verso

"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

sábado, 29 de marzo de 2014

Esto es ARTE II (Cristo del Abismo)




                                                        
                     Somos los expulsados del Jardín,
                     estamos condenados a inventarlo
                     y cultivar sus flores delirantes…

                                                      O. Paz



Según Lucas (17. 1-2) dijo Jesús a sus discípulos: Imposible es que no vengan tropiezos; mas !ay de aquel por quien vienen! Mejor le fuera que se le atase al cuello una piedra de molino y se le arrojase al mar, que hacer tropezar a uno de estos pequeñitos. 

Sería absurdo imaginar que Jesús se incluía a sí mismo entre los que, llegado el caso, preferirían piedra y mar a un castigo alternativo. Todo lo contrario, amenazaba a quienes inducían a sus discípulos a obrar contra los mandatos divinos que armaban su mensaje. Cierto que el Cristo del Abismo, sujeto a una peana pétrea en el fondo marino, es una pieza con varias lecturas posibles. ¿Por qué situar la imagen de un Jesús suplicante en un entorno tan infrahumano? No se trata de una escultura procedente de un naufragio. No quedó allí después de ser inundada por una obra hidráulica. Es una pieza pensada para este lugar; y en su versión original (bahía de san Fructuoso, Génova. Italia, 1954) a sabiendas de que su disfrute estaría limitado al submarinismo, porque en aquella época la fotografía acuática apenas existía, y el acceso a las imágenes submarinas era muy limitado. 

Sabemos que la estatua se sumergió en honor a Darío Gonzatti, buzo italiano muerto en funciones, amigo del promotor de la idea: Duilio Marcante. Pero ¿por qué “condenarla” a un ambiente tan agresivo y poco accesible? Con toda seguridad, Marcante, buen cristiano y mejor amigo, no tuvo el retorcido flash que asocia esta imagen con aquella del pasaje evangelista. Sencillamente quiso ser “literal”. Si su querido y divino Gonzatti había muerto bajo el mar, la imagen de Jesús debía honrarlo justo allí. Así de simple.

Es de suponer que el promotor también esperara que Jesús, agradecido, a pesar de las exigentes circunstancias a que estaba sometida su réplica, pidiera al Padre protección para los demás buzos y marineros en pleno teatro de operaciones, lo que ampliaba sustancialmente el objeto de la obra, su alcance… Pues bien, gracias al humanismo cristiano de Marcante, a su gran sentido de la amistad, o sea, del amor, a que jamás relacionó directamente el 17 de Lucas con la imagen final de su Cristo (qué cosas se me ocurren a veces, Dios); gracias también a que, movido, quiero pensar, por un honesto impulso religioso, no le importó que el acceso a la escultura fuera difícil para posibles visitantes, una pieza discreta en sí misma, que colocada en tierra tal vez habría pasado desapercibida, se ha convertido en una gran obra de ARTE. ¿La primera obra de See Art? Claro que no. No me tengan en cuenta esta broma. Esta es una grandísima obra, sin necesidad de sonoros apellidos. Lo es justamente por su implantación. Con ella se ofrecen, se garantizan: acceso esforzado, sorpresa, sugestión, feliz desconcierto, manifestación de las decisivas huellas del tiempo que denotan una cambiante vivacidad, acción difícilmente controlable de agentes terceros, discurso polisémico que incluye posibles lecturas “herejes”…

¿Se puede pedir más? El Cristo del Abismo, una pieza sin especiales dones escultóricos (¿los tiene el de Corcovado?) se convierte (como aquél, certeramente implantado) en una obra excelente porque alguien tuvo el enorme acierto de colocarla a 15 metros de profundidad bajo el nivel del mar. Esta “irracional” decisión obró el milagro que completan el tiempo y los animales. Que no lo limpien con frecuencia, por favor, tampoco el de Granada, el de Florida. Esa figura de Cristo hundido, con los brazos abiertos y la mirada implorando a un cielo más lejano que nunca, “profanado” por la fauna marina que intensifica y radicaliza el drama, es la perfecta imagen de nuestro tiempo decadente. Pero también lo es de la gran capacidad del hombre para reinventarse, para adorarse a sí mismo apoyado en sus dioses, para estimular su hombría con una potente y terca imaginación. Diría Seferis: Han muerto todos los del barco, pero el barco sigue la idea/ que tenía al zarpar del puerto… Esto es ARTE.



