verso

"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

lunes, 17 de agosto de 2015

Recuerden






Hace unos días, en vídeo y a través de una red social, di con la puesta en escena de “In Memoriam”, magnífica obra de Sidi Larbi interpretada por el Ballet de Montecarlo, con la actuación protagónica de la que fuera su primera bailarina durante muchos años: Bernice Coppieters, y la participación especial (voces en directo) de A Filetta, ese estupendo coro corso.

Nada mejor para experimentar vivamente el influjo de la memoria genética. No de la biológica, (Lamarck / Darwin) sino de la psicológica, cuyas primeras referencias teóricas me llegaron a través de Jung. He visto y escuchado este vídeo un número de veces que callaré por rubor. Y es que remueve en mí algo que no puedo explicar del todo, que me desactiva en tanto mero sujeto sensible, para devolverme a un estado de primitiva inconsciencia: allí, donde al parecer me abarca lo que Jung llamó la “imagen primaria heredada (…) algo previo a toda experiencia y [que actúa] por encima de ella”. Nunca antes participé una obra parecida, y, sin embargo, siento que ésta me colma en todos los sentidos, me contiene y habilita. ¿Por qué? “El hombre lleva siempre consigo su historia toda y la historia de la humanidad”, decía Jung; y añadía: “todo lo antiguo de nuestro inconsciente presupone porvenir”. “In Memoriam” debe movilizar mi psicología primaria y arcaica con sus múltiples sedimentos. Y por el flanco menos bestial de la filogenia, el que atañe a la costra psíquica, al parecer logra conectar con lo más fantasioso y estructurante de mi inconsciente. Cuando escucho esta música creo saber quien soy (fui / seré). Cuando veo danzarla de esa manera, llego, incluso, a gustarme.

Pocas expresiones artísticas, cultas o populares, resultan tan hondamente mediterráneas como las canciones tradicionales corsas. En estas maravillosas “salmodias” parecen cantar a un tiempo todos los pueblos que tuvieron y tienen que ver con la gran alberca del mundo; esa que nos definió y caracterizó, donde cuajamos comerciando, guerreando, compartiendo deidades de muy diverso tipo durante miles de años. Claro, por Córcega pasaron etruscos, fenicios (tirios y cartagineses), griegos, romanos, vándalos, bizantinos, pisanos, aragoneses, genoveses, longobardos, francos… Esta isla obtuvo (y retuvo) de todos ellos (también de los más continentales) la verdadera esencia mediterránea, dada en la imagen que integra el fuego eterno y la divina olla dispuestos a compartir el espacio-tiempo ad infinitum, confabulados para cocer, con su justo punto de sal, el pródigo mejunje.

En estas voces complejamente amalgamadas, parecen resolverse de una vez las legendarias diferencias entre tirios y troyanos. Así podrían haber sonado David y Eneas si hubieran celebrado cantando a coro las intenciones que tuvo Dido de abolir los distingos entre ambas facciones. De un lado, la tradición semita y persa, del otro la grecolatina, tan contaminada en el tablero de Alejandro. De un lado, el judaísmo y el Islam, (no me malentiendan, no aludo a la simple mensajería divina, o a detalles litúrgicos, sino a la profunda impronta de la lengua). Del otro, el cristianismo católico. Eclecticismo fundante, precipitado a la postre en esos cantos polifónicos con sus timbres únicos, que a veces incluyen sutiles disonancias: sonidos que antes de herir el oído a quien escucha, justo en el instante previo, tuercen en pos de notas ecuménicas, que con-suenan por obra y gracia de los muchos dioses implicados en el acorde. Desde el pastor sumerio al zapatero cartaginés, desde comerciante nabateo al vinicultor jerezano, pasando por el sacerdote cananeo, la pitonisa délfica, la vestal capitolina, el guerrero nubio o el lacedemonio, todos hubieran podido sentir algo similar a lo que siento, si hubieran escuchado a A Filetta entonar sus letanías mediterráneas.

