verso

"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

jueves, 27 de febrero de 2014

Felizmente, entre dos aguas





                                                         A Paco de Lucía, in memóriam



Las mañanas de domingo tenían la cresta dorada,
y dos musicales patas escarbaban su autoría
en los baldosines de un gallinero orientado al sur.
El sur inflamaba sus traqueas para mejor respirar
en las sucias aguas donde obligado desovaba el pargo.
España era la punta de un amable diapasón,
que aun con mil cortes de acero en los flancos,
lucía sus clavijas en la mesana
de una goleta ágil, tercamente azul… El sur,
con su boca ancha, su garganta salada, 
su vieja caja de resonancia… Donde antes turrón,
entonces melodías para un paladar justiciero
que en el vibrante nailon consumaba la cobranza.

En domingo los cedros anunciaban guitarras,
––garantes, la caoba, el palosanto––
y las guitarras flamencas, todas,
prologaban a Paco.

El domingo era varón, musical y gozoso.
En el gallinero, un enorme bedel con el torso velludo
abría las ventanas a la coqueta memoria,
tan femenina ella, tan dada a escanciar sus ardores
en presencia de todos. Sí,
la guitarra en domingo era España, señora del sur,
mediterránea mancha en el pendón germánico
que parecía enquistarse en los Urales,
encapricharse en nosotros.
La guitarra en domingo era España,
alivio de norte jacobino y luterano… gracia.

Y las guitarras flamencas, todas
––Sabicas, Montoya, Sanlúcar, Niño Ricardo…–– 
prologaban a Paco.

… al norte le crecían las barbas en mi isla,
cuando el maestro bético llegó a su cátedra
y a los viejos asuntos regaló nuevos aires.
Su guitarra obró el milagro. Ante ella,   
los cedros se abrieron las entrañas,
la caoba, el palosanto, montaron guardia,
el macho cabrío entregó su pellejo
para marcar el compás
en el réquiem por los domingos idos.
El gallinero perdió su techo, su bedel,
pero la goleta empinó su mesana, izó velas
y navega un sur cada vez más amplio.

El pargo rompió el cerco, Paco.
Ahora desova, felizmente,
entre dos aguas.




martes, 18 de febrero de 2014

En el creciente fértil de la imaginación




  
                     … Y dijo Dios al hombre:
                       –– ¿Por qué no puedo enviarte al infierno, por qué?
                       –– Porque en el infierno he vivido yo siempre…
                                                   
                       –– ¿Por qué no puedo enviarte al cielo, por qué?
                       –– Porque nunca ni en ningún lugar he sido capaz
                         de imaginarlo…                      
                                                                     Oscar Wilde


Qué dos imágenes tan poderosas y bien construidas las del cielo y el infierno; cómo acotan al hombre entre sus márgenes… En un poema en prosa titulado “La sala del juicio”, Wilde recoge lo acontecido en el examen final que Dios realiza a un individuo despreciable, de muy escasa humanidad, sobre todo si examinado bajo una óptica contemporánea. ¿Quién es ese hombre? ¿El nihilista del postrero XIX? ¿el hijo pródigo de la revolución industrial? ¿el hombre-masa? ¿el súper hombre? ¿el hombre nuevo…?

En días pasados, por enésima vez estuve viendo una serie de documentales sobre nuestros orígenes. Es curioso, pero aunque no suelen inquietarme, y mucho menos excitarme las lucubraciones fantasiosas sobre el futuro de la especie, sí lo hacen las prospecciones del mismo tipo en su pasado. Si ensancháramos el concepto de ciencia ficción, reflejándolo en el tiempo con el presente en el eje de simetría, podríamos tal vez distinguirnos entre quienes preferimos participar un tipo u otro de especulación. De un lado los más conservadores, que prefieren imaginar cómo nos hicimos; del otro los más atrevidos, que gozan imaginando cómo nos desharemos.