domingo, 16 de marzo de 2014

Esto es ARTE




                                                       
Como la naturaleza se ha perdido, todo puede ser naturaleza. Pascal. Sin dudas hace mucho que lo son la cultura y el arte. Y cómo no, el arte que actúa en el paisaje no urbano, ahora llamado Land Art (Arte Terrestre) y que para mí se trata de arquitectura, escultura, jardinería, paisajismo, o una combinación de ellos, es decir, del arte de toda la vida, aunque se nos ofrezca “actualizado”, reducido a un concepto “nuevo” con argucias nominales que pretenden distinguirlo artificiosamente de las disciplinas clásicas antes dichas. ¿Land Art? ¿Y esto no es lo que se hizo siempre? ¿Qué edad tienen las colecciones, privadas o públicas, formadas por obras de pequeño formato no insertas en entornos “naturales”, o sea, lo que no es Land Art, frente a todo el arte que le antecede, y al que tanto se asemeja éste? Porque si llamamos Land Art a las actuales obras de mediana o gran escala levantadas en paisajes no urbanos, ¿con qué otro nombre menos “cool” debemos referirnos, por ejemplo, a los murales de Altamira, los dólmenes de Stonehenge, las pirámides de Egipto, las figuras de Nazca, la muralla china, el Gran Buda de Leshan, las grutas de Longmen, los moáis de Rapanui, los tótems de las tribus nativas de Norteamérica, las cabezas del monte Rushmore…? ¿O a todo ello tenemos que llamarlo también Arte Terrestre? ¿Y para qué? Ah, puede que el actual Land Art ocurra muchas veces alejado de lo mágico, religioso, utilitario; que se ciña a búsquedas netamente formales o conceptuales bajo una pulsión ajena, cuando no contraria a lo duradero; puede que en este sentido se desmarque de sus orígenes, pero, en mayor o menor medida, lo mismo sucede hoy en todas las manifestaciones artísticas. ¿Entonces…? No es el caso del proyecto que comentaré: ARTE sin apellidos. Si queremos más precisión, un ejercicio que integra con acierto arquitectura, escultura y paisajismo, que siendo decididamente contemporáneo, se inserta en la mejor tradición de todos los tiempos, y, aunque piano, participa con éxito los frentes y flancos que importan en las artes visuales.        

La naturaleza ha tomado de la historia sus efectos. Robert de Montesquiou. Y tanto. Hace poco se falló el concurso para el memorial a la matanza en la isla de Utøya, Noruega. El sueco Jonas Dahlberg lo ganó con una propuesta exquisita que integra tres actuaciones independientes pero conexas: una en Sørbråten, muy cerca de la propia Utøya, el epicentro de la masacre, y otras dos en Oslo, en sendos escenarios-trampa utilizados por el asesino para distraer a las fuerzas de seguridad, que resultaron igualmente trágicos. En la primera actuación me centro. Seguramente no hace mucha falta, porque las obras redondas no precisan para conmovernos de los esfuerzos hermenéuticos a que se creen obligados los comentaristas, pero quiero invitarlos a una celebración conjunta, y claro, (humano, demasiado humano) ¿cómo evitar la tentación a sobreabundar lo obvio, a sumar mil palabras a la imagen, a contaminarlos con mi entusiasmo…? El memorial consiste en una rotura hecha a una pequeña península, que deja su extremo separado del resto, inaccesible por tierra, a-islado. Los muros de contención, muy discretos, limitan y dimensionan la herida en la colina; garantizan un paréntesis espacio-temporal entre dos unidades semánticas de un mismo discurso. De un lado lo que retenemos: el presente nuestro y un futuro incierto, asociados ambos a un espacio en uso, dado al tránsito, a la duración contingente; del otro lado lo que ya perdimos: la posibilidad de un tiempo a compartir con las víctimas; pérdida que se asocia a un espacio enajenado, sacro, que se reserva a la contemplación memoriosa, porque sólo en ella, si bien apoyados en la imagen, podremos recomponer el escenario en su compleja totalidad y proyectarlo humanizado al futuro... ¿Se puede abordar mejor un tema como éste?