Pero la obra que comento, como es obvio, no sólo nos ofrece música, también danza. Y entonces el resultado es aún más complejo y sugerente, por más inclusivo y universal si cabe. Sidi Larbi, su coreógrafo, es belga de origen marroquí. Un talentoso artista, cuyo marco referencial parece no tener límites ni contener remilgos puristas. Larbi posee una memoria genético-psicológica con muchos puertos, vivísima y obrante. Todo su trabajo lo deja ver con claridad, pero a mi juicio, “In Memoriam” lo hace de manera especial. Aquí se mezclan con gran acierto (dentro de los anchos márgenes culturales que ofrece nuestro mar) Sur y Norte, Oriente y Occidente: lo vernáculo y sacramental, lo académico, palaciego y profano. Todo ello sometido a la exquisitez y el compromiso poético. El coreógrafo lo sabe: la verdad en el arte, si no es poética es falaz.

Larbi en esta obra apunta al mundo desde el Mediterráneo con una ambición que sobrecoge. Su trabajo, (postmoderno, ¿cómo no?) que desde el primer momento asume las tensiones producidas por la combinación de la canción popular corsa con la danza contemporánea europea, clásica y vanguardista a la vez, sostiene una dualidad felizmente inquietante en todos los órdenes: frases coreográficas y movimientos de cada uno de los bailarines, indumentaria de éstos, escenografía, iluminación… Parecen árboles, me dijo Marisela (mi mujer) cuando vio por primera vez la obra. Finísima observación. ¿Pero qué árboles? Los que conforman un oquedal variopinto, y sólo se desarrollan a partir de injertos, muy alejados de cualquier intención casta que implique exclusión por motivos de especie.

Las bailarinas, con Bernice Coppieters a la cabeza, danzan vestidas como para estar en casa, pero sin embargo lo hacen con solemnidad, rozando lo sagrado, en actitud poco compatible con el cotidiano marco doméstico. Parecen árboles, sí. Especialmente la primera figura se me antoja una suerte de eucalipto al que se hubiera injertado la copa de una palmera. Toda la obra en puntas con contadas y mínimas escalas en la quatrième position. Madre mía, qué técnica, qué resistencia. Cuánto restaño emotivo, cuánta contención formal en ese tronco para que la copa vibre adecuadamente con los vientos de A Filetta, para que gesticule con gracia, pero siempre sometida a una verticalidad reguladora. Interesante forma de contraponer severo control y sutil abandono. Aquí el tronco parece de origen cortesano, como llegado de la Italia o la Francia más continentales, incluso de Rusia, pero la copa resulta marinera, mediterránea, simplemente porque se mueve impulsada por esos aires…

Igual de sugestivos, los bailarines. Ellos en algunos casos sin camisa; en todos, sin embargo, con un sayo que invierte los tipos genéricos del atuendo al uso, para conectar con otro mucho más sacro que recuerda en alguna medida al que usan los derviches turcos en sus danzas rituales giratorias. Roles supuestamente invertidos, (ellos también bailan en puntas, con o sin zapatillas) pero que buscan la conexión memoriosa con un imaginario nuestro por los cuatro costados.

Tanto si asociamos la imagen que propone la obra a una compleja dialéctica entre troncos y copas con muy diferente pedigrí, unidos en árboles que danzan con la música idónea; como si la asociamos, por qué no, con otros elementos de parecida estirpe (se me ocurre, por ejemplo, que bien pudiera sugerir mástiles de barcos con distinta procedencia, que, finalmente arrumbados, izan velas) su lograda y eficaz escenificación poética puede incluirnos a todos; cuando menos, a todos los que compartimos las raíces de la cultura mediterránea. Por eso “In Memoriam” nos inquieta y acomoda a la vez, nos explica y colma.

Un sostén clásico para la más compleja y genuina expresión vernácula. Sidi Larbi, A Filetta, Bernice Coppieters y el Ballet de Montecarlo, logran en esta obra la perfecta pausa universal para el incesante agon mediterráneo. Toda la sustancia en liza toma forma en un intermezzo creíble y provechoso entre pasado y futuro.

Me siento íntegramente representado en este Babel danzante que parece inmune al desplome, pues no se eleva con graves lienzos de piedra, sino a través de una leve maroma que evoluciona al viento. Leve, no por banal, por marinera. El Mare Nostrum tiene infinitas ventanas para aires maromeros. Qué bien ventila cuando se abren. Cuánta esperanza rehabilitada en esta placentera brisa… “In Memoriam”. Véanlo. Escúchenlo. “Todo lo antiguo de nuestro inconsciente presupone porvenir”, recuerden… ¡Recuerden!

