verso

"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

viernes, 25 de octubre de 2013

Eros dispara al aire





Las novias adolescentes y las amantes juveniles que tuve, no supieron que compartían mis ardores con tres mujeres-mito que, “encarnadas” en caras imágenes cinematográficas, aunaban suficientes inteligencia, candor y voluptuosidad para descocarme. Entre los doce y los diecisiete años, Jane Fonda, Ana Belén y Ángela Molina fueron mis amores prohibidos más tercos y constantes. Por entonces tuve también algún escarceo con un par de italianas (Claudia Cardinale y Ornella Muti) pero nada serio. Nunca les fui fiel, lo confieso. En aquel lupanar de hormonas insaciables, las chicas “reales” a quienes me entregué con disciplinado ardor, colmaron con creces mis urgentes ansias de amor y sexo, de pegajosas compañía y amistad. Las amé. Les di con honestidad todo lo que entonces sabía y podía dar, pero cuando alguna de las tres mujeres-Idea que “me rondaban” asomaba en el fabuloso belvedere del cine, o en el íntimo balconcillo de la televisión, tenía que evitar los calores conductivos, porque la radiante imagen me quemaba a plenitud por todos los flancos, esférica, totalitaria. Ante tales estímulos devenía como aquel enamoradizo poeta de Stratford-upon-Avon: “en sueños rey, en la vigilia nadie…"

Sólo cuando comencé a estudiar en la Universidad, a leer seriamente, y, sobre todo, cuando conocí a Marisela (mujer que afinó y ajustó en mí todas las ideas de mujer posibles hasta hacerlas confluir, resueltas Una, en su propia y avara humanidad) aquellas tres posesivas señoras fueron ocupando un sitio menos desequilibrante en el núcleo de mis pasiones. Siguieron inquietándome, pero me fui haciendo progresivamente capaz de ordenar ese tipo de imagen para que no pasara del agradable retozo en la memoria, donde, por cierto, a la sazón comenzaban a operar espectros de muy distintas mujeres, desde Helena hasta la Maga, pasando por Casandra, Lucrecia, Dickinson, Karenina, Lolita, Mata Hari, Gala, Frida... Lo dicho: en un breve período de maduro ajuste, suficiente para conquistar en Marisela un amor concreto y plenipotenciario, Jane Fonda, Ana Belén y Ángela Molina pasaron de ser puro desorden en mí, a ocupar una región de amable y acotado cosquilleo en la memoria.

Las tres siguen siendo referentes femeninos. Las admiro por distintas razones. Son todavía bellísimas, y no han dañado los pilares fundamentales de mi cándido amor inaugural. Aunque mi fascinación tuvo altibajos en el caso de Jane, ninguna me descorazonó durante los más de treinta años que dura ya “nuestra relación”. Son tres señoras en todos los sentidos, y ejercen su señorío sin mengua. Una de ellas, Ángela, por distintas razones percutió en la pantalla de mi ordenador en los últimos días. La semana pasada disfruté mucho una colaboración musical que hizo con Coque Malla para su disco “Mujeres”, y ayer disfruté, más aún si cabe, que le concedieran la medalla de Oro de la Academia de Cine. Enhorabuena. A Ángela quiero dedicar el último trecho de este texto, y lo quiero hacer con especial atención a su espléndida manera de envejecer.

En mi modesta opinión, Ángela, que hace mucho tiempo es una enorme actriz, no lo era cuando comenzó a colaborar en los años setenta del pasado siglo con algunos de los más célebres gestores de las industrias cinematográficas española y europea. Para que esto sucediera, puede que hayan influido su ascendencia artística y su formación en música y danza. Seguro influyó su deslumbrante belleza mediterránea. Pero sin lugar a dudas, debió ser decisiva su impronta femenina, marcada por una suerte de irresuelto y escapista aura que deja siempre a quien la ve con ganas de indagar más en su dueña. Como toda mujer inteligente, Ángela nunca aparece completa en el sitio donde está, sea una película, una actuación musical o una entrevista en cualquier medio de comunicación. Sé que tan femenino don no puede ser impostado, actuado, y por ello sospecho que la acompañe siempre, que la ayude a conseguir admiradores, no sólo entre el público, sino en todos los medios sociales donde se mueve, en los que seguro sabe generar cómodos ámbitos de sedienta empatía. Ángela es encantadora en el sentido literal del término. Y lo es, no por mostrarlo todo, como algunos pueden suponer atraídos por los magníficos desnudos que dio al cine en su juventud, sino justo por lo contrario, o sea, por no exponer llana y abiertamente lo que en realidad importa.