El hombre no es arte, sino artista. Epicarmo. Desafortunadamente, la naturaleza para el hombre histórico es un fondo para devenir, un decorado al margen, una simple caja de resonancia; la víctima pasiva, perfecta, del novum organum baconiano. El artista, que ya en los tiempos de Epicarmo (siglo V a.C.) se había abstraído en consciencia de ella (qué divertida y temeraria aventura) para servirse a sí mismo y agradar a los dioses, devino sobrenatural merced a sus imparables curiosidad e imaginación. Así las cosas, porque de momento así son, nos guste más o menos, cuánto se agradece a este diosecillo que sea justo en los dos sentidos posibles: el buen trato al contenedor y amplificador de su eco, y el pudor frente a la demasía regalada en sus detritos significantes. Dahlberg lo es, sin dudas. Cierto, la naturaleza es aquí un soporte discursivo (él también es humano, demasiado humano, ¿qué puede hacer frente a esto?) pero está tratada con un mimo muy de agradecer. Sí, hay heridas exquisitas, blancas, mucho menos dañinas que el forúnculo o la prótesis extraña sobre el muñón iracundo. En Sørbråten, Dahlberg hiere con justicia, con justeza. Da un corte abstracto, limpio, y la colina no responde con un aullido, sino con un solemne silencio. Estuvo condenada al discurso elegíaco desde que en la cercana Utøya sonó el primer disparo, rodó por tierra el primer semidiós impactado. Pero resuelto el desafío interventor de esta manera, el estruendo de la sinrazón se contesta y aplaca con el lenguaje reparador del ARTE, pues en él la contenida tensión sobrepuja al sensiblero drama. Dice Jung: “Frente a la confusión y a la multitud de objetos vitalizados se crea el hombre una abstracción, es decir una imagen general abstracta, que reduce y domeña las impresiones en una forma legítima. Esta imagen tiene la significación mágica de una defensa contra el cambio caótico de las vivencias”. De eso se trata. Por eso digo que esta propuesta es excelente, porque contrapesa el caos incomprensible que acompaña y sucede a una acción terrorista, con un gesto abstracto, muy medido, libre de vulgar retórica, que ofrece el evento a la memoria, pero domeñado por la acción convenida y conveniente de la imagen. Y todo con un simple corte en una lengua de tierra, que ya no es natural ni lo contrario. Es simplemente un LUGAR: cantidad espacial significada, manipulada a nuestro favor por el artista, inteligentemente herida para gestar un símbolo que, sin utilizar el hierro candente, cauterice el socavón abierto por las balas, relativice la muerte… Esto es ARTE… en perspectiva. Esperemos que ejecuten la obra con simétrico tino.


lunes, 10 de marzo de 2014

Triángulos





                                                                          Breve tributo a Valoria la Buena

                                                                      
Dijo que se iba por asuntos de conciencia. No era del todo falso… ni cierto. Sí, estaba harto de vivir en un redil para seres tibios, pero además había recibido una extraña carta de un despacho de abogados madrileño, en la que, a cambio de colaborar en la reclamación de una suculenta herencia sin aparentes beneficiarios, le ofrecían mucho dinero.

En 1992, Ramirez & Asociados buscaba a alguien con el raro apellido del muerto (Indiano Valáureo, 1868-1959) en el país donde éste pasó parte de su esforzada juventud antes de regresar a España, aún joven, pero ya muy rico, en 1902. Los abogados pretendían montar un entramado documental falso para arrebatar la herencia al estado español, siempre presto, como cualquier otro, a engullir toda cosa que paste en el limbo, sea idea o materia, alma o cuerpo. La nota explicaba de forma somera la trama urdida, pero Vicente no la comprendía bien. Su castellano, aunque cuidado y amplio, apenas le permitía sin embargo acceder a la jerga de aquel texto leguleyo. Tampoco entendía el triángulo, que, acompañándolo, acaso cifrándolo, recogía en sus vértices tres nombres: Septimania, Pallantia y Rauda.
––Ya me lo explicarán… ––pensó.
         