Para ver y escuchar el vídeo, pulse aquí


lunes, 10 de agosto de 2015

Las flores de Antonio






                                                       Para Jorge Tamargo

Marpacífico de mi infancia,
si el destino se posara en tus ojos,
fueran los míos de lo eterno savia.

                                                                             Antonio Piedra


A mi amigo Antonio le dio por dibujar flores. Mi maestro Piedra acompaña sus dibujos con versos. Hace unos días, el amigo me regaló un dibujo con versos del maestro. No un tándem cualquiera, sino otro, compuesto expresamente para mí. Abro un período de público agradecimiento, porque detrás de este tipo de “vicio” (dibujo-versos-regalo) hay mucha más sustancia de la que, a priori, podemos suponer. Si logro darle forma ante ustedes, trascendiendo lo meramente personal, habrá valido la pena.

Quienes conocen a Antonio, sólo, por sus columnas de prensa, se extrañarán al ver este dibujo de una deliciosa ingenuidad y una sugerente brisa (Luis, un amigo común, diría ventolera) femenina. A quienes lo conocemos en otras suertes, también nos extrañó que aparecieran en escena unos dibujos (tiene muchos, los necesarios para conformar un libro) tan entrañables y aparentemente alejados de la faceta más intelectual de su autor. ¿Los hiciste tú?, preguntamos todos. Ni el talibán de las columnas semanales, ni el homo institucional, ni el excelente poeta o el agudo ensayista, calzaban a la primera en este dibujante naíf y afeminado. Mucho menos lo hacía el escéptico empedernido que los penetra a todos. Sólo el abuelo parecía obrar en el “desliz” colorista.

Las flores de Antonio son un enigma... No absoluto, matizo, porque únicamente cierran a cal y canto la puerta de su comprensión a los ajenos o simples. Quienes conocen en alguna medida (por vividos, intuidos o estudiados) los secretos de la madurez más fértil, podrán escuchar a Empédocles de fondo: adelante, adéntrate, “y sacarás del Hades el vigor de un hombre muerto […] yo he sido un muchacho, una doncella, un águila, un pez mudo en la mar”; ven, experiméntalo… Los otros no atinarán. ¿Y esas flores?, imagino se pregunten. Los habrá que esbocen una sonrisa burlona y piensen: quién dibuja esto ha perdido el filo. Ah, pobres… Entonces responderá Jenócrates: “la tragedia no presta oídos a la comedia”. Y Antonio, más irónico si cabe, tranquilamente sacará de su estuche jesuita la navaja de la conmiseración menos franca, y ¡zas!: ¿Qué puedo hacer, hijos míos?, envejezco.

El maestro Piedra dibuja florecillas cándidas, volanderas. Parece divertirse. Pero al pie de cada escena, como quien sujetara la aérea semilla al raso que la parió para dar sentido a las alegres ascensiones con su grave sedimento, repuja unos versos soberbios. Las flores también necesitan de una palabra redonda, que a la vez que ensanche, embarre, cave túneles en tierra. Sin los exactos y telúricos nombres, en vano derramarían su polen. Y cuánta eternidad presagia ese polvillo promiscuo si no se desactiva. “No puedo recordar la sonrisa de los dioses egipcios”, decía Rilke, “sin que se me ocurra la palabra «polen»”. En fin, Antonio es un dibujante naíf y un poeta lapidario: Al aire, florecillas, al aire, pero después aquí, donde las formas y los colores han de someterse a lo que dicten, primero, el Areópago, más tarde el Sanedrín, finalmente el perfecto castellano que habla Cristo. La libertad tiene un precio. Siempre. Y en Castilla, los verdaderos guardas de la palabra, bien que lo saben… lo imponen.