Ortega define a la perfección esta capacidad en algunas mujeres. Dice, acerca de una señora que llamó su atención cuando observaba un grupo humano que actuaba en sociedad: “…Y, sobre todo, la máxima diferencia: las demás mujeres que hay aquí parecen estar aquí enteras. Esta, en cambio, permanece ausente; lo mejor de sí misma quedó allá lejos, adscrito a su soledad, como las ninfas amadríadas, que no podían abandonar el árbol donde vivían infusas. He aquí la razón de nuestro interés. Interesa lo que se presume y no se ve. Esta mujer posee un arcano hinterland…” Eso es lo que distingue y completa a Ángela, un arcano y muy suyo hinterland. Sólo con él habría conquistado a Ortega como conquistó a Buñuel y a tantos otros directores de cine, como nos conquistó a todos sus incondicionales, alelados y peregrinos hermeneutas frente al laberinto que conduce a su más recóndito tesoro. Ángela es dueña de sí, y esto incluye su amplio y oculto además. Su cuerpo y su rostro están a la vista, su figura es bellísima, pero tras el telón opera la parte no mostrada, la más seductora… subyugante. Tal vez por eso, se puede dar el lujo de envejecer tan rotunda como dignamente a la vista de todos. Porque envejecen cuerpo y rostro, pero la demasía, invisible, se mantiene inmune a las arrugas.

Quienes con quince años babeamos al ver en pantalla sus turgentes senos íberos, sin darnos cuenta quedamos presos en los pliegues de ese oscuro poder que Ángela ejerce más allá de de su carnal belleza. Se comprende que Buñuel la equiparara en imagen a una semidiosa griega. Esta mujer contiene un universo de signos, y no todos nos llegan por vía sensible. De otra manera, ¿cómo entender que su belleza se acrescente justo en aquellos síntomas que suelen relacionarse con el ocaso de lo bello? ¿Puede ser bella una mujer que no actúa sobre su cuerpo para enmascarar el envejecimiento? Pues claro. Puede serlo, incluso estando muy expuesta a los “tribunales” más torpes y dictatoriales, si toda ella no está a la vista latiendo en sus arrugas, si su hinterland, ese recoleto hábitat de la crucial demasía, se mantiene infranqueable, y aun aparentemente desgobernado, resulta un surtidor de imágenes que, al socaire de unos ojos brujos, da a quien busca sólo un mínimo sustento de carne. Hasta Eros pudiera errar en casos como éste. Por eso, aunque frente a la señora tramposamente arrugada tensa el arma, ya no pretende el cuerpo, formal anécdota con que la tersura, si jóvenes, nos señala saludables, fértiles. El objetivo se movió esta vez. Es más, nunca estuvo franco donde se esperaba. El dios lo sabe, y tratando de acertar dispara al aire. No son flechas salvas, no, ni ciegas… son lúcidas, visionarias.
      
           


Aquí les dejo un enlace por si quieren escuchar la colaboración de Ángela con Coque Malla.


martes, 15 de octubre de 2013

Poético calafateo




("De aquel tsunami a esta música". Noticia leída en El País)


No siempre la prensa es ese fanguero para embarrar y embrutecer, donde lo burdo, vano y sensacional hace su agosto sin calcular los consecuentes daños. Todavía podemos topar con noticias publicadas que, aun bajo la dominante escéptica que marca nuestro tiempo, aúpan imágenes positivas al podio de las mañanas posibles. No sé si realmente es bueno que los periodistas consideren noticia un hecho cargado de positivismo, pues según una de sus máximas, la noticia no es que el perro muerda al niño, sino que el niño muerda al perro, con lo que queda automáticamente subrogada en la rareza emotiva; pero lo cierto es que agradezco mucho cuando en una mañana de inhóspitas “novedades” (comillas, porque no lo son tanto, lo nuevo muchas veces estriba en otra vuelta de tuerca sobre la recurrente basura) algún periódico me regala el testimonio de una de estas “anomalías”.