Los relatos cinematográficos armados sobre los escasos vestigios existentes alrededor de la aparición y evolución de los homínidos hasta llegar a nosotros, como por ejemplo, “La odisea de la especie” o “ El amanecer del hombre”, me resultan estimulantes. Aun cuando en algunas ocasiones tienen una factura mediocre en lo puramente artístico, este tipo de guión cargado de fantasía creadora, capaz de saltar sobre la ciencia donde en principio se apoya, para caer en la parcela menos racional del hombre, taponando con verdad poética los agujeros que desaguan la memoria, logra movilizar a mi niño y activa su más humana candidez. Cómo agradezco los relatos sobre el descubrimiento del fuego o la navegación, la posible convivencia entre diferentes especies de homínidos, el origen del sedentarismo, el proceso de domesticación de plantas y animales, etcétera; cómo agradezco que no se detengan en lo meramente científico, que apliquen cataplasmas de imagen allí donde la ciencia no puede coser los retazos probatorios sin una ingente cantidad de intuición y otra similar de invención.
            
Claro, en la medida que se especula sobre etapas más recientes, menos espacio deja la ciencia a la imaginación, a la nuestra, quiero decir. Pero es entonces, cuando, dejando de imaginar en alguna medida, ante las numerosas evidencias arqueológicas que permiten relatos más científicos, comenzamos a entender con más claridad cuáles son las bases de la cumbre imaginativa que participamos hoy. Dejamos de imaginar, si ello es posible, para postrarnos agradecidos ante la enorme capacidad de hacerlo que ya tenían nuestros antepasados.

Hay un período y un lugar donde lo antes explicado es especialmente relevante: el neolítico en el creciente fértil. Hace unos doce mil años, en Oriente Medio, el hombre, que mucho antes había alcanzado la conciencia de sí, y había culminado el grueso de su evolución biológica para iniciar su potente evolución cultural, estaba preparado para entrar en la historia. ¿Es acaso la historia su principal invención? ¿Lo es el devenir, o sea, un tiempo lineal y asimétrico, voraz, donde sólo la historia puede hilvanar un relato apetecible, decididamente humano, nada bestial?

La edad de oro fue definitivamente superada en un reducido espacio de tiempo (revolución neolítica) y la historia, sumo cuento de la humanidad, no sólo apareció, sino que aceleró con todas las consecuencias. En el creciente fértil, entre los años 10.000 y 8.000 a. C., la materia pensante, más que nunca materia imaginativa, movida por un alma humana y capaz de obrar al margen de lo estrictamente perceptivo, inventó la historia y la civilización al calor de una serie de descubrimientos más o menos técnicos, prácticos (agricultura, ganadería, cerámica, metalurgia, ventajas de la vida sedentaria, etcétera) pero sobre todo, empujado por otras relevantes invenciones de muy distinto tipo: la religión y el arte antropomórfico estrechamente vinculado a ella. Porque sólo un hombre que se imagine el centro del mundo, que se venere a sí mismo y se ponga en manos de una fe convenientemente organizada alrededor de lo humano, puede dar el salto de objeto a sujeto cognoscente, de inmanente a trascendente, de prehistórico a histórico…

A este esencial fenómeno le siguen la arquitectura, el urbanismo, la escritura, y claro, también la propiedad, la sociedad menos igualitaria y más vertical, la guerra… Cuando una imaginación desbordante actúa sin otro control que el autoimpuesto por una convenida y conveniente fe, adaptada para sí por cada grupo, hasta llegar a inventar, incluso, algo tan exigente y voraz como la historia, habrá destapado sin remedio su caja de Pandora. Un tiempo desatado para el devenir no puede ser inocuo en los predios de la conciencia. Habrá que sujetarlo, invertirlo con posteriores invenciones, con otras atemperantes operaciones divinas, para hacerlo relativamente habitable. Cada vez será más necesaria la imagen reparadora, y entonces la poesía, el teatro, la música, la literatura… y la retórica… y hasta la filosofía, en alguna medida también poesía, pero más esforzada, con ciertos complejos disciplinares. En fin, más y más imaginación para contrarrestar sus propias “tropelías”. 
     
