verso

"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

miércoles, 22 de abril de 2015

Breve elogio a la danza






Mi amigo Jorge Sánchez, bailarín, coreógrafo y director de la Academia de Baile vallisoletana “Danza Abierta”, me pidió que hablara esta tarde para personas que se han juntado aquí con la única intención de ver bailar. No sé si acertó al hacerlo, pero, por si acaso, seré breve.

Hoy los aprendices de la dicha escuela bailarán en público para celebrar el próximo Día Internacional de la Danza. No soy proclive a este tipo de efeméride, lo confieso, porque la danza, como cualquier otro universal, es un vehículo de humanidad, está por tanto implícita en la condición humana; es, o debía ser, cosa de casi todos los días. Pero si tal recurso (la efeméride formalmente instituida, digo) sirve para atenuar en alguna medida nuestra creciente apatía por los asuntos que más importan, bienvenida sea.

El hecho es que, motivos más o menos espurios aparte, hoy nos reunimos para hacer algo que hicimos desde que la especie enfiló hacia la vida en sociedad y se constituyeron los primeros clanes, las primeras tribus: bailar y ver bailar. La danza es la consecuencia directa de nuestra capacidad para experimentar el ritmo. Nunca se conoció grupo humano, prehistórico o histórico, cuyos integrantes no fueran capaces de sentir el ritmo con que la naturaleza late en todas sus facetas; de (re)producirlo con menor o mayor complejidad, de bailarlo. ¿Sería concebible que seres con posibilidad de sentir y (re)producir el ritmo, no terminaran bailándolo?

La danza es la concreción formal de una pulsión primaria, que, gracias a nuestra necesidad de (y capacidad para) manipular la naturaleza, se convierte en algo sobrenatural, artístico. En términos estéticos, se trata de ejercer la libertad dando forma a algo que todavía no la tiene, animando a un cuerpo (individual o social) que llega a moverse armónicamente, y cuyo movimiento propicia una pautada y perfecta síntesis entre tiempo (medida-intervalo-ritmo-duración) y espacio (medida-intervalo-luz-extensión).

Hablamos de un lenguaje artístico, con sus signos, su vocabulario, su gramática, su poder para crear un discurso simbólico; y de ahí, su alta capacidad para comunicar contenidos humanos. Pero este lenguaje no tiene una base netamente productiva, sino mágica. Puede que en sus orígenes, la danza acompañara a cazadores, guerreros, agricultores y ganaderos durante sus respectivas faenas, pero lo que ya no admite dudas, pues se comprueba en los pueblos que todavía viven al margen de nuestra civilización, es que antes y después de que tales actividades se llevaran a cabo, servía para que sus artífices, (danzantes ellos mismos, guiados por sus sacerdotes) se encomendaran a los dioses o celebraran sus dádivas. Además, y esto es fundamental, la danza también valía para unirlos en un rito colectivo: socializarlos. El hombre siempre danzó en grupo, y así canalizó estados emocionales altamente empáticos que lo hicieron cada vez más hombre.

Entonces, nos reunimos hoy para concelebrar un rito tan antiguo como la especie misma: hacer y ver hacer algo en apariencia improductivo, pero que entronca directamente con nuestra alma. Estamos aquí porque somos animales especiales, raros… Sí, somos artistas. Y no sólo percibimos la realidad por vías sensoriales, con su poderoso ritmo interno, sino que podemos manipularla, incluso bailarla; esto es, dotarla de dimensiones humanas: exteriorizarla (re)formada. Podemos imaginar, y haciéndolo, creamos realidades suprasensoriales, más complejas, pero también más convenientes que las regaladas por la naturaleza.

La técnica, que, aún en progresión, nos mostrarán estos jóvenes bailarines, créanme, es aquí lo que menos importa; resulta muy necesaria, claro está, porque articula y hace legible el lenguaje que han escogido para expresarse, pero lo es sólo como un medio para alcanzar el fin deseado: dar fe de su resistente humanidad; retar al tiempo, forzarlo a pausarse, detenerse; poner un alto precio a la vida frente a la muerte, que se ceba con lo animal, pero pávida huye del relato humano, marcado por su indómito imaginario.