Así comienza la noticia que quiero comentar, publicada hoy en El País: “Parece un cuento oriental o, tal vez, una fantasía futurista de corte social. El punto de partida de esta historia se remonta al trágico terremoto y su consiguiente tsunami en la región de Tohoku, al noreste de Japón, el 11 de marzo de 2011. Cinco meses después se anunciaba en el Festival de Lucerna la creación de Ark Nova, un proyecto solidario con la región devastada que consistía a grandes rasgos en llevar a la zona el consuelo de la música inaugurando allí un auditorio móvil, diseñado por el artista indio Anish Kapoor y el arquitecto japonés Arata Isozaki, y creando una orquesta de jóvenes de la región afectada por la tragedia…”

Cuando vi las primeras imágenes televisadas de aquel tsunami, en medio del dolor y la consternación, quedé además impresionado por la forma en que reaccionaban los afectados. Ni siquiera un cierto conocimiento de la relativa pasividad que conlleva la forma de pensar oriental, evitó que me sobrecogiera la honda resignación con que fue asumido el suceso por quienes lo padecieron. Ni una sola exaltada muestra de dolor, ni rastro de histeria; miradas hondas y rostros tristes, sí, pero que a su vez evidenciaban una cabal comprensión de lo que estaba ocurriendo, y una sensata aceptación de sus consecuencias a corto y medio plazo. Dije a mis hijos: “Si algún pueblo es capaz de reconducir en tiempo récord una situación como ésa, es el japonés”. Qué madurez, qué capacidad para sobreponerse a la tragedia… Siendo muy joven estuve un mes recorriendo Japón, y aunque no era capaz entonces de comprender del todo lo que veía, pude llevarme una idea de lo laboriosa y disciplinada que es su gente. Sabía que repararían como nadie lo sucedido en Tohoku. No esperaba (ni espero) grandes ceremonias, grandes monumentos, pero sí una rápida y eficaz enmienda material, y un callado, pero maduro alivio espiritual.

Por ser también inesperada, me sorprende la noticia en cuestión. El proyecto Ark Nova se me antoja un gesto cargado de feeling occidental, una muestra más de cuánto se globaliza el mundo, por más que algunos de sus “formalizadores” sean orientales; pero no por ello deja de parecerme justo y oportuno en todos los sentidos. Nada como el arte para dar fe de sostenida humanidad, y para desde ella apoyar la reparación del enorme roto que, incluso en un pueblo tan co-medido como el japonés, ocasiona un desastre de tal magnitud. La música y la arquitectura unidas para el remedio. ¡Estupendo! Pero el acierto aquí no sólo radica en la sustancia reparadora (el arte), sino en la forma con que ésta opera. Mahler, Brahms, Tchaikovsky, Sakamoto, jazz, música de cine, música y danza shinto, kabuki… Tan variado repertorio evidencia el interés por atender múltiples sensibilidades, pero también garantiza una tensión felizmente inquietante con la magnífica obra de Kapoor e Isozaki. Para mí, sin lugar a dudas, una obra arquitectónica con características muy bien adecuadas a la actividad que arropa.

Para un contenido musical ecléctico, que aun con claro acento romántico, abarca obras de varias épocas y culturas, anclándose claramente en el tiempo, se construye un continente vanguardista, efímero, con vocación de objeto resuelto en sí mismo, no anclado a espacio alguno. Aquí el recinto “se posa” en el sitio, y como una unidad ambulante de primeros auxilios, alberga el sanador evento sin pretender erguirse como uno de sus pilares fijando imagen en espacio y tiempo. No se trata de un gesto monumental para que apoyada en él la memoria colectiva incube lo acontecido con sus pliegues dramático y épico. No. La magnífica estructura inflada, cual zeppelin u ovni llega, sirve y parte. No grava el sitio con pétreos significados. Se crea para albergar un intento de alivio. No es la cura. Participa en ella, pero más como insólito, leve y bonachón vector que apenas holla la tierra, que como pretencioso y posesivo orín que marca en propiedad un predio. Un continente efímero, como llegado del cielo, para que su contenido vibre durante el período pactado para el edificante recuerdo.

