque, con base en similar humanismo cristiano, da un importante giro al colocar en la subbase el pensamiento órfico-pitagórico, desde el que cuestiona la lógica formal aristotélica en tanto canon intocable. Lezama, siendo en cierta medida su heredero, como lo es por diferentes vías de Vico, Pascal y Bergson, matiza el existencialismo con un gusto incontestable por la vida, que lejos de un angustioso absurdo, considera como una suerte de gran oportunidad para participar un continuo y genitor imaginario. Otro de ellos, Castoriadis, parte de un ideario marxista, para abandonarlo después hasta llegar a definir el “imaginario social” que antepone con firmeza al determinismo como motor de la historia. Llega a decir Castoriadis: “el imaginario es el principio creador y no el reflejo, ni la representación de algo. Lo imaginario es la facultad originaria de plantearse o representarse algo que aún no es, que nunca estuvo ni estará en la percepción” (...) “el imaginario crea la realidad”…

No debo extenderme más. No es éste el medio idóneo para hacerlo y temo abusar de vuestra paciencia. Sólo insistir en que, aún en momentos de franco declive, donde las vías suelen bifurcarse polarizadas y demandarnos meridianas militancias; aun en situaciones de radical falta de fe en “poemas antiguos”, es muy importante que conservemos la capacidad para la poesía, para hacerla y creerla. En la imagen, como ocurrió hasta ahora, está impresa la eventual respuesta. La imagen es nuestra, la respuesta también. ¿Y si pudiéramos anticipar su lectura, para modificarla convenientemente antes de verla hecha sangre en la historia, escozor en la memoria, píxel en la pantalla, tinta en el papel?



viernes, 25 de octubre de 2013

Eros dispara al aire





Las novias adolescentes y las amantes juveniles que tuve, no supieron que compartían mis ardores con tres mujeres-mito que, “encarnadas” en caras imágenes cinematográficas, aunaban suficientes inteligencia, candor y voluptuosidad para descocarme. Entre los doce y los diecisiete años, Jane Fonda, Ana Belén y Ángela Molina fueron mis amores prohibidos más tercos y constantes. Por entonces tuve también algún escarceo con un par de italianas (Claudia Cardinale y Ornella Muti) pero nada serio. Nunca les fui fiel, lo confieso. En aquel lupanar de hormonas insaciables, las chicas “reales” a quienes me entregué con disciplinado ardor, colmaron con creces mis urgentes ansias de amor y sexo, de pegajosas compañía y amistad. Las amé. Les di con honestidad todo lo que entonces sabía y podía dar, pero cuando alguna de las tres mujeres-Idea que “me rondaban” asomaba en el fabuloso belvedere del cine, o en el íntimo balconcillo de la televisión, tenía que evitar los calores conductivos, porque la radiante imagen me quemaba a plenitud por todos los flancos, esférica, totalitaria. Ante tales estímulos devenía como aquel enamoradizo poeta de Stratford-upon-Avon: “en sueños rey, en la vigilia nadie…"

Sólo cuando comencé a estudiar en la Universidad, a leer seriamente, y, sobre todo, cuando conocí a Marisela (mujer que afinó y ajustó en mí todas las ideas de mujer posibles hasta hacerlas confluir, resueltas Una, en su propia y avara humanidad) aquellas tres posesivas señoras fueron ocupando un sitio menos desequilibrante en el núcleo de mis pasiones. Siguieron inquietándome, pero me fui haciendo progresivamente capaz de ordenar ese tipo de imagen para que no pasara del agradable retozo en la memoria, donde, por cierto, a la sazón comenzaban a operar espectros de muy distintas mujeres, desde Helena hasta la Maga, pasando por Casandra, Lucrecia, Dickinson, Karenina, Lolita, Mata Hari, Gala, Frida... Lo dicho: en un breve período de maduro ajuste, suficiente para conquistar en Marisela un amor concreto y plenipotenciario, Jane Fonda, Ana Belén y Ángela Molina pasaron de ser puro desorden en mí, a ocupar una región de amable y acotado cosquilleo en la memoria.

Las tres siguen siendo referentes femeninos. Las admiro por distintas razones. Son todavía bellísimas, y no han dañado los pilares fundamentales de mi cándido amor inaugural. Aunque mi fascinación tuvo altibajos en el caso de Jane, ninguna me descorazonó durante los más de treinta años que dura ya “nuestra relación”. Son tres señoras en todos los sentidos, y ejercen su señorío sin mengua. Una de ellas, Ángela, por distintas razones percutió en la pantalla de mi ordenador en los últimos días. La semana pasada disfruté mucho una colaboración musical que hizo con Coque Malla para su disco “Mujeres”, y ayer disfruté, más aún si cabe, que le concedieran la medalla de Oro de la Academia de Cine. Enhorabuena. A Ángela quiero dedicar el último trecho de este texto, y lo quiero hacer con especial atención a su espléndida manera de envejecer.

En mi modesta opinión, Ángela, que hace mucho tiempo es una enorme actriz, no lo era cuando comenzó a colaborar en los años setenta del pasado siglo con algunos de los más célebres gestores de las industrias cinematográficas española y europea. Para que esto sucediera, puede que hayan influido su ascendencia artística y su formación en música y danza. Seguro influyó su deslumbrante belleza mediterránea. Pero sin lugar a dudas, debió ser decisiva su impronta femenina, marcada por una suerte de irresuelto y escapista aura que deja siempre a quien la ve con ganas de indagar más en su dueña. Como toda mujer inteligente, Ángela nunca aparece completa en el sitio donde está, sea una película, una actuación musical o una entrevista en cualquier medio de comunicación. Sé que tan femenino don no puede ser impostado, actuado, y por ello sospecho que la acompañe siempre, que la ayude a conseguir admiradores, no sólo entre el público, sino en todos los medios sociales donde se mueve, en los que seguro sabe generar cómodos ámbitos de sedienta empatía. Ángela es encantadora en el sentido literal del término. Y lo es, no por mostrarlo todo, como algunos pueden suponer atraídos por los magníficos desnudos que dio al cine en su juventud, sino justo por lo contrario, o sea, por no exponer llana y abiertamente lo que en realidad importa.