––Ramirez & Asociados no tiene su sede aquí. La tuvo, pero se trasladaron primero a la calle Lazarillo de Tormes, después a la Luis Candelas, y finalmente se marcharon a Portugal. El dueño es portugués y su mujer inglesa. Se metieron en líos con la justicia española y ahuecaron ––dijo el portero de aquel edificio gris situado en la calle Goya.
Vicente había pedido un préstamo para financiar su viaje a un exiliado y viejo poeta cubano que vivía en Madrid. Para viajar tuvo que burlar el aparato de control migratorio del régimen castrista con una caterva de falsos documentos y fingidos actos. Había hecho enormes esfuerzos, pero esfumado el despacho de abogados que lo sonsacó, sólo le quedaban la dirección de su acreedor y aquel misterioso triángulo con sus tres inscripciones…
––Madrid, qué lío de ciudad. ¿Cómo dar con el sitio donde vive Aurelio? ––se preguntaba asustado.
        
––No te preocupes, querido, ya me lo pagarás. Si no con dinero, con versos. Tal vez puedas escribir algo sobre mi obra. A ver si contento a Caronte con un engañoso óbolo, pues otra cosa no tengo. No valen las monedillas de hoy para costear el último viaje ––dijo Aurelio, después del primer abrazo, de la primera disculpa ofrecida por Vicente, quien en seguida explicó con detalles lo sucedido, mostrando la carta que recibió en La Habana.
––¿No será una broma, una estafa? Cierto que tu apellido es raro, tal vez no hayan dado con otro Valáureo, pero… ¿Y este triángulo? Simancas, Palencia, Roa… ¿Qué diablos quiere decir?
El viejo poeta, que antes de emigrar había sido profesor de latín en la Facultad de Artes y Letras de su ciudad natal, y conocía muy bien la geografía española, pudo traducir rápidamente al castellano aquellos nombres. El triángulo señalaba una superficie muy concreta que interesaba parte de las actuales provincias de Palencia, Burgos y Valladolid, especialmente de esta última, sin que nada aportara más datos.

Los dos amigos hablaron con tranquilidad esa noche. Se pusieron al día en los asuntos literarios de ambas orillas, antes de que el recién llegado, que ya no podía regresar a su isla, decidiera encaminarse a la zona marcada en la enigmática figura.
––¿Qué otra cosa puedo hacer, Aurelio? ––se quejó Vicente.
El viejo poeta aún le dio dinero para el autobús que debía llevarlo a Valladolid.
––Ve de mi parte a ver a Toni. Hazlo nada más llegar. Pídele ayuda sin complejos. Lo llamaré para explicarle. A ver si lo ablando.

Valladolid es dura. Más que fría, dura. Mal sitio para llegar sin dinero, sin amigos. Pero el recomendado se presentó en la consulta de Toni, un compatriota médico que le prestó los primeros auxilios necesarios para todo emigrante… En Valladolid, Vicente, que con el tiempo comenzó a trabajar en una imprenta, tuvo que aprender muchas cosas. Todo lo antes leído y estudiado sobre Castilla: el centro de su cultura, tomaba cuerpo, encarnaba en la gente, petrificaba en el espacio, se regodeaba en el tiempo… Sin embargo, aquella carta, y sobre todo el triángulo que contenía, no dejaban de inquietarlo.
––Vive, lee. A fray Luis, san Juan, Manrique, Cervantes… y claro, no dejes de leer a Lezama. ––le repetía Aurelio siempre que hablaban por teléfono.
––Vive, lee… enamórate, olvida de una vez el maldito triángulo. ––insistía el viejo poeta, cada vez más enfermo.   

Cinco años vivió Vicente en Valladolid (tiempo bastante para aprehenderla y comenzar a amarla) antes de conocer en una tertulia literaria a Emilio Morejón, peluquero y aficionado a la poesía, con quien trabó una rápida y sabrosa amistad. Vicente llevaba el Morejón de cuarto apellido, y esto hizo mucha gracia a su amigo, quien además era oriundo de un pequeño pueblo de la provincia llamado Valoria la Buena. Cuando Vicente mostró a Emilio, que ya conocía su primer apellido, la carta con el críptico triángulo, explicándole además todo el asunto que lo había traído a España, el valoriano dijo:            
––Amigo, en este triángulo está el valle del Cerrato, y en uno de sus costados, Valoria. Tu apellido parece haber nacido allí. No puedes apellidarte Valáureo, también Morejón, estar custodiando este raro mapita, y no tener nada que ver con Valoria. No sé si el tal Indiano está o no relacionado con mi pueblo, pero en esto hay gato encerrado, seguro.