…Y aquí estamos, estoy, viendo de nuevo estos documentales, que tienen de documento mucho menos que de cine, buscando que alivien la carga a que me condenan los últimos diez mil años de imaginación supeditada a la gran invención de la historia, con su aparejado y necesario sostén ético-estético. Relatos fantasiosos, cómo no, pero sobre asuntos prehistóricos que no exigen estar demasiado alerta frente a los más aventajados de la clase, quienes imaginan ya un futuro sin hombre. Imagen narcótica que a ratos me salva de mirar la realidad con los ojos marcados por el brillo tramposamente cientificista y entonces determinista de la historia. En este sector de la ciencia ficción me siento más cómodo que en su simétrico futurible. Sé que la historia no ha muerto, claro que no. No se sale tan fácil de semejante engendro. No se desimagina de un plumazo lo tan bien imaginado. No se liquida con un sonoro post. Pero en este constructivo sector me alivio de ella, sobre todo de sus rápidos, sus rabiones más severos, esos que sobresaltan la memoria cuando cruza los siglos XIX y XX. Sí, me alivio, hasta tener ganas, incluso, de invertir el sentido a los versos introductorios de Wilde:  

… Y dijo Dios al hombre:
–– ¿Por qué no puedo enviarte al cielo, por qué?
–– Porque en el cielo he vivido yo siempre…
                                                   
–– ¿Por qué no puedo enviarte al infierno, por qué?
–– Porque nunca ni en ningún lugar he sido capaz
    de imaginarlo…

¿Acaso podemos ir nosotros, los humanos, a un sitio que no hayamos previamente imaginado? ¿Existen el espacio y el tiempo al margen de nuestra imaginación? ¿Y el cielo? ¿Y el infierno? Qué dos imágenes tan poderosas hemos creado; cómo nos acotan entre sus márgenes… ¡Dios!



viernes, 7 de febrero de 2014

Antojos del azar en el “cosetodo” de la memoria





No sé si Dios usa seudónimos, ni si El azar es uno de ellos como creyó Anatole France. No sé qué pensar sobre la concepción aristotélica del azar, entendida como una colisión de cadenas causales independientes; ni de la lezamiana, que en última instancia deja su azar concurrente también en manos de Dios. Pero ¿cómo dudar que el azar obra de continuo en nuestras vidas? Aunque lo reduzcamos, con Bersong, a algo que sólo tiene sentido para el expectante ser humano, siempre que estemos vivos, por más que evitemos vivir azarosamente, en alguna medida estaremos expuestos al azar. Y menos mal que así es, porque una vida en ausencia de este incontrolado agente del futuro, entraría en vía determinista y nos condenaría al tedio. Pues para el hombre no hay nada más ajeno a la esencia misma de lo por venir, que la proyección lógica, estrictamente causal, y entonces predecible, de lo ya experimentado y sabido. Pasamos la vida protegiéndonos del azar, digo mejor: de sus posibles efectos negativos, pero logramos muy poco. Y muchas veces pagamos por ello un alto precio sin demasiado sentido, porque el azar siempre, siempre aparece en el camino para bien y para mal. Quien no se embarca no se marea, como dice el refrán, y mucho menos naufraga, pero ¿acaso no estamos embarcados en la travesía más peligrosa posible desde que asomamos al Ser ceñidos a un posesivo y pegajoso Yo?