Ortega define a la perfección esta capacidad en algunas mujeres. Dice, acerca de una señora que llamó su atención cuando observaba un grupo humano que actuaba en sociedad: “…Y, sobre todo, la máxima diferencia: las demás mujeres que hay aquí parecen estar aquí enteras. Esta, en cambio, permanece ausente; lo mejor de sí misma quedó allá lejos, adscrito a su soledad, como las ninfas amadríadas, que no podían abandonar el árbol donde vivían infusas. He aquí la razón de nuestro interés. Interesa lo que se presume y no se ve. Esta mujer posee un arcano hinterland…” Eso es lo que distingue y completa a Ángela, un arcano y muy suyo hinterland. Sólo con él habría conquistado a Ortega como conquistó a Buñuel y a tantos otros directores de cine, como nos conquistó a todos sus incondicionales, alelados y peregrinos hermeneutas frente al laberinto que conduce a su más recóndito tesoro. Ángela es dueña de sí, y esto incluye su amplio y oculto además. Su cuerpo y su rostro están a la vista, su figura es bellísima, pero tras el telón opera la parte no mostrada, la más seductora… subyugante. Tal vez por eso, se puede dar el lujo de envejecer tan rotunda como dignamente a la vista de todos. Porque envejecen cuerpo y rostro, pero la demasía, invisible, se mantiene inmune a las arrugas.

Quienes con quince años babeamos al ver en pantalla sus turgentes senos íberos, sin darnos cuenta quedamos presos en los pliegues de ese oscuro poder que Ángela ejerce más allá de de su carnal belleza. Se comprende que Buñuel la equiparara en imagen a una semidiosa griega. Esta mujer contiene un universo de signos, y no todos nos llegan por vía sensible. De otra manera, ¿cómo entender que su belleza se acrescente justo en aquellos síntomas que suelen relacionarse con el ocaso de lo bello? ¿Puede ser bella una mujer que no actúa sobre su cuerpo para enmascarar el envejecimiento? Pues claro. Puede serlo, incluso estando muy expuesta a los “tribunales” más torpes y dictatoriales, si toda ella no está a la vista latiendo en sus arrugas, si su hinterland, ese recoleto hábitat de la crucial demasía, se mantiene infranqueable, y aun aparentemente desgobernado, resulta un surtidor de imágenes que, al socaire de unos ojos brujos, da a quien busca sólo un mínimo sustento de carne. Hasta Eros pudiera errar en casos como éste. Por eso, aunque frente a la señora tramposamente arrugada tensa el arma, ya no pretende el cuerpo, formal anécdota con que la tersura, si jóvenes, nos señala saludables, fértiles. El objetivo se movió esta vez. Es más, nunca estuvo franco donde se esperaba. El dios lo sabe, y tratando de acertar dispara al aire. No son flechas salvas, no, ni ciegas… son lúcidas, visionarias.
      
           


Aquí les dejo un enlace por si quieren escuchar la colaboración de Ángela con Coque Malla.


martes, 15 de octubre de 2013

Poético calafateo




("De aquel tsunami a esta música". Noticia leída en El País)


No siempre la prensa es ese fanguero para embarrar y embrutecer, donde lo burdo, vano y sensacional hace su agosto sin calcular los consecuentes daños. Todavía podemos topar con noticias publicadas que, aun bajo la dominante escéptica que marca nuestro tiempo, aúpan imágenes positivas al podio de las mañanas posibles. No sé si realmente es bueno que los periodistas consideren noticia un hecho cargado de positivismo, pues según una de sus máximas, la noticia no es que el perro muerda al niño, sino que el niño muerda al perro, con lo que queda automáticamente subrogada en la rareza emotiva; pero lo cierto es que agradezco mucho cuando en una mañana de inhóspitas “novedades” (comillas, porque no lo son tanto, lo nuevo muchas veces estriba en otra vuelta de tuerca sobre la recurrente basura) algún periódico me regala el testimonio de una de estas “anomalías”.

Así comienza la noticia que quiero comentar, publicada hoy en El País: “Parece un cuento oriental o, tal vez, una fantasía futurista de corte social. El punto de partida de esta historia se remonta al trágico terremoto y su consiguiente tsunami en la región de Tohoku, al noreste de Japón, el 11 de marzo de 2011. Cinco meses después se anunciaba en el Festival de Lucerna la creación de Ark Nova, un proyecto solidario con la región devastada que consistía a grandes rasgos en llevar a la zona el consuelo de la música inaugurando allí un auditorio móvil, diseñado por el artista indio Anish Kapoor y el arquitecto japonés Arata Isozaki, y creando una orquesta de jóvenes de la región afectada por la tragedia…”

Cuando vi las primeras imágenes televisadas de aquel tsunami, en medio del dolor y la consternación, quedé además impresionado por la forma en que reaccionaban los afectados. Ni siquiera un cierto conocimiento de la relativa pasividad que conlleva la forma de pensar oriental, evitó que me sobrecogiera la honda resignación con que fue asumido el suceso por quienes lo padecieron. Ni una sola exaltada muestra de dolor, ni rastro de histeria; miradas hondas y rostros tristes, sí, pero que a su vez evidenciaban una cabal comprensión de lo que estaba ocurriendo, y una sensata aceptación de sus consecuencias a corto y medio plazo. Dije a mis hijos: “Si algún pueblo es capaz de reconducir en tiempo récord una situación como ésa, es el japonés”. Qué madurez, qué capacidad para sobreponerse a la tragedia… Siendo muy joven estuve un mes recorriendo Japón, y aunque no era capaz entonces de comprender del todo lo que veía, pude llevarme una idea de lo laboriosa y disciplinada que es su gente. Sabía que repararían como nadie lo sucedido en Tohoku. No esperaba (ni espero) grandes ceremonias, grandes monumentos, pero sí una rápida y eficaz enmienda material, y un callado, pero maduro alivio espiritual.

Por ser también inesperada, me sorprende la noticia en cuestión. El proyecto Ark Nova se me antoja un gesto cargado de feeling occidental, una muestra más de cuánto se globaliza el mundo, por más que algunos de sus “formalizadores” sean orientales; pero no por ello deja de parecerme justo y oportuno en todos los sentidos. Nada como el arte para dar fe de sostenida humanidad, y para desde ella apoyar la reparación del enorme roto que, incluso en un pueblo tan co-medido como el japonés, ocasiona un desastre de tal magnitud. La música y la arquitectura unidas para el remedio. ¡Estupendo! Pero el acierto aquí no sólo radica en la sustancia reparadora (el arte), sino en la forma con que ésta opera. Mahler, Brahms, Tchaikovsky, Sakamoto, jazz, música de cine, música y danza shinto, kabuki… Tan variado repertorio evidencia el interés por atender múltiples sensibilidades, pero también garantiza una tensión felizmente inquietante con la magnífica obra de Kapoor e Isozaki. Para mí, sin lugar a dudas, una obra arquitectónica con características muy bien adecuadas a la actividad que arropa.

