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"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

viernes, 30 de mayo de 2014

A bailar y a gozar con la Sinfónica Nacional… Que pare el que tenga frenos







                                                              Para Javier Pérez González y Mario Rodríguez Montero



A to meter, entre cadereos y cubatas, celebramos recientemente el XX aniversario de la apertura del “Malecón de La Habana”: un bar ya cerrado, pero que en los años noventa del pasado siglo fue el más relevante templo dionisíaco de Valladolid; el lugar que mejor convocó y reunió a quienes entonces buscaban rones que sudar en el musical y bailongo pórtico de los cuartos más canallas. Poco disfruté de aquel hueco embrujado, sensualísimo, porque Leonardo era un niño y Mario un bebé cuando el local estaba en pleno apogeo. Lo visité siempre que pude, mas no fue regularmente. Mis noches solían tener entonces un prólogo paternal y un epílogo libresco. De las 21:30 a las 23:00 horas representaba al enemigo de mis pequeños héroes; casi siempre un terrible monstruo que terminaba molido a palos por un muñequito japonés o un ranger enmascarado y escapista. A partir de esas horas, cuando los vencedores de aquellas reyertas de sofá se iban a la cama, y mientras en El Malecón se ejercía y enaltecía el pecado: se bailaba sin medida, se ponía a prueba la capacidad filtrante de las vísceras, se sudaba, se tasaba la pasión y se cerraban los más suculentos negocios carnales, yo leía o escribía. Lo hacía muchas veces hasta las 4:00 de la mañana, con el oído pendiente de toses o llantos infantiles. Esto, claro, después de haberlo “pactado” y “resuelto” con Marisela, la dueña de todos mis malecones, la que mejor lució bajo las farolas que alumbraban el original habanero, bañada literalmente por aquellas olas que acometían a los tratantes de amor y sexo con su equilibrada cargazón de agua y aceite, sal y sueños.

No fui un asiduo al “Malecón” pucelano (ya ven, bajo tierra y seco; resonante y promisorio sin embargo) pero me invitaron a su veinte cumpleaños, porque tengo muchos amigos entre sus incondicionales veteranos. Si se celebra el nacimiento de santos, mártires y difuntos sabios, ¿por qué no celebrar el de los santuarios macarras que eligen o eligieron los pecadores para obviarlos, estén en funciones o no…? Me invitaron a la fiesta donde comprobé, veinte años después, que la amistad, el ron, la música, el baile y la carne en estado de alerta siguen maridando a la perfección en las higiénicas bacanales humanas…

Esta pequeña introducción para contar que, en medio de aquella catarsis liberadora, y por raro que parezca, un buen amigo, “maleconero” de pro, con la mirada intervenida por el ron-cola y la camisa abotonada con dos ojales de desfase; esto es, en un estado muy poco adecuado para tratar asuntos “serios”, se empeñó en abordar mi faceta de escritor. Créanlo. Por ser tan amigo lo escuché con el cariño que merece, mientras morenas, rubias y mulatas “hablaban” de cosas bien distintas bailando “Pedro Navaja”, y mi mujer sonreía segura en su inmutable trono. Pobre de mí… Pues bien, Javi me vino a decir (no es literal, imaginen cuál era mi capacidad para el registro fidedigno en aquellas circunstancias) que yo escribía de puta madre, que me seguía con disciplina, incluso con fervor, pero que hacía tiempo no lloraba con mis textos. ––Soy ñoño, Jorge, quiero que me hagas llorar, dijo. Como creí entender que en ese momento necesitaba reír más que otra cosa, le respondí: ––vete a un urólogo con uñas largas, coño, si no te atreves a experimentos más fuertes, ¿por qué quieres llorar con mis textos? Pero él insistía: ––no es broma, Jorge, créeme, necesito emocionarme, llorar con lo que escribes. Escribe algo que me rompa, por favor. Yo, que seguía sin la menor intención de tomarlo en serio en aquel momento, aquel lugar, le dije a su mujer: ––mira lo que pide tu marido, cariño, tendremos que hacerle daño. Y ella, a la sazón mucho más clara que nosotros y muerta de la risa, respondió: ––haz lo que debas hacer, Jorge, cuenta con mi complicidad… En fin, cubata en mano, y con tanta carne expresándose rítmicamente en aquella lonja pecaminosa, con tanto cariño en torno, no fue difícil encontrar cómo distraer a mi amigo de su extraña preocupación, aunque para lograrlo del todo tuve que asegurarle que algo escribiría al respecto. ––De acuerdo, me dijo, a ver si es verdad.