Pero ¿por qué ahora? ¿Por qué Antonio, que todavía anda de tapado espadachín en salones de todo tipo, de animal político en la prensa, de finísimo poeta y ensayista en las bibliotecas de los cuatro gatos que se interesan por tales “desvaríos”, se nos muestra tan blando en apariencia, dedicado a dibujante floral? No lo sé del todo, pero puedo suponerlo. Hay muchos ejemplos capaces de darnos algunas pistas. ¿Estará el hombre preparando un retiro fructífero hacia un escueto vergel de imágenes regadas con amable olvido? ¿Estará ideando una síntesis que drene todos los excesos pasados en un jardincillo capaz de aplacar al miedo, simplemente, coloreándolo? ¿Buscará resolver, o al menos resumir, una existencia compleja por la vía más rápida posible: el placer que engendra la austeridad encantada? Si un “jardín es un resumen de la civilización” (Pessoa), ¿por qué no podría serlo, también, de uno de sus vacantes obreros? ¿O será que Antonio quiere pedirse perdón por algo que desconocemos?

Quién sabe. Me vienen a la mente, por muy distintas razones, Greta Garbo y Audrey Hepburn… Y Marlon Brando, en el papel de Corleone, ya viejo, viendo al nieto correr por los pasillos tan poco ajardinados de su vida. También Tolstoi, que terminó remendando zapatos al margen de todo el lío que tomaba forma en su feudo. Y acaso Cicerón, de quien cuentan que ya pensaba íntimamente en una República doméstica para gansos y cerdos, cuando Antonio (el enamoradizo triunviro) lo mandó a matar, o sea, a callar por un piadoso instante. O Diocleciano, el emperador que inventó la Tetrarquía, aquel que ensayó en una deshecha Roma la primera economía planificada que se conoce en el historia de Occidente, y que, ya retirado, después de ejercer su cargo sólo por veinte años, como había prometido, se fue al campo para ejercer de ganadero y agricultor aficionado. Ah, Diocleciano… tal vez el mejor ejemplo de una evasión sin fisuras. Según cuenta Montanelli, mientras disfrutaba de su retiro, fue invitado a intervenir de nuevo en los asuntos de la Ciudad-Loba, porque arreciaba la debacle de su engendro político-administrativo, en medio de una previsible guerra de sucesión que enfrentaba a quienes habían continuado su obra. El otrora emperador “respondió que semejante invitación sólo podía llegarle de quien jamás había visto con qué lozanía crecían las coles en su huerto. Y no se movió”.

Es posible que Antonio no sepa bien lo que hace. Con razón dijo Valéry que “Aquiles no puede vencer a la tortuga si piensa en el espacio y en el tiempo”. Pero lo que no me ofrece dudas es que esas flores, así, encepadas en esos versos, son cualquier cosa menos decadentes.

Hace unos días justo hablábamos él y yo sobre la decadencia galopante que se aprecia en nuestra cultura. Mientras lo hacíamos, Antonio aprovechaba para sacar punta a unos lápices, de talla tan escasa, que apenas podían ser sostenidos en las manos con intención de usarlos. Entonces me dijo que la decadencia en una sociedad arranca cuando se tiran a medio uso los lápices de colores, que aprovecharlos hasta que duelan las yemas de los dedos, es una muestra más de oposición combativa. Yo pienso que la decadencia se incoa en cualquier grupo humano cuando los dioses se van de vacaciones, pero debo reconocer que su ejemplo fue muy oportuno y sugerente.

Ya me había regalado entonces su marpacífico multicolor e inocentón, con esos versos redondos, magníficos, que me invitan a corregir miras. Y yo me pregunté si dibujarlo con semejantes herramientas le habría dolido a mi amigo. Sin respuesta para ello, pensé que en tal caso, alguna satisfacción compensatoria debió encontrar un alma tan compleja a ese impasse de dolorosa bondad. Sí, la bondad es también arriesgada y decadente si no discrimina, (“los buenos siempre fueron el principio del fin”, decía Nietzsche) pero allí me enfilaba desde los ojos mínimos de un “bicho malo”, que, por alguna razón no conocida del todo, después de lidiarse a sí mismo en difíciles escenarios, dibuja flores infantiles y amaneradas con lápices mochos, les endosa unos versos enormes, y a alguien como yo se las regala… Ay, “marpacífico de mi infancia”, para qué seguir buscando recónditas razones que den cobijo a tu esencia, donde tu mera aparición las desahucia.



lunes, 3 de agosto de 2015

Caverna y elefantes en la poesía de Sonia Díaz Corrales





Vengo de leer dos poemarios de Sonia Díaz Corrales. Se llaman “La hija del reo” y “Noticias del olvido”. Como puedo, me sacudo la feliz agitación, atempero el ánimo para intentar comentar con cierta mesura lo que encontré en estos libros. Asistí a un perenne contrapunteo entre los lados volcánico y lacustre de un alma hipersensible. La puesta en escena de tal pugilato ha sido magnífica. En poesía estas cosas suceden a telón abierto, o, sencillamente, huelgan. Así que, sin disimulo ni medias tintas, la poeta cantó sus números, y yo, claro, grité: ¡Bingo! No tengo el resultado de la compleja ecuación, (nadie podría tenerlo, da error en términos matemáticos) pero manoseo sus exquisitas variables poéticas con sostenido interés... Y es que Sonia por momentos trata de arrumbar un par de imágenes irreconciliables. Ella misma se da cuenta y nos lo dice: “no se puede tener al unísono / una casa de cristal / y una manada de elefantes”. Lo sabe, queda claro, pero como todo buen poeta, lo obvia cuando debe hacerlo. El dominó no puede acabar en tablas si pretende sostener el interés de la tarde… En realidad, la operación se sobretensa y desequilibra, especialmente, porque Sonia no podría vivir jamás en un cubículo aéreo y acristalado. Sus elefantes (no tan tiernos como los desea, pero sí muy animosos) pastan alrededor de una caverna. Allí vive la poeta. La casa de cristal que añora, es para ella inviable. No puede existir. No existe.

Así que tenemos dos fuerzas contrarias en tensión continua. Por un lado, una acción resuelta, imprevisible, que opera a plena luz. Por el otro, la necesaria reacción, con dominante umbría, marcada por el miedo y la inseguridad. Cuando tuve la visión conjunta de ambos libros, me percaté de que había asistido a una “disputa” entre dos potencias líricas, perfectamente arbitrada por su dueña. Es como si se encontraran en tierra de nadie, (quiero decir, en la caverna de Sonia) a medio camino entre una corte barroca, papista, y un cuartito luterano, Sor Juana Inés de la Cruz y Emily Dickinson.

La mexicana domina el primer acto. Parece entender (y sostener) a los paquidermos de Sonia; parece vibrar en su frecuencia. “La hija del reo” es un libro gesticulante, de ademanes amplios, de un barroquismo actualizado, pero expuesto sin ambages. En puridad, no es conceptista ni culterano, está bien equilibrado entre ambas fuentes para responder con eficacia a las exigencias de su tiempo. No es un libro falto de oscuridad, ni tampoco ajeno al vacío que siempre amenaza, pero está sobrevolado por un sentimiento religioso que tiende a la luz redentora, y echa una mano a la poeta cuando encara sus peores abismos. Ella se regala “una siesta con los muertos”, sí, pero a la vez retiene una “redonda ciruela que es la vida”. “Lanza contra la claridad lejana sus zapatos”, vale, pero cuenta con un ángel que la salva, pues le asigna duendes para que le repitan cuando sea necesario: eres “afortunada / por tener unos ojos / en los que ha querido lanzarse un ángel”.

La norteamericana manda en el segundo acto. “Noticias del olvido” (por cierto, muy bien prologado por Joaquín Badajoz e ilustrado por Margarita García Alonso: vaya tándem) es un libro menos gestual, mucho más contenido, con un estilo más casto, más redondo formalmente, menos ecléctico. Aquí se ajusta lo barroco que le viene dado al castellano por vía genética, a los imperativos de un escenario global que al parecer demanda formas (¿fórmulas?) más simples, (¿menos exigentes?) aun para trabajar con una sustancia poética ambiciosa. El poemario resulta ciertamente pesimista. No se puede lidiar al olvido sin probar sus cuernos. Las cartas quedan sobre la mesa, boca arriba, y se llega a escribir, incluso, una “Apología a la Nada”. Nos dice Sonia que las bestias y los elementos van hacia ella, “y aún así / no se detienen”. “La noche se desnuda / sola / sin pensar / entre las piedras negras”, y los abrazos son, casi, una efímera droga: hacen “del cuerpo abrazado [un] amuleto / contra la siguiente soledad”.      

Ambas influencias son constantes por más que, según el libro de que se trate, se eleve la una sobre la otra. La poesía de Sonia, al menos la que arma estos dos poemarios, le debe a Sor Juana y a la Dickinson, entiéndase a lo que ellas representan en poesía, igual cantidad de gracia y hondura. En ese supuesto encuentro entre las dos grandes señoras en la caverna de Sonia, si Emily dijera: “saber oscuramente que voy a tener alas / afea mi vestido”, Sor Juana contestaría, seguro: “Albricias, Mundo; albricias, / Naturaleza Humana”. Pero hay una tercera vía de complicidad igualmente importante: Sor Juana y Dickinson tuvieron similar consciencia de lo femenino en la vida y la poesía. Ambas maestras se autorecluyeron para evitar una existencia convencional, como estaba predestinado a las mujeres de sus respectivas épocas. Emily, aunque vivió en una sociedad machista y mojigata, escribió unos poemas a su cuñada, que para muchos estudiosos de hoy prueban de manera especial lo dicho: en su poesía, el sujeto lírico es marcadamente femíneo. Sor Juana era tan vertical en este sentido, que en su entorno resultaba bocona. No sólo escribió versos cuestionando sin reparos el licencioso marco moral en que se desenvolvían los hombres, frente al otro, tan estrecho, en que lo hacían las mujeres, (“¿O cuál es de más culpar, / aunque cualquiera mal haga: / la que peca por la paga / o el que paga por pecar?”) sino que irónicamente llegó a firmar en el libro de su convento como: “Yo, la peor del mundo”. A tal flujo de honda y vera femineidad se incorpora Sonia. Nuestra poeta evita ofrecer constantes y literales muestras de adhesión a la militancia feminista en boga, (los autores cargados de argumentos huyen de las tonterías discursivas) pero su obra está finamente penetrada por un impulso femenino carente de dobleces, innegociable. Por ejemplo, sabedora de que “la libertad le cuesta a una mujer / innumerables pérdidas”, atribuye la separación de un amigo a que ella debió “parecerle muy sísmica”. Sonia también sabe que “ningún puente cuelga si no lo sostiene una mujer”, y con la elegante ironía de que es capaz, no exenta de cierta amargura, escribe en un poema: “El rey existe en tanto le sirvo”.

Ahora bien: aunque comparta con ustedes las sugerencias que me trajo la lectura de los libros de Sonia para que mejor me entiendan, y con similar intención fabule un encuentro entre ella y dos de sus posibles mentoras, es obvio que esta poeta nos llega del todo hecha, con una voz personal y reconocible, que no debe a nadie más de lo justo y necesario. Ni es barroca como Sor Juana, claro está, (tampoco plenamente neobarroca) ni pertenece a ningún movimiento asimilable al Romanticismo Oscuro que, teniendo en cuenta su vertiente autodestructiva, le achaca una parte de la crítica a la Dickinson. Sonia sabe que “los espejos sólo trastocan a los mansos”. Por eso, a estas alturas de la película, ella puede asomarse a cualquiera sin riesgo alguno. Siempre recibirá de vuelta la imagen de una poeta madura, que aun siéndolo, (se nota en su obra, pero además me consta, porque la trato personalmente) mantiene intactas sus ansias de crecimiento.

Sonia persigue la perfección con el mismo ímpetu y la misma humildad que la empujaban cuando comenzó a escribir. Y aunque según Sor Juana: “es locura / al círculo buscar la cuadratura”; y aunque Emily nos sepa incapaces de “mover el remache terrible”; a pesar, incluso, de que yo mismo la invite a reconocer (ojalá me perdone) que para los buenos poetas no hay casa de cristal que valga, Sonia cuenta con una notable ventaja para manipular su sino poético. Recuerden: a orillas de su caverna pasta (qué afortunada mi amiga) su propia manada de elefantes; esto es, un vivo montón de trompas que soplan sueños.