verso

"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

miércoles, 22 de octubre de 2014

Los pájaros de Joaquín Badajoz







                                              

























                                          

                                          El ignorante duda poco, el tonto aún menos, el loco jamás.

 Charles Renouvier


    El oficio de las islas es
    permanecer después de los ciclones.
             
                  Joaquín Badajoz



Acabo de releer con gran placer el último compendio poético publicado por Joaquín Badajoz, titulado “Passar Páxaros, Casa Obscura, Aldea Sumergida” (Colección Pulso Herido, Editorial ANLE). Se trata de un libro que reúne poemas de diferentes épocas, aunque todos escritos hace más de una década, pues el Cajón de Joaquín es tan recoleto y prudente como el de Horacio, cosa muy poco vista en estos tiempos. La introducción al libro, firmada por el propio autor y titulada “Les entrego el más peligroso de los bienes”, una suerte de sucinto memorándum poético, nos da la medida de cuán delicadas, incluso graves, resultan para el vate pinareño la escritura y la publicación en  poesía. Joaquín es un poeta cargado de argumentos, al mando de una sustancia poética extensa, varia; y, como no es ignorante, tonto o loco, sino todo lo contrario, duda… En esa duda capital, cuyos veneros se hunden igualmente en la ética y la estética, está la garantía de una poesía que no cejará en indagar sus límites, y por ello importará siempre. Dijo Wittgenstein, trascendiendo como pocos otros el ethos aristotélico, “este arremeter contra los límites del lenguaje es la ética”. Y sabiendo que para el pensador austriaco, ética y estética vienen a ser lo mismo, o al menos astillas de un mismo palo: lo indecible (qué fértil territorio para la imagen), añado: si el poeta, como es el caso de Joaquín, posee y gobierna un hondo impulso ético-estético, que lejos de complacerlo con la cosecha agraz, lo enfrenta sin cesar a los límites de la poesía, a sus propios límites; si además está dotado para gestar y gestionar grácilmente la imagen, la verdad poética emergerá sin dudas; aunque recatada, poderosa.

Las dudas de Joaquín frente a su poesía, frente al importante poeta que ya es, quedan claramente expresadas a lo largo de la referida introducción, pero emergen con especial rotundidad en dos momentos muy distintos del libro que evidencian un dilema sustentador, garante de vitalidad poética. Primero nos dice: “el poeta debe ser, como el hombre religioso, una criatura escrupulosa, que busca la perfección trascendente”. Sin embargo, después señala en tono acusatorio al mismo poeta como un “animal domesticado, lobo reducido a perro/ que aúlla cuando pasa un escorpión”. En Joaquín se debaten internamente muchos “invitados”. De un lado los graves. Del otro los gráciles. Yendo tras la “gravedad alegre” enunciada por Lezama, tiene mucho trabajo con los unos, que miden y pesan “la imagen y su reverso, la palabra”; pero también con los otros, que son como “caballos rabiosos que muerden las amarras”. Vaya pugna. Cómo nos enriquece a los lectores. Cómo debe doler al autor. Tras él, insisto, faenan varios poetas igualmente potentes: el cantante, el erudito, el culto, el pensador, el inteligente, el inocente… Y claro, lo difícil es ponerlos de acuerdo a todos para que sea siempre el mismo quien recoja, pondere, filtre y traslade al poema lo que dictan los demás, que han de ceder su protagonismo, aplacarse, amalgamarse en aras de la perfección. Ah, ni que esto fuera fácil… La poesía de Joaquín es ambiciosa y compleja; son muchos sus “demonios”. Quienes escribimos poemas, sabemos cuánto se padece persiguiendo al necesario exorcista. ¿Cómo encauzar, formalizar tanta sustancia? ¿Cómo hacer el regalo sin dejar el precio a la vista? Son éstas algunas de las obsesiones que seguramente abrumen al poeta. Es duro, muy duro. Su poesía está cargada de pensamiento, de referencias, de música; y tiene además dos fuentes igualmente ricas: la vital y la libresca. Es compleja, sí, pero, afortunadamente, nunca resulta complicada (aquí me acojo a la excelente distinción lezamiana entre lo uno y lo otro. Recuerden: “está el complejo en sobreaviso para las órdenes del ángel; se adormece el complicado entregándose a las insinuaciones de la serpiente”). En adición, se trata de una poesía que jamás desatiende la imagen. Su tono lírico es alto, y se sostiene uniforme amén esas apariciones esporádicas y ligeramente sobradas de algunos de los “aforados” del poeta.

Bueno, dicho todo lo anterior, podrán intuir que estoy encantado con la poesía de Joaquín. La suya es una voz auténtica, perfectamente distinguible, que saldó deudas con los maestros y viaja con sobrepeso (el propio; qué bien, estamos rodeados de tantas poéticas deficitarias) pagando el precio que haga falta por ello en las agencias low cost. Es una poesía actual, que, sin embargo, tiene vocación universal, atemporal, clásica, y a su través gravita para entrampar al tiempo, forzarlo a detenerse y tomar nota de lo que ocurre en esta curva rápida, tramposamente desangelada. Una poesía que equilibra tradición y vanguardia, que nos ensancha y place, que nos explica. Sin dudas opuesta a esa otra, tan frecuente hoy en castellano, donde la levedad, pueril cortada para lo trivial y sobrante, campea sin rubor; más aún, pretende aislar y desconocer lo que excede su magra palabrería.

“Sostengo la nada como una esfera fría,/ hundido en su espesor tirito”, nos dice Joaquín, sabedor de que sólo la tiritona y la duda lo mantendrán vivo, útil para los demás frente a la oscura boca del lobo. Temblando, con una fértil destemplanza frente al fuego que alumbra y quema; dando fe de que el lance tiene sentido, de que precisamente por ello, aunque “una casa nunca fue más que una hoguera/ […] nos empeñamos en levantar paredes, en poner un techo”. Todavía poco conocido, especialmente en España, incluso a-islado con relación a los más “doctos” bisuteros de la poesía actual en castellano, Joaquín y su obra serán cada vez más necesarios. Y quedarán, seguro, porque como dice el propio poeta, “el oficio de las islas es/ permanecer después de los ciclones”. También, digo yo, después de la calma chicha (a su pesar, en su contra) anunciando una escala propicia para brisas reparadoras; las que impelen a los pájaros que pasan, pero asimismo a los que posan; y aunque excreten, picoteen la fruta, mermen el grano y partan, para nosotros cantan.



















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