Hoy pienso una vez más en esto con alegría, porque llevo un par de días disfrutando los efectos de azares placenteros. Resulta que anteayer leí en “Diario de Cuba” un texto de Abilio Estévez titulado “¿Por qué escribo?”. El texto es magnífico todo él, muy recomendable para todos, pero para mí cobró un especial sentido cuando Abilio contó que, en los años ’70, visitaba con Virgilio Piñera la casa de los Gómez en las afueras de La Habana. Rápidamente intuí que se refería a la quinta que tenía Juan Gualberto Gómez, un personaje histórico relevante en la lucha por la independencia de Cuba, en la Calzada de Managua, a la altura de “La Lira”, mi barrio, donde entonces vivían, ya mayores, sus descendientes. Así fue. Entre los años 75 y 77, Abilio acompañó todos los sábados a Virgilio en su visita a los Gómez de mi barrio. Nada especial, si no fuera porque en esos mismos años yo, entonces un adolescente (nací en diciembre del 62) noviaba con una chica de la familia, y justo frente a la verja de acceso que tenía la pequeña quinta, pasé muchas horas esperándola, como también las pasé esperando las guaguas de las rutas 4, 25 y 68 que hacían una parada exactamente allí. Y es que nací a pocos metros de este lugar, donde además viví durante 20 años. Un sitio misterioso aquella casa, con su arboleda incluida. Los descendientes de Juan Gualberto eran muy introvertidos, vivían en su microcosmos completamente ajenos al mundo exterior. Apenas salían a la calle. Apenas saludaban, y yo, ni siquiera por tener durante un tiempo especial relación con una de sus sobrinas, crucé nunca aquel enrejado umbral… De pronto aparecen en escena Virgilio y su amistad (para mí insospechada) con esa familia. Sí, Virgilio la visitaba en el mismo momento en que yo más tuve que ver con ella. Al misterio sostenido en el aislamiento físico y social de los Gómez, se suma entonces la presencia de un maduro Virgilio y de un joven Abilio (la rima, como podrán comprender, no es mía; río…) en tan especial ámbito. Tuve que cruzarme con ellos, seguro, pero eso es lo que menos importa. La anécdota para mí es amable porque sitúa a Virgilio, un autor que aprecio especialmente, y a Abilio, otro gran escritor cubano, en un espacio vital compartido, pero, sobre todo, porque abre vías de muy distinto orden en mi memoria. A través de esta anécdota regresé a mi barrio, recordé a Machado, su eterno limpiabotas, quien tenía el sillón en un soportal enfrentado por un flanco a aquella quinta, que claro, también repasé minuciosamente, con sus altas tapias, su pequeña casita al fondo, su tupida arboleda y sus enigmáticos moradores. Recordé mi temprano noviazgo con aquella chica (M.) cuyo nombre completo callo por no tener su expresa conformidad para lo contrario...

Pero estas cosas seguramente no habrían bastado por sí mismas para que escribiera sobre ellas, y mucho menos para que los invitara a leerme. Resulta que mis recuerdos, abundantes en rostros, escenas cotidianas, arquitectura, paisaje, luz, ruidos, etc, por alguna razón no tenían todavía música. La imagen de Virgilio, preterido por el oficialismo, cercano al final de su vida, frecuentando una casa habitada por gente que vivía totalmente al margen del medio que los rodeaba en todos los sentidos, (créanme, aquella quinta era una perfecta ínsula extraña) tuvo la suficiente fuerza como para retenerme en los predios de la poesía, la dramaturgia y la política, por encima, incluso, de mi “hormonada” relación con M. Ni siquiera la música cupo inicialmente aquí, hasta que ayer José Miguel López compartió en Facebook un enlace con un vídeo en el que Ann y Nancy Wilson versionan “Escaleras al cielo”, de Led Zeppelin. El azar obró de nuevo, y esta vez para redondear mis recuerdos y cargarlos de potencial poético.

