verso

"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

domingo, 14 de septiembre de 2014

¿Poesía social? Tiarnia, de Pentti Saarikoski




































Acabo de leer Tiarnia, trilogía poética de Pentti Saarikoski, recientemente publicada por la Fundación Jorge Guillén, traducida y prologada por Francisco J. Uriz. Me ha gustado mucho, sobre todo el tercer libro titulado Los bailes del Oscuro. Para mí, un interesante descubrimiento este poeta finlandés. Cae en picado, como pasa a tantos otros autores, cuando (con)funde burdamente poesía y política; entonces resulta prosaísta, barato, prescindible. Pero cuando levanta el vuelo por encima de las contingencias propias de la vida en la polis, que casi siempre se nos presentan con una gravedad impostada y tendenciosa, lo hace con verdadera altura. Esta trilogía contiene sus últimos libros, escritos mientras su militancia comunista desteñía ante las evidentes imperfecciones en la concreción del modelo, aderezadas con su notable inclinación al alcohol y la bohemia. Según el traductor y prologuista, siempre fue un militante heterodoxo. Pues, a última hora, su heterodoxia marxista parece tender a otra cristiana. A lo largo del libro es evidente este postrero trasiego de filias, cuyas contradictorias señales quedan recogidas en poemas de disímil valor. Pero por encima de todo, señorean en la trilogía los muchos momentos de alto vuelo poético, esos que justifican el esfuerzo editor y su lectura. Quiero recomendar este compendio de poemas, muy en especial su tercera parte, pero, como siempre hago si recomiendo un libro, pretendo abundar someramente sobre mi visión del mismo, en este caso, apuntando a esa cuestión tan traída y llevada en la poesía de los últimos cien años: su función o disfunción social.  

En el cuarto poema de “La pista de baile en la montaña” (primer libro) que puede tener varias y diferentes lecturas (ensayemos una de ellas) el autor anhela “ser un poeta cuya canción / pusiese las piedras en movimiento […] hiciese ir a los árboles andando hasta los carpinteros / que construyen casas para la gente”. Buenos versos, pero ¿la poesía regalando materia prima a los artesanos, casas al pueblo? ¿La poesía con un fin último utilitario, que sirve por igual a todos, pues por igual nos alivia o nos exime de esfuerzo? ¿La poesía que cambia el mundo, reclutando entregados albañiles de la palabra para que piensen y edifiquen extrapoéticos paraísos a expensas de los árboles? ¿Por qué no? Muchos firmarían este provechoso designio. Incluso quienes jamás leen un poema se sentirían cómodos en tal escenario. Ésos, los primeros.

Pero resulta que la mejor poesía jamás sirvió para estas cosas. Saarikoski bien lo supo al final de su vida. Por eso, incluso el citado poema, todavía temprano en su trilogía última, tiene ya un cariz escéptico y amargo: “Una pena insubstancial / es una carga pesada”. La poesía, como buena tratante de sueños, podrá encender en algunos de nosotros las ganas de que las casas surjan de los bosques, regaladas, para todos, que por igual las merecemos. (¿No es Dios precisamente el Poema que mejor persigue tal quimera, haciéndola posible para “los buenos”, en dimensiones creadas para puras almas?) Sin embargo, erramos si pensamos que es ésa la medida exacta de la poesía, su misma razón de ser. Porque en realidad la buena poesía podrá ayudarnos a conocer los árboles, el bosque, las casas, la ciudad; podrá ayudarnos a buscar nuestro sitio junto a ellos, a humanizarlos, a colmarlos de verdad poética, pero jamás mediará entre la Idea y su representación o reducción fenoménica, anulando a la primera, resolviéndola trivialmente hasta deshacerla en vías de una objetivación utilitaria. Y mucho menos lo hará de forma metódica, uniforme. Puede que el poema más paritario que hayamos escrito sea justamente Dios, y ya ven cómo se las gasta con quienes no quieren o no saben leerlo. Es decir, el buen poeta jamás llevará los árboles en fila, adocenados al aserradero; jamás los hará marchar encantados al taller del carpintero que los trocará en casas, porque el buen poeta no es un funcionario al servicio de los estadistas, ni un cómplice de los artesanos, no trabaja para El Pueblo al dictado de sus dudosos pastores. Él mismo es un pastor, sí, pero sólo de palabras.