Muy poco tiempo después, ya vivía Vicente en Valoria. Resulta que Indiano Valáureo, El Pajas, que así le conocían en el pueblo antes de que huyera en el verano de 1888, por haber sido descubierto intimando a escondidas con la hija de Florencio, se llamaba realmente Alberto Ortega. Nadie supo que había logrado embarcar hacia La Habana, ni que había cambiado nombre y apellido; mucho menos que devino millonario con el comercio de harina en la otrora colonia; ni tampoco que regresó en 1902, ya con su falso nombre bien asentado en cuentas bancarias, acciones empresariales y escrituras mercantiles, para instalarse en Madrid, donde vivió hasta su muerte sin haber vuelto jamás a su pueblo.

El Pajas trabajaba a finales del diecinueve como empleado en un molino de trigo ubicado a orillas del Pisuerga, en las proximidades de Valoria la Buena. Entonces salía de la provincia de Valladolid casi todo el cereal que se consumía en Cuba, especialmente la harina de trigo candeal, con la que se hacía y se hace el pan de igual nombre, para muchos el mejor que se puede comer. A lo largo del Pisuerga, y especialmente del Canal de Castilla, se instalaron numerosos molinos que, a la vez que utilizaban la energía hidráulica para moler el grano, aprovechaban su proximidad a las vías acuáticas para hacer llegar el oro blanco en pequeñas barcas hasta Alar del Rey, desde donde, a lomo de mulo o en carretas, era trasladado a los puertos del mar Cantábrico, para ser embarcado finalmente en los cargueros que viajaban a La Habana. Angelines todavía recuerda haber escuchado la historia que cuenta la espantada de El Pajas, quien una mañana fue sorprendido moliendo algo más que grano en su puesto de trabajo, desnudo y no precisamente quieto encima de Petrita, guapísima joven que, aunque pertenecía a una familia de misa diaria y muy acomodada, todo el pueblo (re) conocía como hija de Florencio, el entonces párroco local. Angelines cree haber escuchado de sus abuelos que aquel mismo día el chico desapareció sin que se supiera nada más al respecto.

El Pajas, Alberto Ortega o Indiano Valáureo, como prefieran, es el bisabuelo de Vicente, aunque éste jamás pudo hacer valer su parentesco frente a la enorme y fallida herencia que le hizo venir a España. Cuando El Pajas llegó a La Habana en 1888, seguramente utilizando sus conocimientos básicos acerca del comercio de harina con la colonia, quién sabe si activando a su favor viejos contactos que pudo haber hecho mientras fue un simple peón en el origen del negocio, logró insertarse plenamente en el sector, hasta hacerse, en un período de tiempo muy corto, su principal operador en la isla. A mediados de la década de los noventa del diecinueve, Indiano Valáureo ya era famoso por la cantidad de harina que movía, los almacenes que tenía, su inmensa fortuna… Entonces debió liarse con una criolla, hija de canarios, y tener un hijo varón con ella. Lo reconoció con su falso apellido, pero lo abandonó cuando, independizada Cuba de España, regresó a la península.

Vicente nunca escuchó hablar en casa del bisabuelo paterno. Nunca tuvo motivos para pensar que su primer apellido era falso. Pero lo era, y tal circunstancia permitió a Ramirez & Asociados dar con él en La Habana para impulsar esta historia. Vicente vive en Valoria desde 1997. Con todos los vecinos del pueblo se lleva muy bien, menos con aquellos que se regodean en lo más morboso de su ascendencia, y a sus espaldas llaman El Pajillas a Lorenzo, su hijo. Sí, Emilio debió soltar la lengua con su mujer y ésta… En fin, Vicente, que visita con frecuencia las ruinas del molino valoriano, y gusta pasear por la ribera del Pisuerga en sus aledaños, dice tener ordenado el episodio en su memoria, aunque confiesa no haber tirado aquella primera carta que recibió del despacho de abogados madrileño, especialmente por conservar el enigmático dibujo del triángulo: Septimania, Pallantia y Rauda.
––¿De dónde sacaron esto? ¿Por qué lo añadieron a la carta? ––se pregunta todavía, pero sólo de vez en cuando, y ya sin desasosiego.