Al verlos bailar olvidarán, seguro, la pueril excusa que hoy nos convocó (todos los días son igual de buenos para bailar). Entregados participarán una manifestación arquetípica de nuestra esencia humana, ofrecida a lo largo del tiempo en una única y extensa obra que de continuo muda momento, escenario y forma, para, perennemente actualizada, durar lo que nosotros mismos.

En esta confortable sala no vemos la luna, no tenemos a mano una hoguera ni una piedra sagrada, pero somos mujeres y hombres: animales sociales, memoriosos, capaces de imaginar, de crear escenas mágicas al margen de lo meramente perceptivo. Hoy, aquí, a cubierto, la memoria y la imaginación suplirán una vez más luna, hoguera y dolmen. Todos somos artistas porque de alguna manera recibimos, incubamos y testamos la total heredad de nuestra especie. No importa que hayamos asumido frente al arte una actitud más o menos activa. Todos somos potenciales danzantes, y casi nunca, a la vista está, danzamos solos.

Muchas gracias.


miércoles, 15 de abril de 2015

En la boca del lobo. Poema y poeta







Hace unos días, el poeta Félix Anesio compartió con sus amigos aquel texto de Witold Gombrowicz: “Contra los poetas”. Hacía tiempo que no lo leía. Lo hice por primera vez hace más de veinte años. Entonces alguien me lo pasó con la intención de que revisara mi ya severa inclinación a la poesía. Sigue vivo este texto. Tal vez porque está lleno de contradictorios y perseverantes agujeros, de inquietantes apuntes… Pensé contestarlo en prosa, pero luego lo reconsideré: ¿A estas alturas vale la pena? Además, puede que la mejor forma de responder algo así, sea con un poema. Mientras más corto, mejor. Si apartamos lo anecdótico, estoy en desacuerdo con este hombre en casi todo lo que dice. Su noción de realidad es estrecha, radicalmente deficitaria. Sus carencias en Estética son notables. Su positivismo con raíces baconianas suena hoy muy trasnochado. Pero lo que más me llama la atención es lo mal que distingue entre poeta y poema, entre poesía necesaria y barata, entre poetas útiles y prescindibles. Cómo lo ensarta todo este hombre a la misma cuerda… Qué grueso el trazo para venir de alguien que, según él mismo dijo, temblaba con Shakespeare, Pascal y las puestas de sol. En fin, escribí esto:
 


Poema y poeta


                       “…a casi nadie le gustan los versos…”
                                              Witold Gombrowicz


                                            “Toda cosa tiene dos asas:
una por la que es llevadera y otra por la que no lo es.”
                                                                 Epicteto


Otra vez
el poema desplegó sus asas.
(La una informe. La otra no.)
Buscaba un agente desequilibrante
que lo introdujera, vivo,
en la boca del lobo
para de nuevo retar al tiempo,
ponerse a prueba,
actualizarse.

Durante años esperó.

Muchos tiraban del asa formada
(perfectamente reconocible)
y nutrían a la bestia,
pues la sustancia poética, manida
vertía en su gaznate, tibia
capitulaba en su buche.

Sin embargo, cuando el preciso operario

tiró valientemente de la informe,
(qué loco, con lo que impone la brutalidad)
el poema se hizo liana en la garganta del cánido,
palo atravesado en sus fauces.

A casi nadie le gustan los versos. Quizás.
Pero todos entraban y salían del oscuro foso
con sus pequeñas linternas.
En él jugaban protegidos
por el puntal maestro,
similar en sustancia y forma
al báculo de los dioses.

El poeta apenas sabe lo que hizo.
¿Intuir el asa buena?
¿In-formarla a tiempo?
El poeta apenas es un contingente medio.
Sólo el poema resuelve
(provisionalmente)
en ese agujero atroz.