La voracidad centrífuga de los períodos históricos que colocan el espíritu de su época por delante del alma de los hombres, para crear espacios donde quede limitado y normado todo lo concerniente al individuo en función de una preponderante estructura social, precisa y exige que la poesía se pliegue a su servicio. Nótese, por ejemplo, qué secundario papel otorgan a la poesía algunos de los más notables proyectos sociales utópicos. Una vez más recuerden qué proponía hacer Platón, siendo él mismo un poeta aunque renegara de ello, con esa curia de patrañeros en su República. El siglo XX, sobre todo en su primera mitad, participa esta voraz necesidad. Todavía hoy la llamada poesía social, que calza a la perfección en un programa partidista, o en un plan económico quinquenal, goza de buena aceptación en determinados medios políticos y académicos, donde se loan sin complejos su escaso pedigrí, sus fallidos avales. De poco le sirve a esta gente conocer las perversas metamorfosis “semidivinas” que ayudaron a redondear tales vocaciones poéticas en los últimos tiempos, por muy cívicas que hayan parecido en origen: Mussolini, Hitler, Mao, Stalin, Castro, por ejemplo. Aún en retirada, los poetas que han trabajado con esas miras, incluso los buenos, se lamentan con remolona pesadumbre. Lean estos inspirados versos de Saarikoski, también del primer libro:             

Incluso si el océano elevase todas sus olas
aunque los germanos se bebiesen el Rin hasta desecarlo
no podemos derribar el Imperio
mientras las aves de los bosques de Germania
canten Ave Caesar

Tiene mucha razón. El canto es de gran importancia en toda actividad humana. No se puede demoler o edificar contra él si ha calado en las almas obrantes… Aunque ya se nota aquí cierta segregación entre quienes cantan y quienes derriban imperios, el poeta sigue demandando de los primeros una militancia comprometida con los bárbaros, llamados a una (otra) limpieza general muy necesaria. Pero los mejores sólo cantaron Ave Caesar en el prólogo formal y negociado de sus obras, o sea, en su pliegue menos relevante. Quienes cacarean Ave Caesar en los últimos tiempos, lo hacen de memoria, y son los mismos que piarán Ave Atila si hace falta. Son a la vez los Hunos y los Hotros, como diría Unamuno. Entonces me atrevo a parafrasear a Saarikoski: no podemos derribar el Imperio, mientras muchos poetas cacareen o píen de memoria, sólo silben aire. Y en tanto esto ocurra, son muy necesarias las grandes y afinadas voces, que únicamente cantarán Ave Caesar si Julios, vestido de calle, se postra ante su canto madre, y promete no regalar al carpintero de Atila ni una sola rama de sus sagrados árboles. Que se la curre. Que se la labre…

Será inevitable la masiva tala. Los árboles, enfermos, aburridos de tanta cantinela se tambalean una vez más esperando el corte. La gente espera casas regaladas, levantadas sobre sus tocones. En ésas andamos… Muy bien lo vio Saarikoski a la salida “el humo buscaba su camino al suelo [pero] no se puede pretender que el hombre / baje las escaleras con la misma rapidez con que las sube. ¿Poesía social? No ésta, desde luego. Qué cascarilla almizclada genera, cuando degenera, el árbol palabrero.  
























domingo, 7 de septiembre de 2014

Insólito paseo









                               


                              Para Marisela, que todo lo merece  




Después de un par de semanas de intenso trabajo en las antípodas de la poesía, donde sólo pude leer de madrugada, ayer amanecí con muchas ganas de lectura. Estoy releyendo con calma a Proust, pero no era su mundo (lento, microscópico, preciosista, finamente psicológico) el que se avenía al estado de ánimo que entonces me embargaba. Opté por un gesticulante Quevedo. Releí una antología de su obra y luego me metí de nuevo con el Poema heroico a Cristo resucitado. Cuando hice el primer descanso para el segundo café de la mañana, me llegó a través de una red social (gracias, Lisette) un espléndido vídeo publicitario. Música que nos conecta con las ballenas. Escueta pero rotunda obra de arte para vendernos una empresa de telefonía. Qué nivel artístico… Hay publicistas realmente talentosos.