Para un contenido musical ecléctico, que aun con claro acento romántico, abarca obras de varias épocas y culturas, anclándose claramente en el tiempo, se construye un continente vanguardista, efímero, con vocación de objeto resuelto en sí mismo, no anclado a espacio alguno. Aquí el recinto “se posa” en el sitio, y como una unidad ambulante de primeros auxilios, alberga el sanador evento sin pretender erguirse como uno de sus pilares fijando imagen en espacio y tiempo. No se trata de un gesto monumental para que apoyada en él la memoria colectiva incube lo acontecido con sus pliegues dramático y épico. No. La magnífica estructura inflada, cual zeppelin u ovni llega, sirve y parte. No grava el sitio con pétreos significados. Se crea para albergar un intento de alivio. No es la cura. Participa en ella, pero más como insólito, leve y bonachón vector que apenas holla la tierra, que como pretencioso y posesivo orín que marca en propiedad un predio. Un continente efímero, como llegado del cielo, para que su contenido vibre durante el período pactado para el edificante recuerdo.

Conceptualmente impecable. En lo formal, acertado. (Re) suene la música en el interior de la gentil y airosa "berenjena". Sirva para aliviar el espíritu de un pueblo, que aun afecto a la más insulsa cacharrería, inmerso en un corre-corre técnico-infantiloide, no pierde el norte cuando el Ser le muestra la siniestra dentadura. Pero sirva también para demostrarnos a todos que aún somos capaces de humanos gestos. La citada noticia termina con estas palabras: “No se ha declarado el coste económico de la operación. La rentabilidad económica de esta experiencia es más que dudosa. Sin embargo, lo que supone como invitación al sueño artístico, la proyección social desde la música y la convivencia entre culturas diferentes es, sencillamente, ejemplar”. Las apruebo. Las ensancho con otras de Tagore que me vinieron de inmediato a la mente al hilo de lo leído: “Si el mundo no hace agua, es porque la muerte no es grieta”. Y apunto: maestro, la muerte es grieta. El mundo no hace agua gracias al minucioso y poético calafateo.





domingo, 6 de octubre de 2013

El oro de los pobres



 

A la memoria de mis abuelos.
A la de todos los emigrantes que fueron
a remendar el descosido imperial con su
hambre de luz y su hambre-hambre.


¿Será acaso el amor
el oro de los pobres?

          Antonio Colinas



Hace pocos días di con estos excelentes versos de Colinas en un delicado librito  titulado “El soñador de espigas lejanas” editado por la Fundación Jorge Guillén en la Colección “Maravillas concretas”. Su lectura me enfrentó una vez más a los recuerdos que mis abuelos españoles (asturianos y canario) me regalaron de su experiencia migratoria; recuerdos que baten desdichas y bendiciones, alivios y frustraciones, para una mezcla vital que macera o fermenta según el caso con inagotable vigor evocativo. Todavía latente la ulcerilla provocada por la poética púa, hoy escuché por primera vez en la voz de Liuba María Hevia la canción “Con los hilos de la luna”, dedicada precisamente a su abuelo asturiano. Vaya revolcón… No se debe escribir en este estado emocional, lo sé, (decía Benn aludiendo a ello, aunque de cara a la creación poética: “Si usted le quita a lo que ha rimado todo lo que tenga que ver con sus sensaciones y sentimientos, lo que queda, si es que queda algo, eso quizás sea un poema”. ) pero no puedo evitarlo. Mis abuelos ahora mismo barren, baldean lo que ensucia en mí la compostura, y arrastrado por la canción de Liuba María, cedo al tirón de la sangre sin contemplaciones espurias.

No supe o no recuerdo con precisión en qué años llegaron a Cuba mis abuelos. El materno (Vicente) alrededor de 1904; el paterno (Balbino) puede que en 1919. En ambos casos, son fechas muy cercanas a la obtención de la independencia de España, y a la proclamación de la República. Se ha hablado bastante sobre la anomalía o particularidad histórica que supone el hecho de que muchos de los propios soldados del ejército español derrotado decidieran quedarse a vivir en la isla perdida para el imperio. No participo tal extrañeza, pues comprendo las causas del fenómeno, pero en cualquier caso, de existir la supuesta irregularidad, habría que extenderla a los enormes flujos migratorios que, en el mismo sentido (España-Cuba), tuvieron lugar en las dos primeras décadas del XX. Mas hoy no me interesa esto en tanto asunto de orden sociológico a estudiar sesudamente, porque hoy hablo de mis abuelos. Punto. Con lo que diga sobre ellos, que los lectores hilvanen las teorías que necesiten o quieran. Espero, sin embargo, alcanzar el alma de algún nieto agradecido, cuya similar experiencia y consecuente complicidad hagan que las teorías, al leer este texto, importen un bledo.

Vicente, que nació en 1890 en una casa-cueva cercana a Valleseco, en Gran Canaria, con catorce años logró llegar a Cuba acompañado por su padre, que en un viaje anterior había dejado en la isla a tres de sus hermanos varones. No sé cómo mi bisabuelo pudo llevar a buen término tal hazaña migratoria, porque era pobrísimo, literalmente un troglodita, pero su hijo Vicente, después de un breve paso por La Habana, entonces una de las grandes capitales del nuevo mundo, donde trabajó en una lechería, se instaló en el centro-sur de la isla, en una de sus zonas más exigentes: la Ciénaga de Zapata, durísimo ecosistema con pantanos, manglares, mosquitos y cocodrilos, que de entrada novelaba mal para los “invasores”, los obligaba por contra a sudores muy terrenales y concretos vinculados con arrozales, cañaverales, puercos y cebúes. Vicente, a pesar de apellidarse González Pérez, lo que denota una estirpe de origen castellano, nunca se sintió español. En Cuba los canarios se hacían llamar isleños y vivían su insularidad a rajatabla. Muy pronto “se hacían” emocionalmente cubanos (comillas, porque lo eran de cuna, en tanto que españoles y mediterráneos, aunque no lo supieran y hubieran nacido en pleno Atlántico) pero podían sentirse incómodos, incluso, frente a paisanos procedentes de otra de las Islas Canarias. Mas esto es una anécdota, porque Vicente era un buen hombre, y como tal, no sólo dio de comer a sus doce hijos, sino también a otros tantos hijos ajenos. Y hubiera dado de comer al mismísimo Alfonso XIII de haberlo encontrado hambriento. Eso sí, le habría explicado en la sobremesa cuán leales y hábiles eran sus perros de caza, y le habría contado múltiples episodios de la muy rica mitología lugareña, a la que se había adscrito sin ambages. La vida de Vicente eran su familia, su finca, su trabajo, sus animales, sus cacerías, sus recuerdos, sus cuentos, pero muy especialmente sus nietos; más de veinte que a su lado aprendimos a querer… y a poder. Vaya maestro. Un currante, un amante... ¿Puede haberlo mejor?