No el poeta, Witold,
el Poema.


lunes, 6 de abril de 2015

Serena apoteosis de la vulva





Hace más o menos un año, di en Internet con la viva recreación de “El Origen del mundo” (Courbet) hecha por Deborah de Robertis en el museo D’ Orsay, Paris: La artista llega a la sala donde se expone el cuadro, se sitúa de espaldas a él, de cara a los espectadores, se sienta en el suelo y abre las piernas mostrando su vulva. Para hacerlo con total rotundidad, añade un recurso hiperrealista: no sólo busca la perspectiva perfecta y determina con sus muslos el campo visual hacia la embudada “diana”, sino que se ayuda con las manos para abrir y sujetar sus labios (menores y mayores) haciendo visible el “pórtico” en su integridad, acentuando su dramatismo: rosa contrastado sobre el fondo negro que ofrece el abundante bello púbico.

Aquella recreación me impresionó con especial contundencia. Pero entonces preferí no compartir la impresión, sino dejarla reposar, pues pertenece a esa clase de aprehensiones artísticas, que, justo por serlo, nos marca sin que sepamos dilucidar con claridad el porqué. En tales casos, es mejor dejar que el tiempo cribe lo percibido, para que la razón, tan propensa a (y necesitada de) la abstracción discriminante, pueda entretenerse especulando.

Hoy, lo confieso, tengo uno de esos días terribles que sólo el arte potente puede enmendar en alguna medida. (¿Qué mejor que una obra de rotunda humanidad para aliviarnos, cuando el escepticismo roe sin miseración?) Por eso echo mano a este vídeo, que no había vuelto a ver desde entonces. Ahora, sin embargo, no sólo lo veo y disfruto nuevamente, también le busco la quinta pata al gato y la propongo a mis lectores: la búsqueda, quiero decir, no la pata, pues en el arte las patas son siempre visiones de maltrechas alas. Cuando el arte se apoya del todo, se amodorra, se convierte en otra cosa. Y en este caso, créanme, mientras más patas, peor.

Entonces, ¿qué interés tiene lo que pueda comentar al respecto? No lo sé. Sospecho que ninguno frente a la obra de Deborah en términos absolutos. (La artista es ella, y, en esta rara ocasión, también la obra de arte; yo sólo represento a una parte del agradecido público) La crítica siempre tiene un valor muy relativo… Pero tal vez pueda acercar su propuesta a más gente. A ésos, para quienes una vulva convenientemente puesta en escena, deja de ser (sólo) un órgano del aparato reproductivo femenino, un lascivo agujero o un portón para expulsar animales, convirtiéndose en el creíble origen del mundo.

Y es que, claro, no asistimos a una clase de biología o anatomía, a una escena pornográfica, a la consulta de un ginecólogo, a una sesión de simple modelaje artístico; tampoco a un burdo palimpsesto. Aquí la artista (y obra de arte a la vez) recrea un antecedente con la intención de ofrecernos una otra dimensión muy distinta del mismo, una forma actualizada para la misma sustancia. Si bien dice con Courbet: “Yo soy el origen. Yo soy todas las mujeres”; abunda por su cuenta y riesgo: “No me has visto. Quiero que me reconozcas”.

Se trata de una obra extremadamente verista.

Si bien es cierto que ya Courbet asignaba al sexo de la mujer un papel genésico, subversivamente adánico, y que su cuadro parecía anunciar los más complejos partos del XIX: Marx, Bakunin, Nietzsche… también lo es que todavía permanecía enrocado tras unos muslos que no se desplegaban hasta el total desasimiento. El agujero original de Courbet, amén de ser una representación inanimada y en dos dimensiones, no se resolvía del todo, ni hacia dentro, ni hacia fuera. Aquella vulva y su protegida vagina eran todavía pura potencia. Ni el realismo decimonónico más militante, ni siquiera el Paris comunero, lograron desvelarlas (abrirlas) hasta la más explícita concreción artística: su serena apoteosis.