Así quedaron las cosas por muchos años, hasta que hace muy poco recibió una nueva carta de Tesalónica; esta vez firmada por un tal Apetros Kostas, de Kostas Legals. En la misma, que por extraño y anacrónico que parezca, llegó por correo postal con la única referencia: P.O. Box 54024, Le oforos Nikis Road, Thessalonikis, 54624, Greece, se lee textualmente: “…antes de su muerte, mi cliente depositó USD 41.000.000,00 (cuarenta y un millones de dólares) en una institución financiera aquí en Grecia. Documentos relativos a estas transacciones indican que las reclamaciones sólo se pueden hacer por un miembro de la familia. Puesto que usted tiene igual apellido que el finado (Valáureo) es elegible para este trámite…” Lo más raro es que esta carta también llegó con el dibujo de un triángulo en cuyos vértices pone: Calcídica, Laconia y Jonia… Aurelio ya murió. Ahora Vicente ronda los cincuenta años y dictó a su hijo una respuesta serena:
   
––Estimado Apetros Kostas, mi verdadero apellido es Ortega. Lo de Valáureo es agua pasada. Lo usé un tiempo porque mi bisabuelo paterno nació en Valoria la Buena, un pequeño pueblo situado al norte de las Columnas de Herácles, donde ahora vivo. Me vendría bien ese dinero para mi hijo, pero no es mío… ni suyo. De aquí no me muevo. Busque a un Valáureo cierto. Le deseo suerte en el empeño, aunque le vaticino dificultades. Su información con relación a mí es errónea. Reclame a Google… Por cierto, el triángulo que incluye en su carta no es lo bastante abarcador para inquietarme a estas alturas, pues soy de una estirpe egea, pero también mediterránea y atlántica. Además, ahora me doy a las corrientes fluviales en zonas interiores y poco convulsas. Para próximos envíos, si es que los hace a otros posibles millonarios, que como yo arrastren sonoros apellidos falsos, revise esa carencia en el esquema con algún pitagorín de su despacho.

Eso respondió… Lo sé porque Lorenzo tontea con mi hija, y a ella le contó toda la historia. También le dijo que no llevó al correo la respuesta de su padre, que guarda la carta de Kostas y, sin que lo sepa Vicente, intenta descifrar el enigma que asegura contiene el nuevo triángulo.




jueves, 6 de marzo de 2014

José Raúl Simpson. Cabal alegría




  

                                                                                    A Mery Pineda y Danny Simpson



Después de una “entrada” dedicada a Paco de Lucía, me preparaba para escribir sobre un tema nada luctuoso, cuando dos pérdidas me echaron el freno. Hoy supe la muerte de Leopoldo María Panero y de José Raúl Simpson. Panero fue el último inquilino de aquella jaula de palo, que levantada sobre una carreta tirada por bueyes, sirvió para reducir a don Quijote y regresarlo, supuestamente encantado, desde la venta a su casa. Su muerte me sitúa una vez más frente a un montón de preguntas que buscan relacionar poesía, lucidez y locura, pero no me duele en el pecho, sino en la sesera, o sea, no me duele, porque no es la sesera sitio para dolores, sino para cosquillas o ardentías que, más o menos perspectivadas, pueden posponerse. Panero y la vacante jaula cervantina deberán esperar, porque hoy mi hermano Simpson está doliendo, él sí, donde urge poner remedio. Mas no podría despedir a mi amigo, no a éste, con un tono amargo, y nunca lo haría en público si a ello me viera tentado. La muerte de Simpson es un durísimo paréntesis en la dicha de su dilatado entorno, pero en lo que a mí respecta, sólo puede durar un lamentable instante, porque precisamente su enorme, perenne y sonora risa, que retumba en mi memoria sin cesar, me obliga a reconducir el ánimo. Hoy despido a Jose hablando de la alegría, porque este mulato habanero fue la persona más alegre, contagiosamente alegre, que conocí en mi vida.