No soy nada receptivo a la publicidad neta, pero sí, mucho, al arte que a veces la acompaña y sustenta. A menudo recibo y agradezco de manera continuada un buen mensaje publicitario sin tener la menor idea de qué vende. Lo siento, pero si las empresas que se anuncian con calculada estrategia dependieran de gente como yo para rentabilizar su inversión, estarían perdidas. A estas alturas, jamás compro nada que no necesite con urgencia, y cuando lo hago huyo de los mensajes publicitarios en lugar de atenderlos. Sí, sí, tal vez crean que trabajan bajo cuerda en mi subconsciente. Puedo admitirlo si se quedan tranquilos, con tal de que se esmeren con el nivel artístico de su producto, pero a ustedes les aseguro que todos mis estados psicológicos están blindados para esas solicitudes. Vivo en una suerte de Atapuerca comercial.

Sin embargo, el referido vídeo es tan bueno, que después de compartirlo en la red, lo vi y escuché repetidas veces. Lo hice de varias maneras, también prescindiendo alternativamente de la imagen o el sonido. Y esto me sacó un buen rato de Quevedo para llevarme a Schönberg, Stravinski, Schaeffer… Cerré el libro y estuve escuchando música atonal, dodecafónica, serial y concreta, cosa que hago en contadas ocasiones, y que para nada hubiera intentado ayer de la mano del poeta barroco madrileño, sin la irrupción de la dicha invitación publicitaria… Qué buena su fotografía. Qué apropiada su música. Y no sólo por el timbre de los instrumentos utilizados que buscan dialogar con las ballenas de tú a tú, en su propia lengua; no por las frases musicales que pretenden lo mismo, sino, y especialmente, por el tratamiento del silencio, por la sabia incorporación de los sonidos maquinales y naturales, cuyo colmo sobreviene con la respuesta cetácea.

Entonces pienso, me pregunto: la vanguardia musical del XX, que en su momento contestó el supuesto agotamiento de la teoría musical clásica, su aparente incapacidad para poner sonido a los rotos de un mundo moderno tendente a postmoderno, ¿está especialmente indicada para reorientar nuestra comunicación con los grandes mamíferos marinos? Bueno, el canto de los grillos ralentizado suena a coro celestial, las gallinas parecen disfrutar a Bach porque ponen más y mejores huevos con su música al fondo, las vacas escuchan jazz con verdadera fruición, ¿por qué no iban las ballenas a tener estilo propio? El acierto de estos publicistas es enorme. Las ballenas entienden la música del XX. Por eso responden con entusiasmo. Y este descubrimiento, ya verdad poética, tratado con un altísimo nivel artístico, no sólo sirve para proponernos (vanamente, en lo que a mí respecta) la compra de unos servicios de teléfono, sino para mover en nosotros poesía.     

Ya ven qué caminos tan raros nos ofrece el arte. Comencé con unas ganas enormes de leer, descarté la fina literatura francesa porque necesitaba meneo, fui al barroco castellano para servirme; entonces me propusieron comprar una línea telefónica, pero lo hicieron con tan alta y acertada gracia, que me empujaron a la más radical vanguardia musical del pasado siglo; estuve escuchando a sus capitanes un buen rato, hasta que el placer rozó al desasosiego y se renovaron mis ganas de Quevedo… Entonces, allí, de vuelta a su Poema heroico… doy de nuevo con estos estupendos versos: “fiera y horrenda en la primera puerta / la formidable Muerte estaba muerta”. Regreso corriendo al vídeo. En él la vida chorrea… Ahora (por qué no hacerlo) escribo. ¿Se puede pedir más? Que vivan las ballenas, los artistas que las (y nos) entienden; la poesía, a cuyas puertas “la formidable Muerte”, por más que tuerza y retuerza, quiebra. 

Mientras daba el insólito paseo, mi mujer me requería para trabajos otros. Hay mucho que hacer en una casa. Como si Goethe me recordara: “La mano que el sábado maneja una escoba es la mejor para acariciarte el domingo”. Pero aquellas ballenas musicales… Perdón, cariño. Al fin y al cabo, la mano que el sábado evita la escoba para templar la lira, te hará creer el domingo que el mundo, recién terminado, está limpio.


Aquí les dejo unos enlaces por si quieren probar parte de mi paseo