Conceptualmente impecable. En lo formal, acertado. (Re) suene la música en el interior de la gentil y airosa "berenjena". Sirva para aliviar el espíritu de un pueblo, que aun afecto a la más insulsa cacharrería, inmerso en un corre-corre técnico-infantiloide, no pierde el norte cuando el Ser le muestra la siniestra dentadura. Pero sirva también para demostrarnos a todos que aún somos capaces de humanos gestos. La citada noticia termina con estas palabras: “No se ha declarado el coste económico de la operación. La rentabilidad económica de esta experiencia es más que dudosa. Sin embargo, lo que supone como invitación al sueño artístico, la proyección social desde la música y la convivencia entre culturas diferentes es, sencillamente, ejemplar”. Las apruebo. Las ensancho con otras de Tagore que me vinieron de inmediato a la mente al hilo de lo leído: “Si el mundo no hace agua, es porque la muerte no es grieta”. Y apunto: maestro, la muerte es grieta. El mundo no hace agua gracias al minucioso y poético calafateo.





domingo, 6 de octubre de 2013

El oro de los pobres



 

A la memoria de mis abuelos.
A la de todos los emigrantes que fueron
a remendar el descosido imperial con su
hambre de luz y su hambre-hambre.


¿Será acaso el amor
el oro de los pobres?

          Antonio Colinas



Hace pocos días di con estos excelentes versos de Colinas en un delicado librito  titulado “El soñador de espigas lejanas” editado por la Fundación Jorge Guillén en la Colección “Maravillas concretas”. Su lectura me enfrentó una vez más a los recuerdos que mis abuelos españoles (asturianos y canario) me regalaron de su experiencia migratoria; recuerdos que baten desdichas y bendiciones, alivios y frustraciones, para una mezcla vital que macera o fermenta según el caso con inagotable vigor evocativo. Todavía latente la ulcerilla provocada por la poética púa, hoy escuché por primera vez en la voz de Liuba María Hevia la canción “Con los hilos de la luna”, dedicada precisamente a su abuelo asturiano. Vaya revolcón… No se debe escribir en este estado emocional, lo sé, (decía Benn aludiendo a ello, aunque de cara a la creación poética: “Si usted le quita a lo que ha rimado todo lo que tenga que ver con sus sensaciones y sentimientos, lo que queda, si es que queda algo, eso quizás sea un poema”. ) pero no puedo evitarlo. Mis abuelos ahora mismo barren, baldean lo que ensucia en mí la compostura, y arrastrado por la canción de Liuba María, cedo al tirón de la sangre sin contemplaciones espurias.

No supe o no recuerdo con precisión en qué años llegaron a Cuba mis abuelos. El materno (Vicente) alrededor de 1904; el paterno (Balbino) puede que en 1919. En ambos casos, son fechas muy cercanas a la obtención de la independencia de España, y a la proclamación de la República. Se ha hablado bastante sobre la anomalía o particularidad histórica que supone el hecho de que muchos de los propios soldados del ejército español derrotado decidieran quedarse a vivir en la isla perdida para el imperio. No participo tal extrañeza, pues comprendo las causas del fenómeno, pero en cualquier caso, de existir la supuesta irregularidad, habría que extenderla a los enormes flujos migratorios que, en el mismo sentido (España-Cuba), tuvieron lugar en las dos primeras décadas del XX. Mas hoy no me interesa esto en tanto asunto de orden sociológico a estudiar sesudamente, porque hoy hablo de mis abuelos. Punto. Con lo que diga sobre ellos, que los lectores hilvanen las teorías que necesiten o quieran. Espero, sin embargo, alcanzar el alma de algún nieto agradecido, cuya similar experiencia y consecuente complicidad hagan que las teorías, al leer este texto, importen un bledo.