¿Por qué quiere Javi llorar mientras lee? ¿Por qué quiere llorar leyéndome? Y, sobre todo, ¿por qué no lo hago llorar sin tan propenso parece a ello?

Si yo fuera un autor prepotente, si no tuviera capacidad para la amistad, si pasara de la gente que amablemente me lee; si no tuviera 51 años, y no supiera por ello que todo edificio, por sólido que parezca, está cimentado sobre un planeta que gira alrededor de una estrella que arde y se extingue; resolvería el asunto de un plumazo, nunca mejor dicho, con un par de citas. Me iría al Goethe clásico, por ejemplo, y con él afirmaría “No puede haber oído noble y delicado al que no repugne el sonido de las campanas…”, o, “El goce embrutece”. Pero, como en mí medran todas las dudas del mundo, y aunque me haya autoimpuesto una ingenua misión humanista, me interesa mucho, lo que más, el propio ser humano, especialmente si ama, más especialmente aún si me ama, echo mano a su natural y mayor enemigo, el propio Goethe, pero en versión romántica, y reconozco: “…sólo la gracia es irresistible…”, y “…todo lo destinado a obrar en los corazones debe salir del corazón”. Así que ya sobrio, Javi, te confieso: me importan mucho tus ganas de llorar, por cursi que parezca mi interés y ebrio las hayas confesado. Tal vez no pueda provocar tu llanto, mas no paso del asunto con olímpica soberbia.

Puede que no me comprendas del todo, pero a veces asumo cierta gravedad pensando que con ello ayudaré a que tu hijo y los míos conserven la capacidad de llorar, y, sobre todo, de reír; por ayudar, digo, a que no terminemos en máquinas, víctimas de una pulcra inteligencia artificial, pendientes de claras contabilidades y estúpidos haberes. ¿Ves? Ya deriva mi ánimo tendenciosamente… Sé que resulta facilón pretender la compasión de un amigo, pero intenta conmoverte conmigo si no puedes hacerlo con algunos de mis textos. Piensa que paso mucho tiempo atado a los libros; que mientras otros pulsan la vida alegremente durante dieciséis horas diarias, durmiendo con placidez las restantes, yo apenas duermo cinco, y de las otras diecinueve, dedico más de ocho a levantar castillos en el aire. Compadécete de mí, Javi, y suelta esa lágrima que te pesa, sea negra o de cocodrilo. Si no lo logras ni así, no será culpa tuya, lo sé. Pero no te preocupes, conozco al urólogo con las uñas perfectas… Ríe, por favor, rómpete, pero de risa. Piensa que tal vez haya demasiadas lágrimas batiendo contra el mismo malecón, y que de este lado participamos la contención necesaria cuando reímos, cuando gozamos. ¿Para qué quieres llorar mientras (me) lees, amigo?

Mira, aunque nacido en pleno Valladolid, tienes sobradas razones para considerarte más cubano que muchos que lo son de origen, tal vez nunca te hayan invitado a relajarte como ahora lo hago; con esta frase criollísima que vence a la paradoja con voluntad y gracia: “A bailar y a gozar con la Sinfónica Nacional”; o, con esta otra que sabe colocar muy bien nuestro común amigo Mario, el artífice del “Malecón” pucelano: “Que pare el que tenga frenos…” Déjate llevar, Javi… Y perdona si hoy tampoco patrocino tu llanto. ¿Sigues esperando fuertes emociones? ¿Quieres visitar al inclemente urólogo? Tengo el teléfono de su manicura. Piénsalo y dime… Quizás ahora que me lees sobrio, con la mirada a plomo y la camisa en forma, te basten para bailar unos violines, y unas cosquillas para creer que lloras... Río… Ríe…



viernes, 23 de mayo de 2014

Cantan los grillos… Hagan juego







                                                                                                                   Para Georgina Sánchez,
                                                                                  excelente compositora e intérprete del chelo,
                                                               estos apuntes nacidos de un feliz extrañamiento musical.