Resulta que M. y yo, como casi todos los chicos de entonces, escuchábamos rock con un entusiasmo casi delictivo. Pero además, Led Zeppeling era uno de nuestros grupos preferidos de rock puro (el mío, desde luego; lo sigue siendo) y “Escaleras al cielo” era entonces uno de nuestros himnos. La versión de las Wilson es muy buena. Allí aparecen, escuchándola, John Paul Jones, Jimmy Page y Robert Plant, distinguidos en el 2012 con el Premio Kennedy. Muy emocionante todo. Lo vi y escuché varias veces. Se lo recomiendo. Pero para mí, un incondicional de este grupo y esta pieza, el vídeo tuvo un interés que va más allá de ellos. Insisto, ayer puse la música precisa a la anécdota que comencé a gozar anteayer, y entonces ésta redondeó su sinsentido, o, si lo prefieren, su complejo y contradictorio sentido para mayor goce aún. En un país donde estaba mal visto, cuando no prohibido, casi todo lo que no implicara la adhesión incondicional y mansa a la propaganda del régimen, donde por épocas no se difundieron, y hasta se prohibieron el jazz o el rock, dos jóvenes que, como otros muchos no aceptaban tales estupideces, escuchaban música popular “del enemigo”, entonces de actualidad en todo el mundo. Escuchaban por ejemplo “Escaleras al cielo”, de Led Zeppelín, sin entender para nada su críptica letra, justo a las afueras de un microcosmos perfecto, anacrónico y extraño, donde los herederos de una figura histórica manipulada a su favor por la dictadura, se inhibían de participarla, se protegían de ella anclados en gustos y usos del pasado… En esta tensionada escena, aparece un gran intelectual proscrito con uno de sus jóvenes discípulos, para penetrar, validar y cargar de múltiples resonancias aquel nido de anacoretas… Así quedan las cosas:

Juan Gualberto Gómez, mulato criollo, descendiente de esclavos africanos que lograron comprar la libertad de su hijo antes de que naciera; figura importante en el proceso histórico que concluyó con la independencia de Cuba, periodista y político, hombre culto, compra o construye (no lo sé) una quinta en "La Lira", barrio habanero donde nací. Sus nietos, aun cuando el régimen castrista manipula a su conveniencia la importante figura del abuelo, viven absolutamente al margen del mismo. Se aíslan del medio social encerrados en la casa familiar. Para nada participan de la dinámica doctrinal y represiva que el gobierno impone a afectos y desafectos. Gracias al pedigrí independentista de la familia, y a su avanzada edad, son soportados, que no aceptados, por el aparato represor del castrismo. En su marginado universo, según cuenta Abilio, pues en el barrio poco o nada se sabía sobre ellos, (apenas se les veía) observaban su propio horario: sueño diurno y vigilia nocturna. Allí, en noches y madrugadas (quién lo habría sospechado) se escuchaba música y se hablaba de literatura. Seguramente también de historia y política, cómo no. Entonces aparece Virgilio, un gran poeta y dramaturgo, que por serlo con todas las consecuencias, y por ser además homosexual, también con todas las consecuencias, vive un largo y riguroso ostracismo intelectual, apartado de los foros y mentideros oficiales donde entonces se levantaba el flamante realismo socialista. Virgilio se hace acompañar por un joven escritor, Abilio. Un adolescente del barrio, yo, a la sazón rondaba aquella casa detrás de una chica, pues ésta, aunque no vivía allí, visitaba frecuentemente a su familia. Nunca entré. Confieso que entonces mis impresiones sobre aquella gente eran muy contradictorias. Sabía que eran anticastristas, y no sólo por su actitud, que habría sido más que suficiente para llegar a tal conclusión, sino porque su sobrina lo dejaba entrever, al menos ante mí que también lo era, lo soy. Pero por otra parte, su extrema introversión, que a ojos de los demás rozaba la misantropía, hacía imposible cualquier intento de acercamiento… Aunque no hablé de ello con Abilio, supongo que la música que se escuchaba en aquellas tertulias casi “conspirativas”, en aquel reducto forzadamente antisocial, era clásica, o al menos no era rock, como la que escuchábamos al otro lado de la tapia los adolescentes y jóvenes que vivíamos en el barrio, incluidos M. y yo… Cuba y aquella quinta: dos islas perfectas, una dentro de otra. Dos esferas superpuestas, estancas, penetradas sin embargo por la música y la literatura… el azar.

Con el tiempo, Abilio, quien tuvo el privilegio de entrar con su maestro en aquel “apartadero” para espíritus no adocenados, me da las claves con que hilvano esta anécdota en el inclusivo “cosetodo” de la memoria. Y la referida versión de “Escaleras al cielo”, de mis amados Led Zeppelin, llega justo a tiempo para demostrarme una vez más que el azar tiene antojos como las mujeres preñadas, y propicia partos muy raros.