Vicente, que nació en 1890 en una casa-cueva cercana a Valleseco, en Gran Canaria, con catorce años logró llegar a Cuba acompañado por su padre, que en un viaje anterior había dejado en la isla a tres de sus hermanos varones. No sé cómo mi bisabuelo pudo llevar a buen término tal hazaña migratoria, porque era pobrísimo, literalmente un troglodita, pero su hijo Vicente, después de un breve paso por La Habana, entonces una de las grandes capitales del nuevo mundo, donde trabajó en una lechería, se instaló en el centro-sur de la isla, en una de sus zonas más exigentes: la Ciénaga de Zapata, durísimo ecosistema con pantanos, manglares, mosquitos y cocodrilos, que de entrada novelaba mal para los “invasores”, los obligaba por contra a sudores muy terrenales y concretos vinculados con arrozales, cañaverales, puercos y cebúes. Vicente, a pesar de apellidarse González Pérez, lo que denota una estirpe de origen castellano, nunca se sintió español. En Cuba los canarios se hacían llamar isleños y vivían su insularidad a rajatabla. Muy pronto “se hacían” emocionalmente cubanos (comillas, porque lo eran de cuna, en tanto que españoles y mediterráneos, aunque no lo supieran y hubieran nacido en pleno Atlántico) pero podían sentirse incómodos, incluso, frente a paisanos procedentes de otra de las Islas Canarias. Mas esto es una anécdota, porque Vicente era un buen hombre, y como tal, no sólo dio de comer a sus doce hijos, sino también a otros tantos hijos ajenos. Y hubiera dado de comer al mismísimo Alfonso XIII de haberlo encontrado hambriento. Eso sí, le habría explicado en la sobremesa cuán leales y hábiles eran sus perros de caza, y le habría contado múltiples episodios de la muy rica mitología lugareña, a la que se había adscrito sin ambages. La vida de Vicente eran su familia, su finca, su trabajo, sus animales, sus cacerías, sus recuerdos, sus cuentos, pero muy especialmente sus nietos; más de veinte que a su lado aprendimos a querer… y a poder. Vaya maestro. Un currante, un amante... ¿Puede haberlo mejor?

Balbino, nacido en el año 1900, en Somines, una pequeña aldea del Concejo de Grado, Asturias, llegó a La Habana con unos diecinueve años huyendo del servicio militar, que entonces lo hubiera situado en el peligroso frente del norte de África. Ya habían tomado con éxito el habanero curso tres de sus hermanos mayores, por lo que su destino parecía claro, pero no se decidió finalmente hasta que el olor a plomo le sacudió las entendederas y le hizo temblar las piernas. En la capital de la flamante República se partió el lomo en los pequeños comercios de sus hermanos hasta que fue capaz de montar el suyo propio: una primera bodega (así se llama en Cuba a los establecimientos comerciales donde se venden productos comestibles) en la barriada del Cerro. Ya bien situado, regresó de visita a su natal Asturias en el año 1935 (mal momento) y muy enamorado se casó con una sobrina (mi abuela) a la que llevaba 17 años y sólo conocía por referencias epistolares. Regresó a Cuba con el corazón inflamado por su joven esposa, pero también roto por la situación que atravesaba su patria. Balbino, que se apellidaba Tamargo García, lo que no obliga a origen castellano alguno, siempre se sintió español. Jamás tuvo ninguna cautela o duda en este sentido. En el 35, su patria ponía el mantel para la sangre; se envenenaba, y con ella lo hacía toda posibilidad de regreso por lejana que fuera. Otra vez el plomo, infame, fraticida, marcaba el camino con meridiana claridad. A partir de entonces, para él España fue una amarga y definitiva pérdida, aunque supo captar su resonante prolongación en la isla que había aprendido a amar. Mi abuelo paterno era también un esforzado y exitoso amante. En este caso, un amante con quien conviví a diario desde que nací, y por quien fui muy amado. Sólo una severa demencia senil primero, y la muerte después, pudieron alejarlo de mí, pero nunca lo hicieron de mi memoria, donde su descomunal humanidad se yergue por encima de sus pequeños defectos para repetirme: ama, ama, ama…     