En un magnífico trabajo sobre el cuadro Magdalena Terf (Georges de La Tour, siglo XVII) Jiménez Lozano escribió: “Lo más terrible de nuestra cultura es que no puede acercarse a algo sin ‘desconstruirlo’; es decir, sin destruirlo en su entidad propia y asimilarlo a las categorías superiores, absolutas y definitivas que son las del tiempo presente, culminación y plétora de la historia. De manera que no puede llegarle al hombre de hoy ninguna noticia nueva, ninguna historia, cuyo principio, progreso y fin no sepa ya de antemano, y cuya naturaleza pueda sorprenderle o desconcertarle…” Tan grave como aterradora, esta idea me ronda desde que la leí hace ya unos cuantos años. Y es cierto: al hombre de hoy, desgraciadamente, no le sorprenderían la tercera guerra mundial, una invasión extraterrestre, la apertura de casas para relaciones zoofílicas… No digo que aprobemos estas cosas, que en sentido general nos gusten, pero ¿sorprendernos? Ni siquiera lo hace ya que algunos compren parcelas en la luna. Decaemos bañados en “saberes”. Envejecemos, y las señales son cada vez más tercas pendiente abajo. Además, todo pasa velozmente. En menos de ciento cincuenta años despachamos al hombre nuevo de Marx y al superhombre de Nietzsche. En menos de cincuenta encaneció el hombre preliminar de Guillén (Jorge)… ¿O no? Ah, “no hay más diablo que el que yo admito”, dijo El Bachiller a Mefistófeles. Afortunadamente, la idea de un mundo sin novedades posibles es tan aplastante como frágil, porque el hombre sigue siendo la medida de todas las cosas, y es tan quejica como juguetón, tan cobarde como curioso, tan torpe como loco, tan animal como artista.

Hace unos días en una red social encontré una grabación hecha en 1992 a grillos cantando. Hasta aquí nada especial. Pero ocurre que el músico que los grabó (Jim Wilson) llegó a su Estudio y comenzó a manipular el resultado de su trabajo. ¿Por qué? Porque es un hombre, para más señas, un artista, o sea, un adicto incorregible a la patraña. ¿A qué artista le valen las cosas como son dadas, regaladas…? Bueno, según el propio Wilson, cuando comenzó a ralentizar la reproducción del material grabado, descubrió que aquello no sonaba a grillo, sino a coro celestial. Y tanto… Escuché perplejo el documento (en estos momentos lo hago de nuevo) y decidí creerlo. ¿Realmente lo conocemos todo? ¿Cuán ajenos estuvimos hasta ahora al cante jondo de los grillos? Quiero decir al que se cantan entre ellos, no al que nosotros oímos. Y esas vacas que se deleitan con el jazz ¿serán asiduas oyentes de estos magníficos coros en su variante altamente armónica? Y las gallinas que ahora crían algunos avicultores con música de Bach ¿estarán acostumbradas a complejas armonías? ––Tienen oídos, pero no cerebro suficiente para la música, dirán algunos. Y entonces, estos grillos ¿para quién cantan? ¿Para nosotros? ¿Cómo se escuchan entre ellos?