Ahora, sereno y contemplando la vida a la distancia exacta, veo una dama segura de que todo lo que brilla es oro, que está comprando una escalera al cielo… Lleva más de 150 años intentando la compra, probando el producto con su isla en peso a las espaldas, sin notar que la escalera apoya en el susurrante viento…  Ay, ¡País mío, tan joven, no sabes definir!

Muchas gracias, Abilio. Tu texto, exquisito. Tus motivos para la escritura, poderosos, convincentes… Te perdono que hayas dicho que mi barrio está en las afueras de La Habana. Ya ves, ni siquiera Barcelona o Valladolid están del todo a las afueras de aquella réplica, resonante y azarosa, de la suma maravilla ática. 




 

sábado, 1 de febrero de 2014

La diferencia es lo inefable… Absurdo duelo entre poesía y prosa.




En los departamentos de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada los géneros literarios siempre han sido motivo de disputa. Ahora bien, nunca nadie había llegado tan lejos como un exprofesor de los Urales (Rusia) que ha sido detenido por matar a un compañero que defendía la narrativa por encima de todos los demás géneros literarios. 

Según ha informado la agencia de noticias Rianovosti, el suceso se produjo la pasada semana. Los dos hombres discutían ebrios sobre qué era más importante: si la lírica o la prosa. La víctima de 67 años y miembro del Comité de Investigación de la Región de Sverdlovsk defendía a capa y espada que solo a la narrativa se le podía considerar «verdadera literatura». Se cargaba con este razonamiento de un plumazo toda la lírica y la dramaturgia, algo que su compañero de debate no soportó. La discusión se caldeó y llegó a las manos con el trágico desenlace ya conocido: el partidario de la poesía mató al defensor de la prosa. El presunto homicida ha sido arrestado y ahora se enfrenta a quince años de prisión…

Hace algunos días leí esta noticia en la prensa. El suceso me inquietó en varios sentidos: la causa, su efecto y las circunstancias en que ocurren ambos… ¿Un duelo trágico entre dos borrachos? ¿Dos víctimas de pasiones románticas, agónicas, cuyo encontronazo tiene el final más “honorable” posible: el uno a la tumba y el otro a la cárcel? ¿Un incidente sin relevancia, más allá del daño concreto ocasionado a los implicados y sus allegados, y que, sin embargo, sabemos en todo el mundo “gracias” a la prensa amarilla? Pero ¿en Rusia todavía matan y mueren por estas cosas…?  La noticia acaba apuntando: Esta no es la primera vez que un debate intelectual termina manchado por un reguero de sangre en Rusia. En septiembre de 2013, un hombre disparó a sus compañeros de tertulia en una cervecería de la ciudad en Rostov por su desacuerdo en la interpretación que hacían del legado filosófico de Immanuel Kant. Madre mía, qué cuidado han de tener allí quienes todavía creen ciegamente en tales asuntos... Sí, algo positivo tal vez haya en todo esto: donde se quita y se pierde la vida en semejantes disputas, el escepticismo aún no hizo su agosto. ¿O se trata de un romanticismo estéril, sin más, agravado por el consumo desmedido de alcohol?

Los rusos son apasionados y románticos. Fueron (¿todavía son?) grandes duelistas entre los siglos XVII y XIX. Algunos de los más grandes poetas rusos de todos los tiempos participaron con desigual suerte en numerosos duelos. Pushkin y Lérmontov murieron batiéndose por razones de honor, Griboyédov perdió una mano en similar trance, Gumiliov y Voloshin también tenían fama de “echados para alante”, debieron participar en varios duelos. Pero ¿en pleno siglo XXI, una disputa intelectual puede llevarse a estos extremos?