Esta muy sucinta historia de la aventura migratoria de mis abuelos, no es más que una vía para reconocer su enorme calidad humana. En una época convulsa, con un imperio cuyos estertores coloniales malamente disimulaban ya la gélida temperatura de sus pies, supieron hacer valer su vitalidad y su capacidad para la aventura, asumiendo un destino que los alejaba de sus hogares, pero a cambio les regalaba una vida más plena para los sueños y el amor. Quienes entonces emigraron fueron, como en todo proceso de este tipo, los más inquietos, los más capaces de cambio y empresa. Quienes más habría necesitado España en los fuegos de la casa, se asfixiaban en ella y salían a respirar a su patio. Siempre ocurre así: emigran los más necesarios. Los procesos migratorios, dadas las especiales cualidades humanas que implica la condición de emigrante, perjudican a las sociedades emisoras para beneficiar a las receptoras. Unos pierden a los más activos y atrevidos, mientras otros los ganan. Entonces Cuba, y muy especialmente La Habana, ofrecían a peninsulares e isleños un viaje de amables resonancias. El cisma político-jurídico-administrativo nada pudo contra el torrente afectivo que había generado la cultura. Cuba seguía siendo España, como lo sigue siendo en buena medida ahora; como España sigue siendo esa diversa y maravillosa Idea, donde, a pesar de todo, el griego manda. Aun así no fue fácil para ellos. Aquellos emigrantes transatlánticos de principios del siglo pasado, si eran pobres, aunque fueran de casa eran tratados como parias. En La Habana eran sometidos a una estricta cuarentena para “desinfectarlos”, vacunarlos, y no tenían nada fácil adquirir la nueva carta de ciudadanía. ¿Acaso no nos pasa ahora más o menos lo mismo en el sentido contrario? En fin, no fue fácil, pero lo hicieron. Y todo ese aval de esfuerzo, valentía y amor lo transmitieron a sus herederos, que cuando necesitaron mudarse de habitación en su propia casa, se cagaron literalmente en lo que decían o pretendían carceleros y aduaneros. Ah, nuestra estirpe mediterránea (fenicia, egea, etrusca, romana, cartaginense…) ¿Quién puede contenerla ante el umbral del futuro, si ni siquiera frenó ante las mismísimas Columnas de Heracles? Puede que a mis hijos les toque patear, hacer girar de nuevo el afanoso aro. Si así es, lo harán, porque sus padres les han transmitido el a-de-ene del hámster mediterráneo que muscula y ríe sobre la ciega rueda. Ese, que aun escalando en pos del vellocino áureo, lleva siempre el saquito donde guarda el amor... Sí, Antonio, “el oro de los pobres”.


Aquí les dejo el “enlace” por si quieren escuchar la canción de Liuba María, y un ya viejo poema hoy más sano y vivo que nunca.

https://www.youtube.com/watch?v=AEhFonHjyAA&feature=youtube_gdata_player

 

Brindemos.

                              El viaje no acaba
                              donde reposa el viajero.
                              Brindemos.         

Mi abuelo asturiano se bebió La Habana
detrás de un mostrador atrincherado.

Mi abuelo canario se bebió la ciénaga
asido a la montura de un caballo.

Yo me bebo a mis abuelos diariamente
enrolado en la aventura que iniciaron.

Trajinando los caminos que supieron,
doblegando al dolor que no mostraron,

aunque lejos
de La Habana, de la ciénaga;
en un cáliz de orgullo
tinto en sangre,

me los bebo. 