Balbino, nacido en el año 1900, en Somines, una pequeña aldea del Concejo de Grado, Asturias, llegó a La Habana con unos diecinueve años huyendo del servicio militar, que entonces lo hubiera situado en el peligroso frente del norte de África. Ya habían tomado con éxito el habanero curso tres de sus hermanos mayores, por lo que su destino parecía claro, pero no se decidió finalmente hasta que el olor a plomo le sacudió las entendederas y le hizo temblar las piernas. En la capital de la flamante República se partió el lomo en los pequeños comercios de sus hermanos hasta que fue capaz de montar el suyo propio: una primera bodega (así se llama en Cuba a los establecimientos comerciales donde se venden productos comestibles) en la barriada del Cerro. Ya bien situado, regresó de visita a su natal Asturias en el año 1935 (mal momento) y muy enamorado se casó con una sobrina (mi abuela) a la que llevaba 17 años y sólo conocía por referencias epistolares. Regresó a Cuba con el corazón inflamado por su joven esposa, pero también roto por la situación que atravesaba su patria. Balbino, que se apellidaba Tamargo García, lo que no obliga a origen castellano alguno, siempre se sintió español. Jamás tuvo ninguna cautela o duda en este sentido. En el 35, su patria ponía el mantel para la sangre; se envenenaba, y con ella lo hacía toda posibilidad de regreso por lejana que fuera. Otra vez el plomo, infame, fraticida, marcaba el camino con meridiana claridad. A partir de entonces, para él España fue una amarga y definitiva pérdida, aunque supo captar su resonante prolongación en la isla que había aprendido a amar. Mi abuelo paterno era también un esforzado y exitoso amante. En este caso, un amante con quien conviví a diario desde que nací, y por quien fui muy amado. Sólo una severa demencia senil primero, y la muerte después, pudieron alejarlo de mí, pero nunca lo hicieron de mi memoria, donde su descomunal humanidad se yergue por encima de sus pequeños defectos para repetirme: ama, ama, ama…     

Esta muy sucinta historia de la aventura migratoria de mis abuelos, no es más que una vía para reconocer su enorme calidad humana. En una época convulsa, con un imperio cuyos estertores coloniales malamente disimulaban ya la gélida temperatura de sus pies, supieron hacer valer su vitalidad y su capacidad para la aventura, asumiendo un destino que los alejaba de sus hogares, pero a cambio les regalaba una vida más plena para los sueños y el amor. Quienes entonces emigraron fueron, como en todo proceso de este tipo, los más inquietos, los más capaces de cambio y empresa. Quienes más habría necesitado España en los fuegos de la casa, se asfixiaban en ella y salían a respirar a su patio. Siempre ocurre así: emigran los más necesarios. Los procesos migratorios, dadas las especiales cualidades humanas que implica la condición de emigrante, perjudican a las sociedades emisoras para beneficiar a las receptoras. Unos pierden a los más activos y atrevidos, mientras otros los ganan. Entonces Cuba, y muy especialmente La Habana, ofrecían a peninsulares e isleños un viaje de amables resonancias. El cisma político-jurídico-administrativo nada pudo contra el torrente afectivo que había generado la cultura. Cuba seguía siendo España, como lo sigue siendo en buena medida ahora; como España sigue siendo esa diversa y maravillosa Idea, donde, a pesar de todo, el griego manda. Aun así no fue fácil para ellos. Aquellos emigrantes transatlánticos de principios del siglo pasado, si eran pobres, aunque fueran de casa eran tratados como parias. En La Habana eran sometidos a una estricta cuarentena para “desinfectarlos”, vacunarlos, y no tenían nada fácil adquirir la nueva carta de ciudadanía. ¿Acaso no nos pasa ahora más o menos lo mismo en el sentido contrario? En fin, no fue fácil, pero lo hicieron. Y todo ese aval de esfuerzo, valentía y amor lo transmitieron a sus herederos, que cuando necesitaron mudarse de habitación en su propia casa, se cagaron literalmente en lo que decían o pretendían carceleros y aduaneros. Ah, nuestra estirpe mediterránea (fenicia, egea, etrusca, romana, cartaginense…) ¿Quién puede contenerla ante el umbral del futuro, si ni siquiera frenó ante las mismísimas Columnas de Heracles? Puede que a mis hijos les toque patear, hacer girar de nuevo el afanoso aro. Si así es, lo harán, porque sus padres les han transmitido el a-de-ene del hámster mediterráneo que muscula y ríe sobre la ciega rueda. Ese, que aun escalando en pos del vellocino áureo, lleva siempre el saquito donde guarda el amor... Sí, Antonio, “el oro de los pobres”.


Aquí les dejo el “enlace” por si quieren escuchar la canción de Liuba María, y un ya viejo poema hoy más sano y vivo que nunca.

https://www.youtube.com/watch?v=AEhFonHjyAA&feature=youtube_gdata_player

 

Brindemos.

                              El viaje no acaba
                              donde reposa el viajero.
                              Brindemos.         

Mi abuelo asturiano se bebió La Habana
detrás de un mostrador atrincherado.

Mi abuelo canario se bebió la ciénaga
asido a la montura de un caballo.

Yo me bebo a mis abuelos diariamente
enrolado en la aventura que iniciaron.

Trajinando los caminos que supieron,
doblegando al dolor que no mostraron,

aunque lejos
de La Habana, de la ciénaga;
en un cáliz de orgullo
tinto en sangre,

me los bebo. 


 



martes, 1 de octubre de 2013

La oportunidad de leer “La necesidad de escribir”





Mi amigo, el poeta y editor Felipe Lázaro (Betania) me envió hace unos días el libro “La necesidad de escribir”, de Julio Pino Miyar, con una encarecida invitación a leerlo. Agradecido, lo hice tan pronto pude, de continuo y con sostenido interés, pues se trata de un magnífico compendio de ensayos sobre temas que me importan mucho, y que aparecen perfectamente pensados y escritos. Ahora me toca extender a ustedes la invitación de Felipe, cosa que hago convencido y gustoso, animándome incluso a escribir una pequeña reseña sobre libro y autor, con la esperanza de que ésta los incline a su lectura. Para ello, con toda intención no haré análisis enjundiosos que puedan polarizar de antemano a los posibles lectores creándoles prejuicios infranqueables, sino que advertiré sobre algunos aspectos que (perdónenme el recurso) creo pueden crear un apetito en cierta medida morboso por estos ensayos.

Tras un exilio de veinticinco años aún sin resolver, Julio, que es un pensador finísimo y un buen comunicador, se muestra atravesado por varios dilemas que enriquecen su obra. El “exilio que no cesa” aquí también es rayo, pero además se “complica” con la fidelidad a postulados que, tras una (re) formulación esencialmente decimonónica, bullen en la primera mitad del XX para caer de súbito frente a la postmodernidad de sus postrimerías; hasta tal punto, que su retorno a “las aulas del saber” parece imposible a comienzos del XXI. Julio es positivista, pragmático, determinista, marxista… Y claro, en un mundo cada vez más relativista y escéptico, esta fórmula pensante, si, como es el caso, ocupa una mente lúcida y bien (in) formada, puede resultar de mucho interés.