Bueno, podemos decir que cantan al Señor, y que estuvimos al margen del fraude unos cuantos millones de años. Podemos decir que finalmente, y gracias a la todopoderosa técnica moderna, fueron sorprendidos mientras nos plagiaban para agradar a nuestro dios y robarnos parte de su predilección, con los consecuentes favores divinos. Podemos decir cualquier cosa para encajar en la idea que perfiló Jiménez Lozano en el citado texto. ¿Cómo nos pueden desconcertar a estas alturas unos cuantos grillos farsantes, desfalcadores? Alguna explicación habrá que nos permita reconducir el hallazgo en una dirección que nos empine y esponje. ¿Habrán reencarnado en estos animalillos los eunucos babilonios? ¿Nos estará mintiendo el músico que manipuló la grabación? No estábamos presentes, y… si no lo veo no lo creo, suele decirse. De acuerdo, podemos aducir lo que nos plazca para templar el desasosiego que nos produce ceder rangos en el reino animal, a la vez que disfrutamos aliviados de sus musicales seres. Pero a ver quiénes son los valientes que, después de escuchar esto, vuelven a acercarse a un grillo pensando que lo saben todo sobre él; y asimismo a una cigarra, una luciérnaga… A ver quiénes, escuchado este salmo, se atreven a blasfemar al hilo del canto aparentemente machacón de estos insectos… A ver quiénes, insisto, después de esta especial audición; de viaje por Asia, Latinoamérica, Oceanía, comen tranquilamente grillos soportando el crujir de sus cuerpos fritos entre los dientes…

Según leí ya traducido en un diario mexicano, Tom Waits, después de escucharlo dijo: “Wilson, él siempre juega con el tiempo. Escuché una grabación reciente de grillos en la que baja la velocidad a una muy lenta. Suena como un coro, suena como el ángel de la música. Algo brillante, celestial con plena armonía y algunas partes de bajo… No lo creerías, es como un coro bajado del cielo, y sólo lo ralentizó, no manipuló la cinta. Así que creo que cuando Wilson le baja la velocidad a la gente, te da la oportunidad de observarlos en movimiento a través del espacio. Y hay mucho que decir sobre ralentizar el mundo”.

Tal vez sea esto lo que nos hace falta: una severa disminución de las revoluciones a que giramos en nuestro tiempo. ¿Adónde vamos con tanta prisa, mientras los grillos entonan su inaudible y enigmático largo? ¿A certificar que lo sabemos todo, que venimos de vuelta, que nada puede sorprendernos ahora mismo? ¿Somos en realidad tan estúpidos, que ya no merecemos experimentar un tiempo acompasado que nos permita percibir las señales de un mundo donde todavía caben los insectos cantores? ¿Hasta cuándo seremos los elegidos de Dios, si incluso los invertebrados le regalan los oídos como ya no lo hacemos nosotros por ir corriendo a ninguna parte? ¿Nos salvarán de nuevo los artistas? Escuchen esta grabación, por favor, y hagan juego.


Comienzo yo:
(Wilson se presenta con su trabajo acabado. ––Sólo lo ralenticé, me dice)

Si no lo veo no lo creo, tocaría decir. Pero digo:

Si no lo creo, no lo veo.
               Si no lo imagino, no lo veo.
                              Si no lo imagino, no creo que lo veo.
                                              Si no creo que lo veo, no lo veo… ni lo merezco… ni lo poseo…

Ganas tú, Wilson. Mío el premio: canto de grillos que lima miedo.


Enlace para escuchar al coro de grillos


jueves, 15 de mayo de 2014

Esto es arte III. Capilla de la Santa Cruz, Sedona


























                                                                                                         Para Rey y Pepe


No estuve en Arizona. Primero un simple decorado para películas de cowboys: aquellos riscos plagados de trampas, aquellos pueblos de mala muerte, los pioneros, los bandidos, su ejemplar contraparte, aquellos líos… Todo en riguroso blanco y negro. Luego, ya rojos, el Cañón del Colorado y la guerra Estados Unidos-México. Más tarde, a todo color, las obras de John Ford en Monument Valley, las de Max Ernst, las de Wright. Magníficas todas. Con qué diligencia se “colorearon” las películas del primero. Y aquella escultura del segundo: “Capricornio”, aunque sólo para verla de frente, qué maravilla. Y aquel cuadro: “Europa después de la lluvia”, qué locura. Y las mansiones del tercero, especialmente “Taliesin”, qué envidia… La lejana Arizona fue para mí una imagen compuesta, en la que, según el momento, fluctuaron las dosis de naturaleza, pionerismo, conflicto y arte. Todo abundante, incluso excesivo, rayando lo extremo… Hace poco la sobrevolé de viaje a Los Ángeles, donde visité a un gran amigo aprovechando una escala hacia México vía San Diego. Desde el avión parecía confirmarse la majestuosa hondura del escenario… Un sitio a visitar, seguro. Pero hoy, aquí, Arizona es sólo una necesaria invitada.

Días atrás, precisamente mientras repasaba la fértil estancia de Max Ernst en Arizona, di con una “obrita” en Sedona que llamó especialmente mi atención. Capilla de la Santa Cruz ¡Qué acierto! No la conocía, aunque al parecer (no lo comprobé) fue premio del Instituto Americano de Arquitectos en 1957. Se trata de una de esas obras que conmueven primero y hacen pensar después. Por la forma en que resuelve ante el par naturaleza-arte, o sea, necesidad-libertad, naturaleza-gracia. Recordemos aquí a Schopenhauer: “La necesidad es el reino de la naturaleza; la libertad es el reino de la gracia”.

Nuestra mitología occidental, si es que podemos llamar así a esa suma amalgamada de relatos egipcios, persas, griegos, nórdicos, celtas y judeo-cristianos, está bien dotada de montes célebres: Ida, Olimpo, Parnaso, Carmelo, Sinaí, Lyfjaberg… Es obvio que los montes son los sitios más cercanos al cielo, ese espacio sin fondo que tradicionalmente hemos sobrecargado de dioses. “Siempre, ¡queridos!, la tierra anda y el cielo aguanta”, decía Hölderlin. La altura, atributo geográfico de origen geológico, ha hecho de los montes perfectos escenarios para nacimientos y parlamentos divinos, importantes pruebas de fe, masivas ejecuciones, severos castigos… Sin embargo, no son estos parajes, ni siquiera los que participan una contrastada realidad geográfica, lugares donde se haya edificado mucho. Con la relativa excepción del Carmelo (vergel, jardín divino) que por su gran extensión y su privilegiada huerta no pudo escapar del todo a los afanes económicos, urbanísticos y turísticos de quienes ejercen los distintos cultos que amontonan pretérito en él, el hombre no abusó de sus montes sagrados, nunca los desbrozó. Desde la cueva de Zeus en el Ida, Creta, hasta la capilla de la Santísima Trinidad en el Sinaí, pasando por el Templo de Apolo en el Parnaso, las actuaciones en los montes que más importan fueron siempre comedidas. Hay que tener cuidado con los dioses. No se deben tabicar ni alicatar sus predios a la ligera. Esto lo sabe el hombre.

El monte donde se levanta la Capilla de la Santa Cruz de Sedona, quedó emparentado con sus célebres ascendentes euroasiáticos, no sólo por empadronar a Dios en una nueva cumbre, sino porque fue tratado con la delicadeza que estas acciones demandan. Es curioso, se trata de una obra arquitectónica pero muy participada por una escultora: Marguerite Brunswig Staude. Un prisma de sección troncocónica, generado como por extrusión, rotundo, pero terso y perfectamente escalado, se incrusta en la roca de la que también parece emerger, cual guiño matemático para la creación de una imagen poética que humanice el “rojizo desorden”: cabal muestra de aquel tiempo sin hombres, cuando, al decir de Benn: “la tierra todavía estaba sola/ acumulando capa tras capa”. Esta roca entró definitivamente en el tiempo histórico, divino. Jamás volverá a experimentar la soledad. La cruz con que Oriente culminó la conquista de Occidente, apuntalando el huraco que abrió Alejandro en los muros del mundo, se planta en la cima navaja con la solvencia de los grandes símbolos universales, pero no contestando el “skyline” de la montaña, como sucede, por ejemplo, en el Valle de los Caídos, Madrid, sino refractando luz cual horcón a la entrada de una gruta. Aquí la vibrante irritación es, sobre todo, eficaz claroscuro. La cruz figura francamente iluminada sobre un fondo acristalado que responde a la luz con un oportuno tono negruzco. La cruz es lo prominente en el rostro de esta capilla. Emerge de la roca, o, por qué no, la penetra cual cuña que se fundiera con la herida que causa, imponiendo la geométrica sutura. Geométrica, sí, pero grácil. La gracia de la libertad actúa de nuevo, cómo no, a través del arte, sobre la titánica naturaleza. El gesto es airoso, resuelto, y sin embargo delicado. Por la forma, la escala, el color; porque cohabita con su natural entorno sin generar tensiones malsanas. La obra está en tensión, claro, pero amablemente… El sitio es ya un Lugar. Como dije en un texto anterior: cantidad espacial significada.

Interiormente la capilla no defrauda. Una suerte de cueva-túnel con dos focos de luz natural. El uno a la espalda, anecdótico por lógico y estrictamente necesario. El otro al frente… ¡Dios, qué retablo! Aquí se invierte el efecto luminoso. La cruz queda en sombra y se recorta sobre la cristalera. Ésta afina su óptica para que la bóveda celeste nos deslumbre con una luz cargada de contenido. Tiene que ser ésa la casa del “Sheriff”. Dejamos abajo la taberna con sus buscavidas y pistoleros, para asomarnos al trascendente balcón donde mejor se intuye el divino aposento. Ya no somos antílopes o zorros. Edificamos en el monte, pero no para guarecernos. Lo hacemos con medida delicadeza para tomar posición en el umbral del cielo. Esto es arte.


jueves, 8 de mayo de 2014

Prosa mulatilla sobre un trozo de negrillo




























 






En casa, estratégicamente colocada, tengo una reliquia muy especial: parte de un cadáver con origen evolutivo en el Devónico de la Era Paleozoica. Una muestra del tronco de un Ulmus minor, eso es. Hablando en cristiano, un pedazo de lo que fue el tocón de un olmo común, también conocido como negrillo. Cuando diga trozo de negrillo, sepan que me refiero a este tipo de pieza… Me lo regaló Florencio Salgado. Vamos, mi amigo Tito, tan enamoradizo él, que se cuela por los negrillos vivos o muertos, enteros o troceados, siempre que tengan una forma sugerente. Tito vive en la ribera toresana del Guareña. Allí tiene unos viñedos y una bodega donde produce el Pico Royo, excelente tinto de Toro. Durante un tiempo vagó por la zona buscando negrillos, pedazos más bien de éstos. Pero no cualesquiera, sino aquellos ya desprendidos, sin raíces en tierra, portátiles y con cualidades escultóricas ganadas en la vida, refrendadas en la muerte. Trozos bellos de cadáveres exquisitos. Eso buscaba Tito. Llenó su patio de tales piezas, y claro, quiso regalarme una. Tuvo, sin embargo, que regalarme otra: la mejor. Entre Fernando (su cuñado, mi cómplice) y yo, preparamos un asalto infalible a lo más granado de su colección. No lo relato en detalles por no ulcerar de nuevo el ánimo de mi amigo, muy capaz de llorar todavía la pérdida de su bienamado trozo de negrillo.

Hace unos días, mi también amigo Miguel Gómez, magnífico fotógrafo gaditano-pucelano, me mostró una foto que hizo a mi reliquia la pasada primavera, mientras en casa compartíamos porche, jardín y buena cerveza. La foto de Miguel es tan buena, que me obligó a repensar mi relación con esta especial escultura. Eso tiene el arte: es capaz de redimensionar y redirigir nuestra manera de interactuar con lo que nos rodea… En fin, a Tito y a Miguel respectivamente, debo la oportunidad y las ganas de escribir aquí algunas de las cosas que mi expresivo trozo de negrillo se empeña en contarme, contarnos.

La naturaleza y su apuesta más arriesgada: la vida imaginativa, inteligente, si actuando juntas sobre un mismo cuerpo, son muy capaces de alcanzar resultados sobrenaturales, artísticos; sobre todo cuando el azar concurre para ayudar a desviar el “proyecto” de lo estrictamente causal, racional o biológico. La extrema violencia con que naturaleza y hombre se aplican en ocasiones sobre sus “víctimas”, matizada o sentenciada, según el caso, por el azar, no siempre desemboca en imágenes desalentadoras, tenebrosas; y nunca lo hace en imágenes mudas. Por fortuna, muchas veces ese “diálogo” a tres bandas (hombre, naturaleza y azar) no es tan sordo ni sórdido como puede parecer. Bajo la mobile tutela del azar, la naturaleza propone y el hombre dispone, o viceversa, en un proceso donde ella, que lleva las de ganar en el terreno físico-químico, aun corrigiéndonos con dureza trabaja para nosotros, porque nos regala verdaderas “joyas defensivas”. Defendiéndose también nos ayuda. Por su ejemplar perseverancia, y porque produce un rosario de formas que pasan de naturales a sobrenaturales, gracias a la capacidad que tiene el hombre para aplicar su imaginación y cargar de humano sentido todo cuanto se trans-forma ante sus ojos, especialmente si en dicho movimiento puso empeño y obra. Entre los tres (hombre, naturaleza y azar, digo) que funcionan como perfectos coautores surrealistas, logran a menudo encomiables cadáveres exquisitos. Quien quiera ver ejemplos claros de lo dicho, vea minas o ciudades abandonadas. Les propongo dos imágenes: Las Médulas en El Bierzo, León, España; y Prípiat, ciudad cercana a Chernóbil, Ucrania. Es cierto que el tiempo transcurrido hace a la primera más amable y digerible que la segunda, pues lejos quedan el látigo romano y el dolor de los mineros esclavizados, mientras el accidente nuclear soviético es muy reciente; el esclavismo clásico parece lejano y superado, mientras el peligro atómico arde en su actualidad. Pero en esencia, ambas imágenes notician lo mismo: la naturaleza propone y el hombre dispone, casi siempre con la imprevisible aportación del azar. Como el hombre yerra muy a menudo, la naturaleza lo enmienda con rigor, se defiende, se rearma titánicamente. El hombre, que hace mucho se apartó de lo titánico y pende de lo divino, lee tal gesto con los recursos de su despensa sígnica. La imagen penetra el evento, tendenciosa, con sus vicios poéticos y discursivos, para inclinarlo todo a nuestro favor. Pues de esta historia participa mi mutilado negrillo, de eso se trata… creo.

Los árboles, que aparecieron en el Devónico hace unos 400 millones de años, gracias a su capacidad para producir oxígeno, fueron tal vez los principales catalizadores en el surgimiento y desarrollo de animales superiores sobre la superficie terrestre. Sí, los árboles están detrás de nuestros orígenes, como hacendosos purificadores del aire que respiramos, como principales suministradores de nuestra otrora dieta vegetariana, como eficientes refugios para burlar a las fieras. Fueron el pórtico de la vida compleja, y la última linde en dirección a lo humano. Puede que por eso nos sobrecojan tanto, tengan ese poder evocador en la conciencia, la inconsciencia. “Rector de los capítulos del cielo”, llamó Vallejo a un tilo. Y Hölderlin dijo a los robles: “Si no me encadenara a vivir entre la gente este corazón/ que no renuncia al amor, ¡con qué gozo viviría entre vosotros!” Los árboles que siempre estuvieron, que patrocinaron nuestra aventura evolutiva: telúricos, magnánimos, discretos, pasivos y compasivos, dueños de una profunda sabiduría estoica… Pero también fueron ellos, entre los seres vivos, los más dóciles cómplices de nuestra pulsión civilizadora. Ni los animales más domesticables los igualan en esto ¿Qué habría sido de la majadería transformadora del hombre sin la madera? Los árboles nos han malcriado, consentido hasta el punto de parecer verdaderos suicidas. “El hacha del leñador pidió su mango al árbol, y el árbol se lo dio”. Dijo Tagore. Entonces, tenemos una relación dual con ellos: Vivos y enteros son un necesario sostén biológico, y obran en la memoria como conservadores agentes de cultura. Sin embargo, muertos o mutilados dotan de recursos a la desmemoria cual temerarios agentes civilizadores. Hay excepciones en esto último, claro, porque mucho tiene que ver el cuerpo sin vida de los árboles con el papel y algunos medicamentos, medios de cultura y sanación, pero la prominencia de la desmedida industria maderera, con sus graves peligros en todos los órdenes, marca la pauta en este sentido.

Puede que mi trozo de negrillo, participando aquella capacidad de la naturaleza para corregirnos, y aprovechando la nuestra para inclinar su corrección en una dirección conveniente, haya resuelto, como obra de arte, el dilema planteado entre un estoico patrocinador vital, cultural, y un blando partícipe de nuestra indolencia desarrollista. Mi trozo de negrillo, antes tocón, antes árbol, ha conocido la grafiosis (esto lo achaquen al hongo que la genera, al escarabajo que la trasmite) el hacha y la sierra. Su forma, de una expresividad desgarradora, es el resultado de haberse defendido durante años, puede que siglos, frente a tales elementos. Retorcidos bultos, apéndices irritados, protuberancias dramáticas que a veces caen a lo antropomórfico, pues recuerdan manos y brazos desesperados; muñones que respondieron a la poda con suturas de formas orgánicas muy disímiles y mezcladas en un discurso tan sugerente como polisémico… Todo ello, combinado además con formas geométricas, cortes drásticos que dejan ver la huella de intervenciones severas, brutales. Mi reliquia debió protegerse ante múltiples ataques fúngicos y humanos. Lo hizo como supo y pudo mientras fue posible, con la inestimable ayuda del azar y una terquedad vegetal. Cada palo o rayo que ofreció al carretero, cada herida, cada cura, devinieron en rasgo distintivo. Todavía hoy parece dolerse de aquellas agresiones. Ni las más caprichosas formas de los expresionistas (abstractos o figurativos) pueden igualar en tensión dramática al caprichoso resultado de este affaire entre naturaleza, hombre y azar. Ni las más esforzadas obras de Bacon, por ejemplo, nos muestran deformaciones más gráciles o desgarradas, (según cómo se miren) más parlantes, en definitiva.

Mi trozo de negrillo, colocado en el porche frente a las jóvenes moreras, los ciruelos y el castaño que tengo en el jardín, no tiene la lozanía de sus vivos congéneres, pero los adelanta sobradamente en capacidad expresiva, discursiva. Él cuenta un relato complejo que va más allá del ciclo: flor/ hoja/ fruto, del milagro de la fotosíntesis. Ya no es un vegetal. Ni tampoco un fósil o una momia. Es otro tipo de naturaleza: una obra de arte que el hombre no pudo hacer solo, y por ello, nos cuenta o sugiere cosas que apenas podemos encauzar y retener en las entendederas. Así pervive. Así mejora mi vida: como poderosa imagen… Dijo Unamuno por boca de aquel perro, Orfeo: “¡Un animal que habla, que se viste y que almacena sus muertos! ¡Pobre hombre!”. Y es cierto. Tanto, que “almacenamos” cuidadosamente, incluso, “despojos” de árboles en apariencia inútiles si no van a la leñera para acabar en el fuego. Porque el animal que somos también es capaz de imaginar, y hasta en la muerte termina encontrando motivos para celebrar la vida. Mi fibrosa escultura está más viva que nunca, y como las buenas obras de arte, me cuenta cosas nuevas cada día. Hace mucho que no es tronco, ni tocón, ni una simple porción extraviada de éstos. Es una referencia justo en la línea que separa casa y jardín. En sus expresivas y felices deformaciones hablan en coro naturaleza, hombre y azar. Su forma presente es un paréntesis por ellos pactado, una escala necesaria para que la imagen reposte. A su lectura me doy… Gracias, querido Miguel, por tu sugestiva foto. Gracias, querido Tito, por dejarme, aunque no muy convencido, tu mejor trozo de negrillo: el mío. A ver si te compenso en alguna medida con esta prosa mulatilla.