Bueno, hasta hace “dos días” en el mundo hispano eran frecuentes los “lances entre caballeros”. Tal vez no debía resultarnos tan raro lo acontecido en Rusia. En 1952, hace sólo 62 años, Salvador Allende, senador y futuro presidente de Chile, sostuvo un duelo a pistolas con el también senador chileno Raúl Rettig. Vale, dispararon al aire, pero lo hicieron. En España, hasta bien entrado el siglo XX, los duelos eran cosa normalísima. En duelos de honor se batieron, por sólo citar algunos ejemplos significativos, Vicente Blasco Ibáñez, por asuntos políticos, y Valle Inclán, por discrepancias en tertulias literarias. En Cuba, hasta los años ’40 del siglo pasado, los eventos de este tipo también eran comunes. Ramón Grau San Martín, ya presidente de la República, retó a duelo al periodista y director de la célebre revista “Bohemia”: Miguel Ángel Quevedo. Si lo hacía el primer mandatario… Todavía en épocas muy recientes, el hispano, como el ruso, apasionado y romántico, quijotesco para empeorar las cosas, era capaz de matar y morir “con honor” a causa de mal llevadas diferencias artísticas o intelectuales.

A comienzos del siglo pasado (1916) en La Habana ocurrió un suceso de este tipo realmente trágico. El escultor italiano Doménico Boni, que unos años antes había ganado el concurso internacional para levantar un conjunto escultórico alegórico la figura del general mambí Antonio Maceo en un relevante enclave de la ciudad, murió en duelo con un periodista habanero por no saber encajar sus malintencionadas críticas. Del hecho escuché varias versiones, pero la más creíble es ésta: Boni, que, aunque italiano, a la sazón vivía en Madrid, entonces uno de los principales centros del arte escultórico europeo, se presentó al referido concurso en 1911 y lo ganó. El fallo del jurado fue muy contestado, porque participaron figuras de alto relieve internacional, y Boni era un desconocido; estuvo a punto de ser revocado, pero finalmente el joven escultor recibió el encargo. La importante obra se ejecutó en España, y en 1916, ya concluida, se trasladó a La Habana para su implantación definitiva. Con ella viajó Boni, como es lógico, para dirigir su fase final y participar en la inauguración.

Al parecer, antes de ser definitivamente montada la estatua ecuestre que corona el conjunto, un periodista habanero (no sé su nombre, ¿acaso sería el famoso Antonio Iraizoz, renombrado y exitoso duelista patrio?) publicó una crítica mordaz sobre la obra que, entre otras cosas, ponía en duda hasta su mera viabilidad estática. Ciertamente la escultura, con el caballo rampante apoyado sólo en sus cascos traseros, era (es) atrevida, y el poco entendido periodista, según cuentan, la atacó sin miramientos. Pues bien, Boni, convencido de que su obra era viable, pidió explicaciones al periodista y le exigió que se retractara. Pero éste se negó, y no satisfecho con ello, provocó a Boni hasta que el escultor se vio forzado a proponer un duelo. Entonces los periodistas, obligados por su “peligroso” oficio, eran todos expertos en esgrima y armas de fuego, estaban muy acostumbrados a estos lances. Boni, tal vez no había empuñado nunca antes un arma, y únicamente contaba con su orgullo, con la fe que el artista suele tener en su obra. Por defenderla se batió en duelo y murió. Estaba condenado. Sin embargo, el conjuto escultórico fue inaugurado según lo previsto, y la estatua no sólo se sostuvo sobre sus escasos puntos de apoyo, sino que allí se mantiene, frente a ciclones de todo tipo, desde entonces y hasta ahora en perfecto estado de equilibrio estático, de gracia aérea… Las convicciones y el honor mal entendidos han matado siempre, a veces a los mejores, los menos prescindibles. En esta historia murió el poeta a manos del prosista.