Lo mulato y lo habanero, si bien unidos en una buena persona, fue muchas veces garantía de gracia, pero cuando yo conocí a Jose, con apenas veinte años, ya existían en La Habana motivos suficientes para que en muchos hubieran amainado las espontáneas expresiones de dicha. De hecho, comenzamos a disfrutar de una amistad sabrosa y sincera estando acuartelados, obligados a trabajar durante seis meses en el ejército castrista que ambos rechazábamos de plano. Nos habíamos graduado en la universidad, él de ingeniero y yo de arquitecto, y debíamos purgar nuestro “delito” construyendo ineficaces y ociosas posiciones de defensa antiaérea a lo largo del litoral norte de la provincia. Durante medio año fuimos forzados zapadores de Castro, lo que pudo bastar para abortar en nosotros cualquier atisbo de resistente inclinación al júbilo. Sin embargo, Jose seguía siendo la persona más alegre y feliz del mundo, y su alegría, lo confieso, me sometía a una dulce y afortunada indefensión. A pesar de todo lo que veíamos y sufríamos, pasábamos el día (los días) riendo, burlándonos de aquello que tanto despreciábamos, soñando su superación, a la vez que hablando de historia, filosofía, arquitectura, arte, literatura y deporte, pues él era un apasionado surfista y un incondicional de Kaspárov. Jose no sólo reía por casi todo, sino que lo hacía ancha y públicamente, y esto molestaba mucho a los agentes de la acritud, aquellos pobres militares de oficio que habían depuesto su vida en las trincheras del odio. Más de un problema tuvo por ello, pero no pudieron con él. Salió de allí con sus dones intactos, y yo pude seguir disfrutando de ellos… Jose vivía entonces en un penthouse de la calle Neptuno. Era un pequeño apartamento en franca decadencia (cómo no, allí, entonces) pero contaba con una magnífica terraza abierta a la calle, y gracias a esto pudo duplicar su superficie. Yo proyecté esa ampliación. En aquella época fui un asiduo visitante de su casa, y también un buen amigo de sus padres. Lo cierto es que éstos, cariñosos, educadísimos, muy buenas personas, no eran sin embargo especialmente alegres, sino muy rectos, amantes del orden y la disciplina, incluso graves. Tampoco lo eran sus hermanos, al menos tanto como Jose, y todo ello me hacía apreciar en mayor medida la enorme capacidad para la alegría que tenía este chico, para producirla, gastarla y contagiarla. Sin dudas era algo innato en él que me hacía muy placentera y aprovechable su amistad. Cuando en la misma persona confluyen bondad, responsabilidad y alegría, cuando alguien enfrenta la vida con una alegre y vital seriedad, da gusto acercársele, pues la verdadera gracia, que sólo tienen en origen estos afortunados, se contagia fácilmente. En La Habana de nuestra juventud, a pesar de todos sus problemas, aún se podían encontrar algunos de estos agraciados y redondos espíritus, pero en muy pocas personas pude constatar un equilibrio tan perfecto entre cabalidad, bondad y alegría como el dado en mi amigo Simpson… Tenía mi edad, una familia feliz, un hijo con los años del mío, un montón de amigos, un trabajo que le gustaba y la misma incombustible risa de sus veinte años. No debió morir, todavía no. Y como la muerte no mide sus inoportunos estragos, no debemos nosotros aceptar mansamente sus despropósitos…

Danny, no te conozco en persona, pero escribo esta nota especialmente para ti. Quise mucho a tu padre. Lo quise porque era un hombre bueno, porque como ya dije, era dueño de un espíritu amplio, en perfecto equilibrio, capaz de amar, trabajar, fundar, indagar en muchos campos… en fin, capaz de vivir plenamente y contagiar su enorme alegría por la vida. Debes saber que estas virtudes son carísimas, y que muy pocas personas las poseen juntas y a la vez. Tu padre fue una de ellas. Desde muy joven fue el virtuoso que más tarde conociste: estudiaba, leía, disfrutaba del arte y la cultura, practicaba deportes, se divertía, tenía muchos amigos, se comprometía con lo que entendía que era justo, y, sobre todo, reía, siempre reía. Ahora, sin quererlo, claro, yéndose te quitó las ganas de reír, pero debes reponerte para seguir su ejemplo y vivir una “vida humana que, si es triste, ni merece llamarse vida”. Hago público esto que te escribo, porque honestamente creo que gente como tu padre tiene mucho que enseñarnos a todos. Que queden su nombre, su ejemplo y su risa estampados en todos los sitios posibles. Alegría, Danny, alegría... tan pronto puedas. Tuyo fue más que de nadie. Qué suerte tuviste, hijo, mientras fue posible.