 



martes, 1 de octubre de 2013

La oportunidad de leer “La necesidad de escribir”





Mi amigo, el poeta y editor Felipe Lázaro (Betania) me envió hace unos días el libro “La necesidad de escribir”, de Julio Pino Miyar, con una encarecida invitación a leerlo. Agradecido, lo hice tan pronto pude, de continuo y con sostenido interés, pues se trata de un magnífico compendio de ensayos sobre temas que me importan mucho, y que aparecen perfectamente pensados y escritos. Ahora me toca extender a ustedes la invitación de Felipe, cosa que hago convencido y gustoso, animándome incluso a escribir una pequeña reseña sobre libro y autor, con la esperanza de que ésta los incline a su lectura. Para ello, con toda intención no haré análisis enjundiosos que puedan polarizar de antemano a los posibles lectores creándoles prejuicios infranqueables, sino que advertiré sobre algunos aspectos que (perdónenme el recurso) creo pueden crear un apetito en cierta medida morboso por estos ensayos.

Tras un exilio de veinticinco años aún sin resolver, Julio, que es un pensador finísimo y un buen comunicador, se muestra atravesado por varios dilemas que enriquecen su obra. El “exilio que no cesa” aquí también es rayo, pero además se “complica” con la fidelidad a postulados que, tras una (re) formulación esencialmente decimonónica, bullen en la primera mitad del XX para caer de súbito frente a la postmodernidad de sus postrimerías; hasta tal punto, que su retorno a “las aulas del saber” parece imposible a comienzos del XXI. Julio es positivista, pragmático, determinista, marxista… Y claro, en un mundo cada vez más relativista y escéptico, esta fórmula pensante, si, como es el caso, ocupa una mente lúcida y bien (in) formada, puede resultar de mucho interés.

Julio conserva del marxismo, sobre todo, la fascinación por la historia y la convicción de que la economía y el trabajo son sus principales motores. Es ahí donde se producen los más interesantes conflictos con la postmodernidad, la modernidad líquida, la muerte de la historia, o la consideración de la cultura como su aguijón principal y su salvación posible. Tales desencuentros son evidentes cuando se habla de lo clásico, la verdad, la realidad, la fantasía, la poética, la imagen; pero también cuando se “aterriza” en la obra de Freud, Vitier, Carpentier o Lezama. En este último caso, el conflicto se agudiza porque Julio no puede aceptar de ninguna manera que “la imagen sea la causa secreta de la historia”. Entonces, el irresuelto y melancólico exilio, junto al amor por la gran poesía, sin remedio chocan con el marxismo y su consecuente determinismo. Parece que se acarician dos gatos, pero se muerden dos tigres. Y lo hacen ante nosotros que, si sabemos aprovechar el lance y evitamos posicionarnos de manera extrema, nos divertiremos y sacaremos provecho hurgando en las entrelíneas de las falsas caricias, pues el árbitro, que es fino, inteligente, buen esgrimista, da mucho margen para ello. Sí, el enmascarado pugilato ambienta un intento más de cuadrar el círculo. Y aunque no vaticinamos puerto para tal empeño, como el geómetra y espadachín es habilidoso, si estamos atentos aprenderemos geometría… y esgrima.

Mis lectores saben que no soy marxista. Aunque el método marxista para estudiar la historia me sigue interesando, no tanto por la validez de sus tesis como por lo sugerente de sus hipótesis, yo afirmo con Lezama que la imagen es la causa (ya nada secreta) de la historia, más aún, de todo avatar humano, sea éste histórico o prehistórico. Y esta certeza ya no puedo "enfriarla" con la excusa poética. No llegó Lezama a tal conclusión por ser poeta, sino por ser un gran pensador. Pero, ¿acaso no es la poesía el mayor ejercicio de pensamiento posible? ¿Acaso no es la verdad poética la única digna de ser tenida en cuenta? Es obvio que no soy determinista, ni pragmático, ni sólidamente positivista. Sin embargo, leí “La necesidad de escribir” con verdaderos interés y placer. Porque la inteligencia y la pulcritud me atraen siempre, especialmente si unidas al hábito de pensar, y a la capacidad de transmitir lo pensado de manera coherente y fértil. Julio es un ensayista de primer nivel. No conozco a muchos otros que en castellano puedan desempeñarse en el género como él. Sabe pensar y escribir. Y lo hace, permítanme la expresión, preso de enormes contradicciones y pasiones (qué buen pensador no lo está), lo que garantiza un resultado entretenido y provechoso. Léanlo.

El enlace para descargarse gratuitamente el libro es: