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"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

lunes, 28 de julio de 2014

Bajas pasiones en la cabaña poética del castellano




























En una entrevista que le hizo Miguel Ángel Zapata, Heberto Padilla, inducido a pronunciarse sobre Quevedo y Góngora, dijo:

“Yo he leído mucho a Góngora, todos nosotros hemos leído mucho a Góngora, pero pienso que Góngora es un gran error en la literatura de nuestra lengua; no él mismo, como nunca ocurre con un poeta que busca y estrena nuevas formas, sino Góngora en el sentido del gongorismo, de su maestría, o de la dirección que marca su poesía. Creo que en Góngora comienza la decadencia de la poesía hispana. Yo no considero que un enmascaramiento permanente de la realidad sea la poesía, no lo creo, y por lo tanto creo que el gongorismo es un error que vamos a pagar por muchos años y durante mucho tiempo. Esto es muy desagradable, muy petulante de mi parte decirlo, pero no me queda más remedio que hacerlo. Quevedo es un gran poeta que yo prefiero. Entendámonos, hay poemas de Góngora extraordinarios; a mí lo que no me gusta de Góngora es la Generación del 27, es decir, sus discípulos, aquellos que hacen de Góngora un método, y que convierten ese método en una degradación del idioma castellano.”

––¿Todos los del 27?, preguntó Zapata.
––Sí, todos los del 27, Alberti, Aleixandre, etc…, respondió Heberto.
––¿Aleixandre en todas sus etapas? Repreguntó, quizás extrañado, el poeta peruano. A lo que    contestó el cubano:

“A mí no me interesa Aleixandre para nada. Me parece que si la poesía española va a ser Aleixandre o Alberti, entonces se puede prescindir de esa poesía, como ocurre que está prescindiendo el mundo de ella. Yo no sé si a los hispanos les interesará saber que la poesía española no interesa en ninguna parte del mundo. Hemos leído la poesía traducida de Brecht, de Stevens, de Eliot, de los poetas franceses, pero ¿quiénes traducen a los poetas españoles, a los hispanos?; muy poca gente en el mundo, y cuando los traducen, lo hacen con miseración. Esto lo creo yo, y lamento tener que decirlo.”

Comienzo con estas palabras de Heberto Padilla, poeta, hombre culto y lúcido que tenía un agudo sentido crítico, confesando al mismo tiempo que cuando las leí por primera vez, hace ya algunos años, las consideré imprecisas y exageradas. Y en algún sentido me lo siguen pareciendo; sin embargo, el tiempo, esa extensión inmisericorde que todo lo mueve, ha ido acercándome al vate pinareño en lo tocante a cómo tasa la Generación del 27, de la cual ahora mismo sólo me interesa hondamente Guillén, y me siguen sorprendiendo algunas genialidades de Lorca.

No comparto lo dicho por Padilla sobre Góngora, a quien considero uno de los más grandes poetas de nuestra lengua, aunque intuyo lo que quiso y tal vez no pudo explicar en su complejidad, exigido por el formato rápido e informal de la entrevista, que imagino realizada y grabada en vivo. Góngora no fue un error de la poesía en castellano, claro que no, fue una magnífica muestra de su apogeo último. Pero es cierto que tras él (“todo lo que llega a su apogeo comienza a declinar”, dijo Abd Allàh) nuestra poesía inició un declive que aún perdura. ¿Por qué…? Con ganas y espacio podría extenderme para explicar las razones que sospecho están detrás de esto: las históricas, las sociológicas, las culturales y las literarias que son consecuencia de las anteriores. No descarto ensayarlo algún día, pero ahora voy a limitarme a exponer algunas de las causas de tipo cultural, y entre ellas, precisamente las que en apariencia son más contingentes, y, sin embargo, resultan cardinales.

La cultura occidental mediterránea, amén su gran mestizaje y la influencia que ejerce sobre ella lo oriental (persa y árabe, semita) está sustentada sobre la preponderancia de lo público sobre lo privado; es el resultado de muchos siglos de dialéctica ejercida en el ágora, el foro, la plaza; de muchos siglos de algarabía y chismorreo, de dimes y diretes; de fértil superación de los espacios privados, si hablamos de la posibilidad de intercambiar productos e ideas, pero también de viciosa invasión de los mismos, si hablamos de la creación de un ámbito idóneo para que prosperen el arte de la discordia y la envidia, tanto en su versión más atlética, como en la más ruin y corrosiva.

Ya a principios del siglo XVII fueron públicas y célebres las diferencias que existían entre algunas de las principales figuras de la literatura española: Cervantes/ Lope y Quevedo/ Góngora fueron los pares de más nombradía. Estas diferencias, que por supuesto no tenían exclusivas bases literarias, sino más bien intentaban marcar lindes claros en cuanto a capacidad de obtener mecenazgo y público, o sea, dinero y gloria, en algunas ocasiones se trataban veladamente, pero en otras eran aireadas de forma visceral, enfermiza, llevadas a extremos de difícil comprensión; tenían una gran capacidad para generar bandos que acrecentaban exponencialmente las filias y las fobias, y, a su través, hacían difícil, si no imposible, cualquier intento de reconciliación o acercamiento de posturas.

La poesía española, más aún, la poesía en castellano a un lado y otro del Atlántico, no se ha librado desde entonces de este penoso síndrome. La obra de Góngora pudo ser ciertamente un hito en la bifurcación definitiva que marcó nuestro posterior continuo poético. No sólo influyó en la poesía hispana de su época, sino también en la de toda Europa. Su influencia, crecedera y creciente, llegó hasta el siglo pasado y estuvo a la cabeza de los debates sobre las vanguardias, la poesía pura, el hermetismo y el neobarroco. A partir de Góngora, nuestra poesía parece obligarse a tomar partido entre acicalar al cisne o torcerle el cuello. Tras esta banal cuestión hubo casi siempre un mero impulso formal, impulso que también existió, cómo no, en la obra del genial cordobés, pero acompañando en este caso a una enorme capacidad para la imagen poética, y a un pensamiento profundo, finísimo, que es, desde mi punto de vista, el verdadero motor de su obra, sea cual sea su más aparente estandarte.

Decía que no nos hemos librado de nuestro interesado y dañino sectarismo poético desde el XVII hasta ahora; ejercido éste desde movimientos, manifiestos, revistas, periódicos, cátedras, editoriales, premios literarios, ect. Ahí están, por ejemplo, la dura disputa pública sostenida entre Iriarte y Forner en el siglo XVIII, la no menos agria entre Quintanistas y Moratinistas a principios del XIX… Nada cambió llegados al XX, todo lo contrario, porque tanto el Novecentismo como la Generación del 27 padecieron igual mal. Este último movimiento alcanzó el colmo de lo sectario y excluyente. Bergamín, dueño una finísima ironía, dijo (no es literal) que lo único que le faltaba al grupo para reflejar su verdadero sentido, era completar su nombre viniéndose a llamar Generación del 27, S.A. Sí, se trataba de una empresa multinacional, pues influyó mucho en todo el mundo hispanohablante, que cerraba puertas a quienes no comulgaban con su credo y en consecuencia no trabajaban por la religión que de él se desprendía. Es cierto que los países de América Latina no se libraron de estos pecados, pues como dice el refrán, hijo de gato caza ratones. Ahí están, por ejemplo, movimientos con vitola de endogámicos, como Los Contemporáneos en México, o grupos cerrados que se crearon alrededor de revistas como Orígenes en Cuba o Sur en Argentina; pero España demostró ser un verdadero ejemplo de cómo se podía hurtar a la poesía castellana su enorme capacidad para lo diverso, embudándola en una dirección no bien conjuntada en su fondo, ni tampoco en su forma, pero excluyente y totalitaria en cuanto a la nómina de sus actores; trazada a la medida de un grupo de poetas, intelectuales y empresarios, complacientes amigos los unos de los otros, que no siempre eran los mejores, pero sí los únicos que se promovían con cuidado esmero. Y no es que fueran éstos ajenos a los celos mutuos, ni que tuvieran igual talento entre ellos, ni siquiera que, como ya dije, manejaran similares sustancia y forma poéticas; sencillamente eran los dueños del balón y del campo, los únicos que jugaban a la vista de todos y marcaban goles. Goles que ahora el tiempo justiprecia, pero que en su momento coparon las ovaciones, dificultando el aprecio a la importante obra de algunos jugadores sin ficha.

El siglo XX español está cargado de intentos parecidos. Cada tendencia o grupo (se sucedieron muchas) pretendió controlar la charca, ya fuera para acicalar o torcerle el cuello a la fatigada y fatigante ave. Ultraísmo, Poesía Social, Postismo, Generación de los 50,  Novísimos, Poesía de la Experiencia, Poesía del Silencio, Poesía de la Conciencia y un largo etcétera; algunos de ellos, movimientos con vocación excluyente que trataron de acallar a sus “contrarios” en la medida que les fue posible, y al margen de los cuales tenían poco que hacer, más allá de levantar su obra en silencio, los poetas que no calzaban en sus Tablas. Especial mención merece la llamada Poesía de la Experiencia, que avalada por un radical cambio sociopolítico acontecido en el país, logró emerger con fuerza en los ochenta y levantar un emporio tiránico en los noventa que aún mantiene en buena medida. Sus miembros, como sucediera cincuenta años antes con la Generación del 27, S.A., lograron posicionarse en todos los estamentos útiles a sus ambiciones, y desde ellos ejercieron, ejercen un espurio reinado que lastra a la poesía en castellano por abajo y por arriba, obstruyendo las arterias de su tradición y secando las venas que deben irrigar su porvenir. No digo que no haya entre ellos buenos poetas, no es éste un texto de franca crítica literaria; digo que muchos hicieron y hacen todo lo posible para silenciar las voces que no vibran en su frecuencia, a las que tildan de desafinadas o anacrónicas según el caso, ayudando de esa manera a levantar entre los escasos lectores un gusto poético afín, incapaz de encontrar puertas para acceder a obras con otros cimientos, otras ventanas. Miren cómo lo explica Gabriel Cortiñas en el prólogo a una antología que reúne a varios jóvenes poetas españoles que ya se rebelan frente a la referida tiranía:
                       
“Recapitulemos: en las últimas décadas del siglo XX tuvo lugar en España el debate del que hablábamos, entre la poesía de la experiencia, que propiciaba una enunciación directa y llana de la realidad (como si hubiera una única forma de nombrar), y la poesía del silencio, más ligada al trabajo con la propia materia del lenguaje. El primer grupo logró consolidarse en el campo cultural, lo que relegó al trabajo menos invisible o marginal ––según el caso–– tanto a los poetas del silencio como a todos los que no comulgaran con aquel normalismo. En el intento de buscar una respuesta a la pregunta que formulábamos al principio (¿por qué no conocemos nada de poesía española actual?) podríamos llegar a pensar que los espacios en los que la poesía se hace visible habían sido ocupados por escrituras tan conservadoras que generó un doble movimiento: hacia adentro, cierta invisibilidad de todo aquello que no comulgara con el paradigma estético imperante, y hacia afuera, el natural corrimiento de la mirada hacia aquello último ––conocido extramuros–– que había tenido algo para decir…”

Miren cómo parece implorar su quiebra, Mercedes Cebrián, una de las poetas antologadas:

Oremos para que algo sueco o noruego
nos ocurra, se pose sobre el suelo y haga
brotar una segunda voz.

Sí, en los últimos cuatrocientos años, la poesía en castellano sufrió numerosos intentos de poda sectaria desde su centro, muchos de los cuales para su mal prosperaron. No han bastado para contrapesar este fenómeno los movimientos vanguardistas surgidos en América, como el modernismo, el indigenismo, el sencillismo, el nadaísmo, etc, casi siempre sujetos a similares taras. Tampoco han servido de suficiente contrapeso las enormes figuras que, como verdaderas ínsulas extrañas, han elevado nuestra poesía al nivel que merece una lengua con enorme y riquísima tradición, hablada por una décima parte de la humanidad. Hablo de poetas como Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén, César Vallejo, José Lezama Lima y Octavio Paz, por ejemplo, que con obras de importancia capital, hayan estado ellos mismos más o menos vinculados a los movimientos hegemónicos que afectaron a sus respectivas generaciones, lograron momentos cumbres para la poesía hispana; no suficientes, sin embargo, desde mi punto de vista, para frenar su crónico declive. Es cierto, como dijo Padilla a Zapata, que no se traduce la poesía en castellano en la misma medida que otras que debían ser sus homólogas, o incluso sus subalternas, si nos atenemos estrictamente a la potencia de su tradición y al número de personas que hablan sus lenguas-madre. Es cierto que, con honrosas excepciones, en el mundo no interesa igual la poesía escrita en castellano que la escrita en inglés, en francés, o incluso en otros idiomas europeos hablados solamente en sus países de origen.   

Pero el fenómeno descrito para la “Zona Centro” de nuestra poesía, tiene sus curiosas variaciones cuando desembarca en provincia. No las experimenté directamente en La Habana, pues aunque escribí poesía en los últimos años que viví en mi ciudad natal, no penetré en ella los ámbitos donde se cocían su ponderación y difusión. Sin embargo, experimento esas variaciones en Castilla, donde vivo y trabajo hace más de cuatro lustros, período en el que he escrito la mayor parte de mi obra y he publicado algunos poemarios. La actual Castilla hace mucho tiempo que es una provincia en lo referido a la actividad hegemónica de la poesía en castellano. No operan desde aquí los más conocidos doctores, amanuenses, mercaderes, notarios o registradores, aunque lo siguen haciendo grandes poetas, sobre todo si donde pusimos Castilla, ponemos ahora Castilla y León, dichosa prolongación para la poesía, porque es León tierra muy fértil en este sentido. Vaya mi especial reconocimiento a Antonio Gamoneda, en mi opinión, el mejor de los poetas vivos en nuestra lengua, perenne evadido de los turbulentos episodios de interesado gregarismo que mencioné antes, pues no lo ubico claramente en ningún movimiento estilístico, sometido a ninguna curia o claque poéticas.

En Castilla y León, o viceversa, resuena el eco de todos los movimientos que se dan en nuestra lengua. También en esta provincia lingüística se padeció y padece la tiranía de las tendencias poéticas hegemónicas más o menos excluyentes. Algunos de sus miembros, que no son necesariamente sus promotores o principales centuriones, nacieron aquí o aquí se avecindaron durante algún tiempo. Obviando los nombres más célebres que se afiliaron a movimientos ya históricos y lejanos en el tiempo, aquí viven y escriben, o vivieron y escribieron, muchos poetas que, según la crítica al uso, están o estuvieron adscritos a determinados grupos de más reciente constitución. Es el caso de Antonio Colinas, Miguel Casado, Olvido García Valdés y Juan Carlos Mestre, por ejemplo. Pero también hubo y hay poetas nada dóciles ante las tentaciones asociativas, que suelen preceder a las gregarias, cuyas obras son difíciles de encuadrar en tendencia alguna. Las hubo y las hay de muy diferentes generaciones y estilos. Son los casos del desaparecido Francisco Pino, del ya mencionado Antonio Gamoneda, de Jesús Hilario Tundidor, Antonio Piedra y Fernando del Val, por ejemplo.

Claro, Castilla y León, como toda provincia que se precia, genera sus propias escuelitas, tiene sus propios vicios, sus propios tiranuelos provincianos. Llama la atención cómo todavía resuenan aquí los ecos del 98. En una región que en lo social, cultural y económico, felizmente se empina para trascender la impronta de su postración tras la definitiva quiebra del imperio (cuánto me alegro de ello, porque aquí gravita mi cultura, viven mis hijos y quizás lo hagan mis nietos) todavía existe cierta propensión al abatimiento, algunas veces resuelto, si hablamos de poesía, mediante un ruralismo latente, combinado con un mal entendido quidismo que subyuga e inhibe. La cultura tiene una inercia enorme. Es así. El castellano, que según Ortega, “siente una secreta vergüenza cuando se sorprende complaciéndose en algo”, en alguna medida se aferra todavía a ese español que, en palabras del propio filósofo, “lleva dentro, como un hombre muerto, un hombre que pudo nacer y no nació”. En poesía esto tiene ventajas y desventajas. La búsqueda constante de la quintaesencia con una muy sopesada emotividad es algo positivo, pero cuando tal búsqueda llega a niveles que inmovilizan y atentan contra la línea de flotación de la imagen, se convierte en perniciosa, sobre todo si se pretende imponer a toda obra coetánea como única vía hacia la verdad poética.

Jiménez Lozano, uno de los intelectuales más penetrantes de Castilla, hablando de la variante carmelita de “la estancia española”, refiriéndose a lo que elude la celda teresiana, escribió: “Estos barroquismos ––como los estilísticos de la escritura–– son siempre caros y cortesanos, pero además son efectivamente imposibles de adaptar a lo verdadero, y la pobreza es siempre verdadera”. El mismo autor que sabe y escribe que la verdad no es más que una leyenda, que “la belleza es cosa de este mundo, y es papista”, sucumbe a la fascinante imagen de la santa y mística habitación, que alberga la igualmente santa y mística inhibición, porque atisba en ella una “belleza ausente” que “apunta a un sueño”. Este sugerente discurso, que trasciende el marco de la experiencia mística, y parece inducirnos a una extensión de sus valores de contención sensorial a todos los órdenes de la vida, todavía encuentra en Castilla muchas almas comprensivas y compasivas… Y está muy bien. Es difícil evitar la potencia sugestiva de esta imagen de santa renuncia. Yo mismo confieso que me interesa y ayuda, que poseo un alma cada vez más proclive a su influjo, pero con límites, y siempre en mi condición de pasivo esteta, no de activo poeta, pues me resisto a cederla mansamente al Sumo Guardián del Cero. 

También llama la atención cómo ese ruralismo quidista y remolón que aún late en la trastienda de Castilla, y por ende en algunos de sus poetas, encuentra puntos de contacto con la poesía oriental, en especial con la japonesa, gozándose sin cautelas en ello. Claro, se trata del culto a la inacción, a la comedida percepción de una realidad física subyugante, y a su también comedida descripción. El ya citado Ortega, que caló como nadie al castellano deprimido de principios del XX, apuntó: “No se debe olvidar que las razas occidentales, tomadas en conjunto, se caracterizan frente a la humanidad del Oriente por un rasgo común de entusiasmo vital”. No se debe olvidar, pero todavía algunos lo olvidan, peor aún, pretenden que lo hagan los demás poetas en activo para lograr el salvoconducto hacia la escueta geografía de una corrección pautada y pactada.

Entonces, si vemos que la poesía quidista y rural castellana quiere ser al haiku, lo que la estancia carmelita al tatami nipón, tal vez valga la pena esbozar una caricatura de ambos mundos psicológicos, exagerando sus rasgos más notables para arrojar claridad sobre la conveniencia o impostura de tal quimera. Veamos. El japonés no tiene que esforzarse en lo absoluto para no hacer, porque la inacción es lo “natural” en él, es su máxima ontológica. Pudiera pasar media vida sin salir de un espacio minimalista, enfrentado y abierto a la abundante naturaleza, sin desquiciarse por ello, participándola en plenitud desde la simple observación. Sin embargo, el castellano no hace con la intención de ajustarse, reprimirse, castigarse incluso. Su natural (occidental hasta donde lo permite el cristianismo católico) es obrante, y cuando diseña una celda como la teresiana, debe cerrarla a cal y canto frente a las tentaciones del paisaje humano y natural, para apoyar el refreno de su inclinación interior más íntima. La escasez militante de esta poesía castellana, cuando no es mera esgrima formal, es fruto de la represión psicológica, mientras que la del haiku deviene de una psicología reposada y relajada, con base en una pasividad de orden metafísico. El haiku fluye tranquilamente, donde la escasez castellana, que no se conforma siquiera con el aforismo, salta continuos obstáculos, que como tentadores cuajarones retórico-discursivos, dificultan y amargan su misión. Claro, dirán algunos, de eso se trata, debemos vencer esos obstáculos. Totalmente de acuerdo. Pero cuidado con la siega radical, no nos cortemos las piernas primero, para rebanarnos después hasta quedar reducidos a mero gesto. Porque una cosa es la escasez y otra muy distinta la exactitud. Ya mencioné a Jorge Guillén, dueño de una precisión envidiable, para mí uno de los poetas más necesarios de nuestra lengua, quien no soltó jamás la plomada y el nivel que se dejó Herrera en Valladolid, y con ellos aplomó grandes meridianos, niveló grandes horizontes sin renunciar a una imagen vibrante. La precisión, bienvenida; la inhibición vacua, académica y represora, no; sobre todo si se convierte en un arma en manos de los guardas provincianos, prestos a “limpiar” el escenario de “molestas transgresiones”, trabajando así, como también lo hacen los movimientos más hispano-céntricos, por una reducción interesada y penosa de nuestra poesía… Sí, en provincias también llueve sobre mojado.

Pitágoras dijo bien claro a sus discípulos. “No orinéis cara al sol, [pero] no cantéis, sino acompañados de la lira”. Lezama nos advirtió: “Todo fervor autodestructivo es frívolo”. Con el gran poeta habanero, “siempre me gusta recordar que sabor, sabiduría, sal, saltar, danzar eran para los griegos una sola palabra.” El estipendio de la abstención reprimida es la nada. El de la ruindad se expide en los ojos del olvido.



viernes, 18 de julio de 2014

Encendido alalá por las abejas

































Los antiguos creyeron que las abejas nacían de los bueyes muertos. Magnífica imagen. Tan seguros estaban entonces de ello, que algunos sabios explicaban por escrito a los ganaderos, en lo que hoy llamaríamos un Manual de Instrucciones, qué pasos debían dar para convertir los fibrosos cadáveres de sus bóvidos en enjambres con capacidad de dulzura. El error en origen no fue poético; se debió a la fallida observación de unas larvas que solían aparecer tempranamente entre aquellos despojos, cuya apariencia era muy similar a sus homólogas en el período larvario de las abejas. Pero debemos reconocer que ningún otro destino parece tan idóneo y feliz como ése para un cuerpo agotado después de una vida de ciego trabajo. Porque ni siquiera el consumo humano de aquella carne endurecida, digo más, ni siquiera su ofrenda a los dioses, abría perspectivas tan halagüeñas como su regeneración en miles de hacendosos insectos prestos a producir miel. ¿Supieron los primeros ganaderos-agricultores-poetas que las abejas son, además, importantes agentes de polinización, que son ágiles inductoras de la floración en plantas salvajes y domesticadas? No lo creo, pero ¿lo intuyeron…? Poco importa. Lo cierto es que sus bueyes, cuando no acababan en los saladeros y las ollas familiares, o en las hecatombes, donde se iba a medias con los dioses, lo hacían justamente en el umbral de la miel y la flor.

No resulta una noticia más que estén desapareciendo las abejas. Ya desaparecieron los posibles bueyes-madre a manos de los ingenieros, los veterinarios, y no tenemos a mano ninguna otra fórmula genésica para devolverle al reino animal esos miles de millones de insectos que, implicados en la sexualidad de las plantas, nos garantizan tres cuartas partes de lo que comemos. ¿Y la miel? ¿Y el turrón? ¿Y su maestría constructora? ¿Y su elevado orden socio-laboral? ¿Y su capacidad para el sacrificio, el martirio? (pierden medio cuerpo cuando pican y por eso mueren) ¿Y sus agallas? No se trata de una noticia cualquiera. Ninguna otra me asustó tanto en los últimos tiempos. No sé si podríamos prescindir de osos o linces (no lo hagamos, claro) pero ¿podríamos sobrevivir sin abejas?

La feromona de la cacharrería nos mantiene a merced de los poderosos, que como reinas de la colmena en que nos agolpamos, desde sus celdas reales promueven la proliferación de obreras; en este caso, mansas y empedernidas consumidoras de sus detritos. En tanto logran la perfecta máquina que ingiera impulsos electromagnéticos, abjure del color y perciba aromas en las flores de acero, nos hacen cómplices de su gula y nos comprometen con la progenie de los pesticidas. Miel sobre hojuelas… Las máquinas no necesitan abejas ni bueyes que las provean. Las máquinas no se medican con vivos productos del campo; no utilizan propóleo para aliviar sus infecciones, sus toses. Las máquinas se asean con aceites industriales o acetonas; no necesitan ungüentos melosos para hidratar su dermis.

¿Pero qué diablos nos pasa? ¿Cómo somos tan torpes, peor aún, tan obscenos? ¿Haremos bueno aquel refrán de Sancho: “no es la miel para la boca del asno”?  

Serían muchos los perjuicios que nos causaría la desaparición de las abejas. Los principales, insisto: la pérdida del más importante polinizador con que contamos en la naturaleza, con el consecuente empobrecimiento del medio que habitamos, de nuestra dieta; y también la falta de miel, uno de los productos naturales que más beneficios nos ha reportado desde que imperamos en el reino animal y evacuamos en el techo del mundo. Pero en este texto quiero terminar haciendo énfasis en la parte menos pragmática del asunto, esa parte que reside en nuestro imaginario, y siendo deficitaria en toda época decadente, nos pone a merced del bárbaro, que, siempre expectante detrás de nuestras sienes, persigue hoy las señales cacharreras, da juego a quienes creen poder prescindir, incluso, del propio género humano. Hablo de la memoria poética del hombre, llamada a resistirse. Porque, desde un humanismo militante ¿podríamos asumir y explicar a nuestros nietos que llegamos al extremo de propiciar la desaparición de las abejas? Malamente explicaremos lo que hicimos con los tigres de Tasmania, los orangutanes, pero ¿llegar a presenciar el exterminio de las abejas y quedarnos tan panchos? ¿Cómo explicarlo sin aceptar que deponemos armas frente a las máquinas?

La historia de la civilización está cargada de grandes torpezas medioambientales, pero el último hombre debía despedirse de su casa antes de que lo hiciera la última abeja, esto es, antes de que lo hiciera la última flor. Si no podemos frenar el descalabro de la cabaña apícola, inhibiéndonos ante el suicida impulso “civilizador” que lo acelera, no merecemos ni una pizca de dulzura en la historia por venir. Nos espera la parte menos dulce y humana de ella, seguro. Porque la ausencia de flor y miel puede ser para la historia mucho más devastadora que su abuso interesado, y éste ya lo fue en grado extremo… Recordemos lo que pasó a Roma en el umbral de su apogeo, el mismo que cimentó su quiebra. Recordemos qué aromas, qué "flores" importaron de Atenas los cónsules latinos, qué sustancia se untó Egipto para César y Antonio en el clítoris de Cleopatra.

Allí sobraron color y embeleso. Aquí nos jugamos más que su equilibrio. Está en juego el hombre. No el dios-buey que se regala estas pasiones a través de los insectos, de acuerdo; pero tampoco el asno que las desmerece, esperemos. Sencillamente el hombre, único animal de poética estirpe capaz de poseerlas, medirlas… Frenemos la extinción de las abejas. Ahora. De nada servirá que mañana nuestras “mentes más lúcidas” sepan constatar, certificar y registrar su amarga evidencia. ¿Qué puede importarnos, en un mundo sin flores, lo que capte el monóculo de los científicos?; esos seres tan útiles, pero también tan fáusticos, que orondos apuntalan el palacio mineral donde, incluso su mentor: el maléfico, el gran onanista universal, se aburrirá soberanamente, y sin tiempo para nuevos apaños, comprobará arrepentido que en el cadáver de su perro no asoman larvas que vaticinen mieles.


 
…no se puede contemplar la propia autopsia.
                                  Claudio Rodríguez




jueves, 10 de julio de 2014

Bachilleres





La geometría deja al espíritu como lo encuentra. Voltaire

Hasta aquí llega el discurso de los bachilleres.
No los leo, pero sus holografías abundan en los canales
que a veces participo para encargar caramelos. Ah,
qué pecado esa caída a lo dulse ––sí, con ese, ––
que despista, descentra su pineal silícea.
¿Quién ha visto, se preguntan,
condimentar así el agua para tan raros bueyes,
darles a comer amarilla polenta?
Los han enseñado a manejar una balanza
con un platillo vacío, digo más: hueco,
y otro cargado de una muda monserga.
Es la balanza que nivelan los maestros
poniendo a un lado Nada y al otro Todo,
pero que ellos, flamantes diplomados, alerdan;
y como no pueden detener su perenne oscilación,
con la cinta de su orla paralizan, amordazan.
Esto, los de letras, pero los hay de ciencias:
¿Cómo plantear una ecuación que baraja
hexámetros de Virgilio y conversos vallejismos?
¿Cómo arrimar a un solo comedero al perro de Píndaro,
al de Goethe y al Ángel de la Jiribilla?    
… Bachilleres cartesianos y falsos Guillenes,
la geometría deja al espíritu como lo encuentra.
Mis bueyes beben un agua marina
sudada por la tierra donde nació Empédocles,
hervida en el reverbero de Horacio,
bendecida en el cáliz de Agustín,
prueba de amor de Dante para Beatriz,
quien la dio a guardar a Dulcinea, cuenta Gracián,
cuando ya la habían bebido los leones de La Alhambra,
antes de que Góngora la volviera al mar,
la resudaran otras tierras de ron y mole,
la degustaran amanerados piratas franceses
que la vertieron en la mejor tina de san Cristóbal, para que,
filtrada por Casal, por Darío, la gozara Lezama
brindando por Empédocles…  
Es un agua redonda, no circular, que les calma la sed
y les alivia las patas cuando pisan adoquines.
La redondez no es dulce ni amarga,
no es mucha o poca, retórica o sobria.
La redondez, sencillamente, es. Y puede signar
la pupila de un pájaro que cante enjaulado,
o la del ojo rodante de Demócrito;
los testículos del toro que sumergió a Europa
en la cavitación de la historia,
o los que sobraron a Orígenes en uno de sus quiebros.
… ¿Quieren haikus en Belenes,
imágenes taxidérmicas?
… No hemos llegado hasta aquí, mis bueyes y yo,
para templar la mirada con colirios esplendentes,
para someter el pus virulento en que nos vamos
a la limitada píldora de las sumas abstracciones.
Desde las colinas llegan, no en trenes,
ni en bólidos, ni en cohetes o aeroplanos,
ni tampoco vía satélite, las preguntas de siempre
con sus respuestas de nunca.
Ni caligrafía, ni ortografía, ni diligencia o economía
interesan al Gran Poema para tragarse a sus hijos.
Se los traga cuando añaden
una pregunta manchada de tiempo ardido,
formulada en tempo ignífugo, con el vilo suficiente
para próximos envíos… Que hablamos de poesía.
… Entre sus bártulos cargo la plomada, el nivel,
el quinqué, la brújula, la escuadra, la maquinita láser
que purga papales falsos; otros útiles, virtuales o no:
un diccionario, otro, de sinónimos, otro, filosófico,
otro, el que más miro, de recursos fantasiosos,
un cuaderno de apuntes taquigráficos…;
pero no los uso ni abuso para levantar poemas
como Cristos impecables en un calvario alfombrado
hacia escuelitas seguras y enlatados dividendos. 
La flojera, si a pelo o en silla, nada cambia;
si en barricadas o salones, nada suma;
si intimista o bravucona, parca o regalada,
da lo mismo. No se arregla con maromas,
teoremas, sesiones diarias de calistenia silábica,
ni siquiera con lectura, relaciones…
El genoma en los caracteres no sustancia la verdad.
Aquí, bachilleres, la sustancia es poética,
la verdad es poética, lo demás, ustedes.


lunes, 7 de julio de 2014

No al desahucio del genio


































Nos equivocamos si achacamos a la actual crisis económica el enorme vuelco acontecido en el ejercicio de la profesión. La reciente parálisis inversora ha sido, sólo, un inoportuno catalizador. Inoportuno desde mi punto de vista, porque para quienes llevan la dirección de las obras demoledoras no pudo venir mejor. Las fuerzas que actúan detrás del fenómeno, y que constituyen su esencia, son portadoras del discurso dominante en la Episteme actual, marcada por la fascinación tecno-lógica, fruto del excluyente y perverso maridaje entre la ciencia experimental y la economía de mercado. Aquí obra el sempiterno conflicto entre dos pulsiones básicas de la humanidad: la cultural y la civilizadora, en las que se valoran de manera muy diferente el genio y el ingenio, el templo y la calzada.

Ya nos avisó Ortega. En el siglo XIX, perfecto escenario histórico para que alcanzara su colmo el sistema capitalista, se puso el mantel para la gran comilona del hombre-masa, que, yendo a lo que más interesa en este artículo, necesitaría y exigiría una arquitectura para todos. Y bien que lo hizo. Pero ¿sabía (sabe) el hombre-masa qué es la arquitectura? ¿Se puede exigir lo que no se conoce? Sí… lo realmente imposible es escapar al signo de los tiempos. A partir del XIX, sottovoce primero y a grito limpio después, se comenzó a llamar arquitectura a cualquier “conveniente” y convenido sucedáneo, porque los nombres importantes proyectan una generosa sombra, ofrecen gran cobertura a los conceptos cercanos, y si son requeridos por ellos, admiten un alto grado de invasiva confusión. Durante los siglos XIX y XX, no sólo cambió la forma de pensar y hacer arquitectura, sino también, y esto es aún más relevante, cambió lo que debía ser entendido como tal. La arquitectura tuvo que democratizarse primero y globalizarse después, hasta convertir su viejo nombre en un perfecto flatus voci. Lo que hasta entonces había designado el humanismo moderno como arquitectura, y tanto esfuerzo había costado equiparar disciplinarmente con otras artes, como la poesía, por ejemplo, estaba abocado a un dilema trascendental: o quedaba al margen del devenir histórico, condenado a romántica arqueología, o esponjaba el nombre y las tragaderas para seguir “sonando”. Entonces la arquitectura dilató su ámbito significante y acunó bajo su manto nominal a dos imprescindibles pero peligrosos subalternos: la ingeniería y la construcción, a los que terminó aupando hasta la gerencia misma del ejercicio profesional. Tal vez por eso es hoy la arquitectura un confuso escenario donde operan los peones como “maestros”, pues quienes debían ostentar la maestría están tan alejados de la cátedra de Vitruvio, como su formación del ideal clásico… Tenemos que reconocerlo: la arquitectura es ahora esa otra cosa que ejercemos los arquitectos; por lo general meros tecnócratas que “controlamos” una disciplina sometida a la construcción y la ingeniería primero, a la normativa y la jurisprudencia después; muy al margen ya del humanismo, bajo el influjo de un pensamiento parcelario y tendente a la estanqueidad de sus cubículos.

¿Y alguien contesta la conveniencia de que la arquitectura se haya democratizado? Yo no. La arquitectura debe servirnos a todos, sin duda alguna, pero no puede estar en todos los sitios, respondiendo a todos los programas sea cual sea el precio, sin verse forzada a un doloroso ajuste minimalista, pues exigida por la extrema masificación en múltiples sentidos, deberá resolver contra el humanismo, a favor de un discurso maquinal; contra el espíritu, a favor de una escueta y magra corporeidad. Se banalizará… No se debe llamar Haute Couture al prêt-à-porter, ni Alta Cocina al dónut, porque haciéndolo no somos más democráticos, sino más estúpidos. Insisto, la arquitectura ha de servirnos a todos, pero sólo dónde y cuándo sea posible. No porque habitemos aceptables maquinitas con agua corriente y un frontis más o menos grácil, amable, estaremos experimentando a diario la arquitectura. ¿Puede ésta aparecer y sorprendernos en una vaquería? Sí. ¿Y en un matadero? También. Sin embargo, ¿puede fructificar para el espíritu humano si éste se encepa y embuda hacia los más adocenados comederos? No.

Así las cosas, si cobijamos bajo el título de arquitectura cualquier obra que teche y emparede un predio para una actividad que lo requiera, eso sí, cumpliendo estrictas normas técnicas para proteger a los poderes públicos frente a posibles procesos judiciales, y de paso quedar igualmente protegidos, ¿cómo nos quejamos después de que pretendan ejercer la profesión constructores, ingenieros y abogados? Si plegados a una realidad que huye de la verdadera arquitectura como del diablo, formamos en las escuelas a expertos usuarios de programas informáticos, a meros conocedores de algunas herramientas de composición y técnicas constructivas, ¿por qué nos quejamos después de que pretendan emularlos quienes, por otras vías y con parecidos objetivos, han adquirido similares capacidades?

Lo que necesitamos no es menos arquitectura para más trabajo, sino más arquitectura para que sea imprescindible el trabajo de los arquitectos; esto es: insuflar a la materia que manipulamos el espíritu de un contexto espacio-temporal, socio-cultural y físico-ambiental humano, que sólo puede ser exitosamente intuido, conocido, sustanciado, ensanchado en la imaginación, conceptualizado y finalmente formalizado mediante el lenguaje arquitectónico, si con una vocación plenamente humanista. Esta visión es la mejor medicina contra el intrusismo. ¿Pero cómo desmontar ahora la ya centenaria obra dedicada al hombre-masa? ¿Cómo explicarle al majadero homúnculo que la arquitectura no es aquello que le vendimos envuelto en papel cartucho, para que llevara consigo a todas partes y disfrutara sin el menor esfuerzo, felizmente homologado al clásico ciudadano griego como por arte de birlibirloque? ¿Y quién se lo va a explicar, si los propios arquitectos no hacemos más que buscar un puestecito detrás del mostrador para envolver y vender el dudoso objeto a quien se deje?

El genio señala el temenos y concibe el templo en términos humanistas. El ingenio lo levanta y procura sus accesos… La pulsión cultural, conservadora y memoriosa, ha de ser equilibrada con la civilizadora, temeraria y ágil. Esto es normal, muy recomendable incluso. Siempre fue así. Pero no debimos plegarnos incondicionalmente al ingenio civilizador, porque es voraz y no suele detenerse una vez desatado, si no es bajo la acción de fuerzas altamente destructivas que porten la semilla de una regeneración capital... Y aquí estamos… El templo arriba, en ruinas, y nosotros de espaldas, transitando una perfecta y bien señalizada calzada, pero cuesta abajo…

Sin embargo, no quiero terminar en clave pesimista. Si bien andamos muy lejos de poder ejercer la arquitectura en plenitud, porque ni nos enseñaron a hacerlo, ni tenemos clientes que así lo demanden; si bien hemos equivocado la diana durante los últimos doscientos años, desgravando progresivamente la carga humanista de la arquitectura hasta encumbrar a su parodia; esta vieja madonna es tan generosa, tiene una periferia tan tolerante y extensa, que por fuerza nos hace inquietos y versátiles. Por lo general, resulta más fácil a los actuales arquitectos emular a los ingenieros que a los pensadores, pero están preparados para muchas cosas. Por eso no es extraño encontrarlos en la política, impartiendo clases, dirigiendo empresas, calculando estructuras, colaborando con arqueólogos, ejerciendo otras artes visuales, trabajando como interioristas, museógrafos, escenógrafos; dedicados a la crítica, la teoría, la historia, la música, la literatura, el teatro, la fotografía, el cine… Incluso alejados del ideal vitruviano, los arquitectos siguen siendo, entre los profesionales liberales, posiblemente los mejor dotados para reaccionar ante la falta del trabajo considerado como específico para su formación académica. Las crisis valen para muchas cosas. Ésta puso la guinda a un grave vuelco en el ejercicio de la profesión. Hay pocos encargos, y parecen más dirigidos a espíritus sumamente especializados y técnicos que a sus contrarios incluyentes, integradores y humanistas; pero quién sabe qué sorpresas nos depare la vuelta a un nivel inversor más alto. Sin ser muy optimista, me pregunto: este forzado vagar por los suburbios de la profesión, ¿nos expulsará de ella?, ¿nos instalará definitivamente en alguna disciplina periférica?, ¿o nos preparará para un regreso fructífero con orejeras menos agudas? Pueden imaginar cuál es mi deseo. Por eso me permito recomendar a quienes lo compartan: hagamos lo que hagamos en tanto vamos calzada abajo, dejemos ingeniosas piedrecillas que faciliten un posible regreso a la casa del genio… el templo, claro. Porque aun en ruinas, es la única edificación que todavía cobija. El resto es intemperie aunque el ingenio encienda la calefacción.