Mas regresemos a la noticia que nos ocupa. Aun extrañado por el desenlace de la disputa entre los profesores rusos, especialmente por el cariz romántico que subyace en él (sí, lo confieso, feliz porque haya gente que crea en lo que creo, pero en la misma medida que sobrecogido por su trasnochada y mal encauzada gallardía) no pude evitar tomar partido en el debate, y claro, sentí especialmente que fuera el defensor de la poesía el asesino. Es cierto que debe resultar difícil escuchar a un colega, profesor universitario para mayor culpa, decir semejantes tonterías, pero, si alguien debe estar seguro en un debate de este tipo, es quien está del lado de la poesía, en cuyo nombre, es obvio, no se ha de morir a estas alturas, pero mucho menos se ha de matar…

Algo no me cuadra aquí, o estaba muy borracho el homicida, o de poesía entiende muy poco y por ello se sintió inseguro. Porque la reacción normal de un conocedor de la materia que escuche a otro decir, por ejemplo: solo a la narrativa se le puede considerar verdadera literatura, es evitar cualquier posibilidad de discusión con él. Tal afirmación descalifica automáticamente a quien la hace. Resulta absurdo debatir sobre esto partiendo de tal necedad en la contraparte. En su “Dialéctica erística” (capítulo final "Sobre la controversia") Schopenhauer cita a Goethe: Nunca, incauto, te dejes arrastrar/ a discusiones;/ que el sabio que discute con ignaros/ expónese a perder también su norte. También en la "Estratagema final" cita a Aristóteles: no discutir con el primero que salga al paso, sino sólo con aquéllos a quienes conocemos y de los cuales sabemos que poseen la inteligencia suficiente como para no comportarse absurdamente, y que se avergonzarían si así lo hiciesen… Entonces, ¿cómo un verdadero amante y conocedor de la poesía puede matar a un idiota porque haga gala de su condición y diga tales disparates? ¿Y esto entre profesores universitarios? Bueno, en el librito citado, Schopenhauer, que es muy radical, también dice: …el que enseña una materia raramente la conoce en profundidad, pues, precisamente, a aquél que la estudia con amplitud le sobra poco tiempo para la enseñanza.  

En fin, el incidente es infeliz y raro por varias vías: la incompetencia de los actores, su carácter romántico y pendenciero, el consumo de alcohol que lo agrava... Fuera incluso cómico si no hubiera acabado tan mal. Es una lástima, porque alguien capaz de matar o morir por la literatura debe estar realmente interesado en ella… Con lo fácil que habría sido evitar el trágico desenlace. El principal culpable es el defensor de la poesía, está claro, y no sólo por asesino. Debió retirarse del debate ante la primera aseveración estúpida de su colega. La poesía no necesita defensa alguna ante tales desvaríos. La poesía señorea en la imaginación y la inteligencia desde que éstas enfilaron hacia el hombre, está en la base misma de su consecución. Quien se vea empujado a defenderla ante ataques tan básicos, mal anda… Acabo. Y mal haría yo también si lo hiciera desgranando ejemplos que validen lo que he dicho. Insisto, no hace falta, sería un esfuerzo ocioso, sobre todo teniendo en cuenta el tipo de lector que me supongo. Pero quisiera terminar con un pequeño fragmento de una entrevista que leí hace poco, hecha por una poeta a una narradora. Clara Janés (poeta) conversa con Rosa Chacel (narradora):

CLARA: ¿En qué se diferencia la poesía de la prosa?

ROSA:    La prosa es una información de la realidad, hay un procurar simplemente,    
                aunque detesto la idea de relato (y la de observación no digamos, eso para mí
                es intolerable); la prosa es un esfuerzo por conseguir la presencia de la  
                realidad.  

CLARA: ¿La poesía entonces no tiene que ver con la presencia de la realidad?

ROSA:    Sí, también, pero de la realidad poética. La diferencia es muy grande, la
                poesía es lo inefable. ¿Cómo puede alguien pretender definirlo?, sería
                absurdo, la diferencia es lo inefable, únicamente.

CLARA: ¿Es por ello un riesgo mayor escribir poesía?

ROSA:     Sí, claro, un riesgo mucho mayor, por supuesto. La prosa es mucho más fácil,
                 qué duda cabe. Lo difícil es meter algo de poesía, toda la más posible, en la
                 prosa, y esto no se consigue siempre, esa es una de las ambiciones.