Julio conserva del marxismo, sobre todo, la fascinación por la historia y la convicción de que la economía y el trabajo son sus principales motores. Es ahí donde se producen los más interesantes conflictos con la postmodernidad, la modernidad líquida, la muerte de la historia, o la consideración de la cultura como su aguijón principal y su salvación posible. Tales desencuentros son evidentes cuando se habla de lo clásico, la verdad, la realidad, la fantasía, la poética, la imagen; pero también cuando se “aterriza” en la obra de Freud, Vitier, Carpentier o Lezama. En este último caso, el conflicto se agudiza porque Julio no puede aceptar de ninguna manera que “la imagen sea la causa secreta de la historia”. Entonces, el irresuelto y melancólico exilio, junto al amor por la gran poesía, sin remedio chocan con el marxismo y su consecuente determinismo. Parece que se acarician dos gatos, pero se muerden dos tigres. Y lo hacen ante nosotros que, si sabemos aprovechar el lance y evitamos posicionarnos de manera extrema, nos divertiremos y sacaremos provecho hurgando en las entrelíneas de las falsas caricias, pues el árbitro, que es fino, inteligente, buen esgrimista, da mucho margen para ello. Sí, el enmascarado pugilato ambienta un intento más de cuadrar el círculo. Y aunque no vaticinamos puerto para tal empeño, como el geómetra y espadachín es habilidoso, si estamos atentos aprenderemos geometría… y esgrima.

Mis lectores saben que no soy marxista. Aunque el método marxista para estudiar la historia me sigue interesando, no tanto por la validez de sus tesis como por lo sugerente de sus hipótesis, yo afirmo con Lezama que la imagen es la causa (ya nada secreta) de la historia, más aún, de todo avatar humano, sea éste histórico o prehistórico. Y esta certeza ya no puedo "enfriarla" con la excusa poética. No llegó Lezama a tal conclusión por ser poeta, sino por ser un gran pensador. Pero, ¿acaso no es la poesía el mayor ejercicio de pensamiento posible? ¿Acaso no es la verdad poética la única digna de ser tenida en cuenta? Es obvio que no soy determinista, ni pragmático, ni sólidamente positivista. Sin embargo, leí “La necesidad de escribir” con verdaderos interés y placer. Porque la inteligencia y la pulcritud me atraen siempre, especialmente si unidas al hábito de pensar, y a la capacidad de transmitir lo pensado de manera coherente y fértil. Julio es un ensayista de primer nivel. No conozco a muchos otros que en castellano puedan desempeñarse en el género como él. Sabe pensar y escribir. Y lo hace, permítanme la expresión, preso de enormes contradicciones y pasiones (qué buen pensador no lo está), lo que garantiza un resultado entretenido y provechoso. Léanlo.

El enlace para descargarse gratuitamente el libro es:
 



viernes, 20 de septiembre de 2013

A ver cómo cerramos la obra sin demoler el teatro





Este espacio para la cultura, especialmente para la literatura y el pensamiento, con toda intención se inhibe del anecdotario con que la actualidad trata de imponer, y muchas veces impone, su dictadura de humo. Cuando aquí “toqué” o “rocé” actualidad pura y dura, siempre fue porque el asunto no me pareció anecdótico, y siempre traté de situarlo en el marco de un análisis que ofreciera perspectivas amplias, perspectivas que desbordaran el corsé espacio-temporal con que la anécdota suele ceñirnos en busca del mareo que nos nuble la vista, y la memoria, y el entendimiento. He recibido ya algunos “toques de atención” por ello, incluso de grandes intelectuales y muy queridos amigos. Uno de ellos me dijo: ––“Estás en Arcadia, en Batuecas”. A lo que cariñosamente respondí:  ––“Hermano, en mi modesta opinión, no hay nada que sea más político ahora mismo que retraerse ante el juego que nos proponen. Todo lo que está pasando es fruto de la ignorancia más supina. Decir NO a eso, es algo muy político. Imagínate que todos leyéramos y estudiáramos lo necesario para saber esto. ¿Con quién jugarían? Mi opción no pasa por vivir en Arcadia, créeme, sino por participar la actualidad de manera distinta de la que conviene a quienes toman y suministran esa perfecta droga: la ignorancia. El estéril debate actual entre derechas e izquierdas formales, no hace más que rentabilizar tal droga a favor de sí misma. Estamos en crisis, sí, en una crisis más cultural y cívica que económica, en una crisis esencial que, por resonante, augura importantes cambios en la humanidad. El dilema fundamental (aquí me refería a la realidad europea) ya no es que mande éste o aquél, el dilema es ahora: hombre sí u hombre no, planeta sí o planeta no, inteligencia artificial, ¿sí o no? Yo trabajo porque el mundo no cierre todavía, por hacer bueno aquello que dijo Jorge (Guillén):‘Los hombres son aún preliminares’. Trabajo modestamente contra el hombre nuevo de Marx, el superhombre de Nietzsche, el hombre ahistórico de Fukuyama, la máquina transhumana de Kurzweil. Hombre, hombre, hombre… Mi estrategia: la imagen. Mi táctica: inocularla en todos los frentes posibles. Vamos, no vivo en Arcadia, pero si para ayudar a mantener abierto el chiringuito, tengo que dejar caer en la Bolsa una dosis de orina de Pan, lo haré…” Con tales premisas trabajé hasta ahora en este formato. Espero poder hacerlo también en esta ocasión, pero reconozco que me resultará más difícil, y por ello quise escribir esta pequeña introducción ¿exculpatoria? Créanme, si no lo logro, no será porque no lo intente.

Hace unos días, un músico popular cubano llamado Roberto Carcassés se atrevió a pronunciar públicamente un breve discurso político, sencillo, pero muy espinoso para el régimen de Castro. Nada especial, si no fuera porque lo hizo como improvisación sonera, en medio de una actuación televisada por los medios oficiales de la tiranía, y en una de sus tribunas preferidas: esa suerte de decorado para el tórrido sainete que se ha montado frente a la sede de la representación de Estados Unidos en la capital del país, y a la que ellos llaman “tribuna antiimperialista”. No se extrañen. En Cuba, una isla de grandísimos poetas, hemos desarrollado sin embargo una especial capacidad para maltratar el idioma. Habría que estudiar en qué medida le debemos a ese dudoso don el último tramo de nuestras desventuras. Hablo del sitio donde se acuñaron desde el gobierno términos como “plan java”, “punto de leche”, “oficoda” (no me pidan, por favor, que explique esto); y donde los niños hace mucho que se llaman “Jeiyu” (libre interpretación del título de una conocida canción pop) Yanalai, Yunielsis, Yunisleski… En fin, la contestación interna y pública al régimen por medio de la música popular, viene ocurriendo en Cuba hace ya treinta años. Desde los ochenta del siglo pasado se suceden episodios en este sentido, más o menos interesantes, con mayor o menor calidad artística. Carlos Varela y Pedro Luís Ferrer fueron tal vez quienes primero se atrevieron a ello, y luego hubo otros hasta llegar a este último caso, que, insisto, tiene de diferente el lugar donde ocurre, y también que lo hace en la época de Internet, de las redes sociales, con un dictador en paro, chocho, moribundo, un “regente” que renquea, y un país en franco proceso de “haitianización”… No quiero centrarme en analizar críticamente el hecho musical, ni la calidad del discurso, ni siquiera sus evidentes contradicciones. (Debemos respetar y agradecer a cualquiera que, por sus medios, sean éstos los que sean, asuma una actitud cívica y aporte su esfuerzo al necesario cambio político en la isla. Además, en ese otro Haití para el nuevo-hombre-nuevo, llamar héroe a un vulgar espía es cosa normalísima, no debe extrañarnos. Tampoco debe hacerlo que en el mismo discurso en que se pide la liberación de los supuestos héroes, se demande similar suerte para el consumo de marihuana. Vivimos en un mundo postmoderno, decadente. Qué podemos esperar de la sufrida Habana, si hoy leí en la prensa que un multimillonario anda vendiendo teléfonos en París disfrazado de Guevara, el pistolero argentino que administró el plomo en los paredones que flanquearon el umbral de la última borrachera isleña.) Quiero centrarme esta vez en algo que ha pasado inadvertido en los comentarios y análisis que hasta ahora me han llegado sobre el asunto: el público. ¿Cuánta gente fue a ese concierto? ¿A qué fue? ¿Por qué? ¿Cómo reaccionaron al imprevisto contramitin? ¿Cómo maneja el régimen este tipo de actividad “cultural”, y cómo la rentabiliza? Aquí, mucho más que en otros aspectos del fenómeno, debíamos buscar sus claves. Vamos…

Yo, cuando en este texto digo héroe o tiranía, lo hago en un sentido nada metafórico. Para el término “héroe” me remito, en primer lugar, al concepto homérico-hesiódico recogido, por ejemplo, en Jünger; y para “tiranía” a “La república” de Platón. En segundo lugar me remito al diccionario de la R.A.E. Porque claro, tenemos que fijar estos conceptos para no caer en la palabrería con que el régimen cubano, como cualquier otra tiranía, trata de confundir y confunde a sus ignorantes víctimas. Entonces ¿cómo evaluar al público que asistió al referido concierto? Resulta que se reúnen miles de personas a bailar y beber (no me creo que en tales convocatorias de alguna manera no esté el alcohol por medio en su peor versión), mientras piden que se excarcele en los Estados Unidos a unos espías cubanos, llamándoles héroes porque así son llamados por los voceros del castrismo. Ante el decorado propagandístico de los opresores, y para que el sainete nacional continúe, se citan títeres y palmeros. Estos últimos, cuando no “obligados” (comillas, porque nadie puede obligar a tal cosa a quien realmente no quiere) por el aparato represor del régimen, atraídos por su cantinela, o, tal vez lo peor de todo, por la percusión y la chabacanería aderezados con el aguardiente y los navajazos. No digo que no se hayan programado allí a buenos artistas, que no se hayan dado buenos conciertos musicalmente hablando, digo que también, y especialmente, se trata de un escenario para el panfleto más cursi, el chovinismo más ciego y vulgar. Ante ese público actuaba Carcassés cuando salió del guión. Porque lo hizo, es cierto, aunque llamara héroes y hermanos a los espías del tirano que no le da lo que él quiere: ni la libertad de expresión, ni el derecho al voto directo, ni el salvoconducto para consumir libremente marihuana, ni el carro, ni… Allí estaban escuchándole los policías formales, y los informales, que son todos o casi todos los que asisten a esas “fiestas”; estaban quienes quieren sostener un cargo en la burocracia de la tiranía, quines buscan “pasarla bien” bajo cualquier circunstancia (¡a bailar y a gozar con la Sinfónica Nacional!, que se decía en mi época), quienes sostienen el imperio de su majestad El Culo a ritmo de reggaeton, los bebedores de “huesoetrigre”, “saltapatrá” y “chispaetrén”, los negros curros (véase Ortiz) del siglo XXI que buscan carne hermana donde hundir acero; pero, sobre todo, los sumos vigilantes, quienes controlan incluso a los policías. Aunque éstos bien pudieran haber estado no sólo entre el público, sino también agazapados en la propia orquesta del díscolo, para desde lo alto, y con su carroñera vista, tomar oportuna nota de todo lo que se meneara en escenario y suelo.

¿Qué mensaje puede calar en tal público? ¿Éste? Si ni siquiera fue aplaudido. Más de uno habrá huido de allí con verdadero pavor. Por suerte el tibio resbalón (sí, tibio. Cómo cojones llama héroe a semejante gentuza: culones al servicio del tirano que disfrutaban de importantes prebendas; justo esas que ayudaban a negar a sus iguales. ¿Acaso trabajaban en el “Imperio” para servir y defender a su sátrapa sin comulgar con sus abusos internos? Perdónenme la grosera digresión, pero hay cosas que deben ser dichas como se piensan) sucedió, el tibio resbalón, digo, ante las cámaras de televisión y vídeo, y por ello puede, precisamente a través de esos medios de comunicación que el tirano hurta a sus súbditos, andar por medio mundo tratando de con-mover y mover a otros públicos. Claro, buena parte de los otros posibles y pretendidos públicos se preguntará: ––“¿Y yo qué pinto aquí?”. Un sainete es un sainete, y sólo puede cerrarlo en condiciones su autor. Ah, el autor… El problema es que aquí el autor, que en origen tuvo varias caras pero una sola cruz (el dinero) y que nació entre la poderosa sacarocracia hispano-cubana hace más de ciento cincuenta años, se encuentra en retirada, más aún, en estampida. El conflicto se ha descafeinado tanto que está a punto de esfumarse. Ya no hay imperio decadente que abandonar, ni imperio emergente al que subirse, ni enfrentamiento entre imperios donde amodorrarse para vivir sin esfuerzo. Ya no hay enemigos íntimos de consideración. Sin conflicto no hay obra, tampoco sainete. ¿Y quién conviene el final si el autor se ha esfumado? ¿El público de siempre? ¿Ese que desde el gallinero palmeó todo lo que le echaron, y que ahora lleva sesenta años sometido a un severo espulgo en busca de su esencia más insulsa, inocua y maraquera?

Mira, Carcassés, te respeto, te felicito incluso. Finalmente, y hecha la mitigante catarsis, ni siquiera tendré en cuenta que hayas llamado héroes a esos burdos funcionarios de la represión. No hay que darle mayor importancia. En Cuba, de todo lo dicho en los últimos sesenta años, quedarán en pie unas pocas frases de Lezama. Pero todo esto lo hago porque arrastro parte de tu pena. No esperes complicidad como la mía en otras almas. Todos tenemos que hacernos responsables de nosotros mismos. Si quieres algo, tómalo. Cantarlo improvisado está muy bien, pero no basta, sobre todo, porque lo jodidamente amolador es que no tienes un público fiable, y que el verdadero autor de la tragedia ya no existe. Maldito éxodo para un corifeo que chilla su monserga en babélica lengua. Tanta palabrería termina siempre en funcional sordera. A ver cómo cerramos la obra sin demoler el teatro. ¿Podremos? ¿Quién lo sabe? Todo es posible. Al parecer el arado que trazó el surco fundador de Roma estaba tirado por bestias tan dispares como un buey y una yegua… ambos etruscos, para hacerlo más complejo. Eso sí, estaban dirigidos por dioses, y seguían un círculo hipnótico trazado por ellos en el cielo, no en el suelo. Tenemos más de tres mil años de historia y unos ciento cincuenta de engañoso relato, de reductora ceguera. Mas ya no hay templo a cuya puerta pedir limosna. Se acaba el tiempo para los apaños. Dejémonos de “quiero, quiero, quiero…” Y démonos prisa, que mientras la otrora refinada Habana, muy fatigada se desploma ante su hombre nuevo, Pòtoprens se relame con sus muñecos pinchados al contraluz de las velas. No sea. 

 http://www.youtube.com/watch?v=WuYW__EBVkA


 

      

domingo, 15 de septiembre de 2013

Tenemos tanto que ganar…





La extensa estela del romanticismo que, incluso en su versión más potable, nos ponía (y pone) muchas veces en un trance emocional último (entre la vida y la muerte, entre el amor y el desamor más teatreros, entre una belleza que alela y otra por la que se muere o mata) marca aún la visión que muchos tienen de lo poético. Aquella respuesta de Bécquer a la pregunta ¿qué es poesía? sigue vibrando hoy entre lectores y no lectores, más o menos conscientemente: ––¿Poesía? ni los poetas saben qué es eso, para qué sirve… ¿Para ligar? ¿Para ir de raritos por el mundo? ¿Para consolarse? ¿Para negar la esencia animal y pragmática de la vida? ¿Para evadirse de lo real, huir de uno mismo?... Incluso notables pensadores como Santayana, por citar sólo un ejemplo, desde un estrecho pragmatismo positivista, indirectamente han ayudado a limitar en los lectores la necesidad y el deseo de la poesía. Dijo éste: “…entenderse a sí mismo es la forma clásica de consolación; huir de sí mismo es la romántica.” Sin entrar a contestar esta frase, muy contestable ella, (anda que no huyen de sí los clásicos para consolarse) está claro que tales pareceres, que asocian el romanticismo con una simple huída, confluyendo con la persistente asociación de lo poético y lo romántico, propician un resultado caricaturesco que aparta de la poesía a muchos desorientados, como también atrae hacia ella a otros que lo están mal.

“Encomio de la imagen” es un espacio para cuestionar, incluso combatir (por muy romántico que suene el término) esta errónea visión que, a la vez que nos aleja de la poesía, nos pone en bandeja para el más integrista cientificismo, ese que ya nos sueña perfectas máquinas libres de todo “oscurantismo” poético. La inminencia de la “entrada” número cincuenta fue un buen acicate en este sentido. Quinquaginta… ¿No huían de sí Virgilio, Horacio, Ovidio?  Sí, también lo hacían, clásica-mente. Con frecuencia huían de los hombres que eran, buscando encontrar a los hombres que fuimos, somos y seremos; trascendían al hombre-límite-fenómeno, para dar con lo humano, con la Idea Hombre, porque, ¿quién lo sabe?, tal vez sólo en esa búsqueda hallaban consolación. Buscaban (aquí “enredo” una frase leída recientemente en Badosa) acompasar el tiempo histórico en que pasamos, con el “tempo” poético en que existimos, para encontrar el binomio tiempo-“tempo” en que esencialmente somos, ya trascendidos en una suerte de pre-eternidad. Y gracias a ellos… Lo dejo, que me enzarzo con Santayana... Claro, este espacio precisa de mensajes escuetos, pero no renuncia a defender sus fueros. La número cincuenta va de poesía.

¿Por qué leerla?

Nuestro genotipo nos permite participar la más sofisticada aventura animal del planeta: la vida imaginativa, inteligente; pero tal participación será más plena, cuanto mejor dotados estemos para heredar, incubar y testar su esencia. ¿Y cuál es la esencia de la humana aventura? Pues que se lleva a cabo por un animal que imagina, conoce y crea en sociedad. La capacidad de imaginar es vital en esta trinidad que nos define, y aunque como toda capacidad se recibe genéticamente, si se quiere aprovechar ha de cultivarse. El hombre, animal y ser social, se mueve en medio de complejas dualidades (ahora “enredo” unas ideas de Fernando Ortiz) sometido al difícil equilibrio de muchos pares dialécticos: natura y hechura/ natura y cultura/ herencia y adherencia/ soma y psiquis/ substancia y circunstancia… Y en ese “lío” sólo podemos “resolver” imaginando. Sobre todo las segundas categorías de los referidos pares: hechura, cultura, adherencia, psiquis y circunstancia, especialmente esas que nos dieron el fuego y el notario para expulsar de la caverna al oso y ponerla a nuestro nombre, son absolutas deudoras de la imaginación. Imaginando conocemos y creamos, pero también “nos defendemos” de lo incognoscible, lo inalcanzable. Imaginando afrontamos las primeras fases del conocimiento con base sensorial, y todo el conocimiento suprasensorial. La capacidad para recibir, digerir y transmitir imagen, no es sólo imprescindible en los artistas, sino necesaria en todo ser humano. Una persona que no ejercite tal capacidad, estará reduciendo su experiencia en un sentido animal. La aptitud para la imagen, insisto, no es cosa de poetas o artistas, es cosa de mujeres y hombres. Los poetas, los artistas son aquí una vanguardia importante; han de imaginar como todos, memorizar como todos, comunicar como todos, pero podrán hacerlo, gracias a su alta capacidad para trabajar con imágenes, hasta unos niveles inalcanzables para los demás. Entonces, estos “visionarios”, que no son más que individuos especialmente imaginativos y curiosos, deberán “traducir” para los otros lo que haya de humanamente aprovechable en los muchos planos que de la realidad (sensorial o suprasensorial) puede obtener y obtiene una imaginación aguda. Y una vez que esto ocurre, una vez que el poeta, por ejemplo, ha captado, creado o recreado una imagen válida para el conocimiento, sobre todo si esta imagen no se cierra en sentencia, sino que se abre en símbolo, sus lectores podrán participarla, y en ella crecer como seres humanos. Entonces, repito la pregunta y contesto resumidamente:       
           
¿Por qué leer poesía?

  1. Porque la poesía es la mayor y mejor expresión de la capacidad de imaginar que tiene el hombre. No hay nada más humano que la poesía.
  2. Porque la imagen poética, como ninguna otra, es una vía de conocimiento que llega a la esencia de las cosas, donde jamás podrá hacerlo, por ejemplo, la ciencia, en última instancia, tan pobre y fatalmente sujeta al fenómeno.
  3. Porque permite un alto ejercicio de humanidad, al ofrecernos realidades creadas o recreadas más allá de las percibidas por vía sensorial.
  4. Porque aumenta en el lector la capacidad para recibir, memorizar y transmitir conocimiento a través de la imagen.
  5. Porque la capacidad para “entendérselas” con la imagen, que la poesía ensancha y afina, es imprescindible para actuar en cualquier ámbito, sea éste artístico, científico o técnico. Una mente abierta a la “comprensión” de la imagen, o sea, a sacar provecho de su multiplicidad significante, de su capacidad evocativa, estará mejor preparada para actuar en cualquier área del quehacer humano.
¿Quiénes deben leerla entonces?

Obviamente todos. La poesía, si es buena (la mala es muy dañina) es un vector de humanidad inigualable. El apogeo de lo humano ocurre en la imagen; y el apogeo de la imagen, en la poesía. Si devaluamos la imagen en nuestra estrategia de conocimiento, además de forzar una anomalía, pagaremos un alto precio por hacerlo. Si estamos preparados para la imagen (no quiere decir esto que todos podamos crearla, recrearla o transmitirla ensanchada, sino simplemente que podamos captarla y procesarla) seremos mejores aprendices de hombre, y claro, mejores lectores, amantes, deportistas, médicos, ingenieros, zapateros, maestros, economistas… menos animales, vaya, más humanos… Cierto que una sociedad donde todos sean poetas o buenos lectores de poesía, sería tan peligrosa como aquella república platónica sin poetas y gobernada por los filósofos. Pero no debemos temer ese escenario, pues el hombre siempre supo evitar incluso sus inmediaciones.

¿Y cómo convencer de que se equivocan, a quienes viven y piensan tan al margen de todo esto? ¿Merece la pena intentarlo?

No lo sé. Y tampoco tengo espacio aquí para ello, mucho más allá de las escuetas explicaciones ya dadas. Mas hagamos un último esfuerzo y traigamos un ejemplo sencillo. Veamos unos versos de Lorca, poeta fácil que resulta cercano a mucha gente. Tomemos unos versos de alta poesía en este poeta (también los tiene, por supuesto). Pero antes imaginemos que un niño dice a su madre que la muerte lo espanta, que quiere ser inmortal, y además, que no quiere crecer, envejecer; en fin, que no entiende ni asume el final y quiere ser especial, distinto a los demás. ¿Cómo contestaría a esto una madre “normal”? Se podrían suponer miles de respuestas más o menos "lógicas", aunque partan de ópticas muy distintas, con dispares niveles de imaginación. Habrá  madres que evadan la respuesta. Habrá otras que no quieran que su hijo coquetee con la idea de la muerte, y propongan salidas muy imaginativas. Las habrá que lo enfrenten sin tapujos a una realidad finita y unívoca, como “cura” a cualquier indicio de idealización trascendente. Habrá las que prometan a su hijo una vida singular, llena de éxitos, sin penalidades. Habrá otras que hagan justo lo contrario. Habrá de todo. Pero veamos cómo recoge Lorca una situación de este tipo:

Mamá.
Yo quiero ser de plata.
Hijo,
tendrás mucho frío.

¿Se puede hacer mejor? Después de conocer estos magníficos versos, en los que caben todas las demandas y las advertencias posibles, ¿se precisa añadir algo? Tanto en el deseo del niño como en la visión de la madre se abren infinitud de potencias. Nada queda del todo resuelto, pero a la vez todo parece predicho, dicho, entredicho, sobredicho… Ahí está el asunto, servido en alta tensión poética, esperando a que los lectores tomen uno o varios de los múltiples caminos que se abren para incorporar la imagen a su experiencia, a su memoria. Y la economía de medios con que madre e hijo se nos meten dentro, nos sacuden y estremecen, nos resuelven un montón de urgentes dudas, a la vez que nos abren otro montón de ellas, ¿es fruto de la pereza, de la apatía? Para nada. En este caso decir algo más habría significado decir mucho menos. En esos versos está todo lo necesario… Es sólo un ejemplo. Como es lógico, no se pretende, al menos yo no lo hago, que entre hijos y madres se produzca este tipo de diálogo poético, pero si todos tuviéramos acceso siquiera a esta sencilla y primaria dimensión de la imagen, seríamos más plenos como hombres... Leamos poesía...

¿Y qué pudo responder Bécquer a la célebre pregunta, para aliviarnos del “peso romántico” que tiene su ingrávida salida? No lo sé, pero al menos me tranquiliza que ya nadie más pueda tomar el ocurrente y exaltado atajo sin caer en un espantoso ridículo. Ya ven, Barnet, cien años después de Bécquer, dijo algo parecido a Guevara: “…el poeta eres tú”, madre mía, al ritmo de las ametralladoras… qué cínica cursilada. Pero no sigo por ahí, pues no se lo merece la “entrada” número cincuenta. Bécquer tal vez pudo regalar a la chica una edición de la Divina Comedia, diciéndole: ––toma, amiga, ahora métete en mi cama, regálame, íntegro, ese curioso azul, y luego, pasadas las ardentías, averígualo tú misma... No, lo hizo bien Bécquer. Lo hace mal quien no entiende aquellas circunstancias. No siempre se puede ser un gran poeta ante determinadas urgencias, frente a ciertos estímulos... Río. ¿Y cómo no compartir el poético resbalón, si con ello se puede tentar a todo el azul que embeleza al mundo? Río de nuevo. Leamos poesía, amigos, buena poesía. Tenemos tanto que ganar… Siento repetirme. De una u otra forma, lo dije aquí cincuenta veces ya. Sólo por ésta, y hasta la próxima, me disculpo.