Deborah retoma el asunto y lo actualiza. Lo hace en la época de la pornografía al alcance de todos, de las ecografías y las resonancias magnéticas, de las cámaras superlentas, del microscopio atómico y el acelerador de partículas… ¿Cuántos secretos puede tener una entrepierna o una vulva humana a estas alturas para nosotros? Muy pocos, si en los planos científico, escatológico, pornográfico. Muchos todavía, afortunadamente, si en los planos filosófico o artístico. Justo para contestar la pretendida suficiencia científica que nos tiene por simples máquinas biológicas (casi biónicas), los atávicos restos del viejo patriarcado, la banalización de lo humano que nos conduce, por una parte, a lo pornográfico, y por otra, a la inteligencia artificial, la obra de Deborah es más necesaria que nunca. Su vulva entra en escena milagrosamente a tiempo.

El verismo mal llevado puede tender y muchas veces tiende peligrosamente al panfleto. Pero el bueno, a lo largo de la historia cumplió siempre una función equilibrante y regeneradora, higiénica. En los momentos en que más nos jugamos, un tirón sensorial, como reafirmación de nuestra animalidad, premisa indispensable y antesala de nuestra humanidad, no sólo es conveniente, sino imprescindible. Asimismo lo es el enfrentamiento más descarnado y directo con nuestro ser social y sus manifestaciones menos edificantes en términos ideales. Ahí están para demostrarlo, por ejemplo, la comedia clásica griega, el ajuste antropomórfico y humano de la escultura helenística, buena parte del arte vernáculo romano (véanse los murales de Pompeya), la poesía burlesca del renacimiento y el barroco (Aretino, Quevedo, Góngora), buena parte de la pintura del XVII (Velázquez, Rembrandt…) el verismo del XIX (Goya, Balzac, Zola, Verga, Tolstoi, Dostoyevski, Pérez Galdós, Verdi, Bizet, Puccini, Mascangi, Leoncavallo…), el neorrealismo italiano del XX…

La obra de Deborah es verista, pero no barata. Tiene todos los ingredientes necesarios para proponernos el puntual regreso a un humanismo redentor: sólidas referencias, magnífica puesta en escena, lenguaje poético, y gran capacidad para desconcertarnos merced a un discurso polivalente en términos semánticos y semióticos. La artista no aparece desnuda o descuidada, sino moderadamente maquillada, con el pelo recogido, y vestida de color dorado para dialogar con el marco del cuadro de Courbet. No asume una posición grotesca o vulgar. En esto es más clásica que el pintor francés, pues obedece a la simetría de su cuerpo y perspectiva el camino a su vulva con la perfección de un Kubrick. No coquetea con la moda o la banalidad que imponen los cánones de la belleza femenina actual. No se rasura. Ofrece la vulva perfectamente protegida por su bello púbico, como ya dije, acentuando el dramatismo cromático de la composición, pero también su profundidad, apuntando además al enigma que comporta el negro (la oscuridad) sobre todo en casos como éste.

Estos no son detalles anecdóticos; son los que distancian la obra de la mera pornografía y la asimilan al Arte. Hablamos de una vulva, sí, pero también, y especialmente, de la Vulva: puerta de entrada para el semen genitor, de salida para el maravilloso engendro; el órgano-puerta, el que recibe la semilla vital, el que nos impulsa (o expulsa) a la vida. ¿El origen del mundo? Bueno, es una forma verista, poco idealista de llamarlo, pero muy creíble.

La vulva de Deborah, que completa y colma la que anunció Courbet en aquel célebre cuadro, por obra y gracia de su excelente puesta en escena, es ahora la Vulva. Por ella nos dimos todos a la vida. Somos, a fin de cuentas, carne para médicos disparada hacia la eternidad por sacerdotes ebrios. No somos máquinas. No queremos serlo. En ese agujero negro con su pórtico rosa podemos reconocernos. Lo hacemos. Por ahí salí yo, con permiso de mi madre. Por ahí entro a lo desconocido. Pero antes me detengo, firmo el libro de la especie, y, una vez más, repito con Lezama: “Ah, oscuridad, mi luz”.