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"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

sábado, 15 de abril de 2017

EL NEGOCIO DE LA POESÍA EN SIETE FÁBULAS DE ESOPO






EL BUEY Y EL MOSQUITO


1

En el cuerno de un buey se posó un mosquito.
Luego de permanecer allí largo rato, al iniciar el vuelo preguntó al buey si se alegraba de que por fin se marchase.
El buey le respondió:
Ni supe que habías venido. Tampoco notaré cuando te vayas.

El buey y el mosquito. Esopo


Hace unos días leí un artículo de David Torres en el periódico digital Cuartopoder (el enlace para leerlo, al pie). Lo presentaba bajo un título sugerente y sonoro: La nueva poesía de mierda; y claro, no pude evitar entrarle. En aquel momento pensé escribir sobre el asunto para apoyar algunas de las cosas que decía David, para matizar otras. Me alegra haberlo descartado. Mi posible aportación, en caliente, hubiera sufrido una sobrecarga de gravedad. Me di un tiempo que hoy agoto. Hoy, cuando ya puedo hablar al respecto con tranquilidad, sin sacar de quicio los temas a tratar, sonriendo más que nada. Estoy de acuerdo con el grueso de lo dicho allí por David, pero quiero abundar en ello desde una perspectiva más leve, con el cabreo condenado a su hueco, vigilado por el estoico que en ocasiones me auxilia. Como dijo Séneca coincidiendo con una idea de Safo: Que nada te esté permitido mientras estás encolerizado.

Y es que pocas cosas hay más inútiles que teorizar sobre poesía. La poesía, como el buey-nuestro de Esopo, pasta tranquilamente sin percatarse siquiera del aterrizaje o el despegue de los mosquitos que llegan y van, para, desde sus cuernos, tener mejor perspectiva sobre suelo y cielo; para, sobre su lomo, picar y chupar sangre con la que después, si hay suerte, infectar una ínfima porción de la enorme montonera de heces discursivas donde se ahoga el hombre.

Es inútil, pero lo hacemos, porque nunca somos más humanos que cuando roturamos el desierto o el mar. Los poetas-mosquito nos posamos en el buey-madre una y otra vez, y no dejamos de preguntarle si nos nota, si nos quiere; no dejamos de preguntarnos si habremos gravado su memoria. ¿Por qué lo hacemos? No lo sé. Imagino que sin la ilusión de obtener la suma aprobación bovina después de alguna graciosa volada, no sabemos continuar.        

Aquí estoy. Seguramente un incorregible gagá para los mosquitos que señala David en su artículo. Seguramente un loco sin nada que añadir para otros congéneres menos gesticulantes tal vez, pero aún más creídos que los primeros. Me refiero a esos que buscan sitio en el pabellón auricular del buey para regalarle los oídos. Jejenes. Aquí estoy, digo, preguntando de nuevo al impertérrito animal, qué zumbidos lo inquietan en mayor medida, cuáles lo invitan con mejor artimaña al potro y al herraje. El buey ni chista. Lo más que me dice es: ―Déjate de tonterías y escribe poesía a ver qué pasa. Los mosquitos, mosquitos son. Me alimentan sus preguntas si están bien hechas, pero sobre todo, si no van dirigidas a mí.

Ah, este buey de paso lento… Su desdeñosa actitud ante las filias y las fobias de los insectos, siempre me recuerda aquella idea de Hume: Un perro y un caballo pueden ser de la misma talla, y mientras que uno es admirado por su grandeza de tamaño, el otro lo es por su pequeñez.




FÁCIL, DIRECTA, SENCILLA, TRANSPARENTE… 


2
                  
Entraron unos ladrones en una casa y sólo encontraron un gallo; se apoderaron de él y se marcharon.
A punto de ser asesinado por sus captores, el gallo rogó que le perdonaran, alegando que era útil a los hombres despertándolos por la noche para ir a sus trabajos.
Mayor razón para matarte, (exclamaron los ladrones) puesto que despertando a los hombres nos impides robar.

Los ladrones y el gallo. Esopo


David hablaba en su artículo de cantautores que se consideran poetas, de algunos de ellos que finalmente dejaron la guitarra a un lado para leer en seco sus versos al público. Hablaba (no sé, él sabrá) de poetas rentables económicamente, con decenas de miles de seguidores en las redes sociales. Mencionó a un tal Robertico Dylan que ganó no sé qué premio literario de relumbrón (buey mío, ¿cómo te mantienes al margen de estas noticias que tanto te incumben?). Decía David que muchos de estos juglares superventas se enorgullecen de practicar una poesía clara, sencilla, transparente, que llega a todo el mundo. (Pero mi buey, ¿pastas ya en todos los potreros, o estas falsas nuevas vienen de los ladrones de casas, asesinos de gallos?)

Ciertamente esto de la poesía fácil, directa, sencilla, con la encendida negación de la que se considera su opuesta (lo he dicho otras veces con más ganas; ver, por ejemplo, en http://encomiodelaimagen.blogspot.com.es/2016/10/un-rabion-en-el-rio-y-una-cabra.html) parece ser un mantra inducido por una deidad irresponsable. O no, quizás sea (permítanme hoy, que estoy en plan ligero, pensar con mayor malicia) obra de meros cacos. Claro, si entrando a robar en una casa te encuentras un gallo, lo recomendable es matarlo de inmediato para que no avise a los vecinos. Estos directísimos están en contra de cualquier poesía que implique la aceptación de la complejidad con que la realidad, qué terca, sea de origen sensorial o suprasensorial, nos circunda a diario. Huyen, como del diablo, de la secante que traza el continuo poético donde se escribe el Gran-Poema-Uno. Viven en la playa. ¿Pretenden la adulación de todos los bañistas? ¿Se sienten incapaces de soportar el frío en las cercanías de la excelencia? No sé. El caso es que no sólo se bañan y asolean perezosamente cuando no roban, sino que se esmeran en cortar la cabeza a los gallos que encuentran cuando lo hacen. ¿Bajo qué cargos? Dicen que su canto es repipi, que los gallos se dedican a la farfulla y la greguería; intentan que los jueces confundan el cante inclusivo con el grandilocuente para poder atacarlo mejor; pero en realidad, y salvo honrosas excepciones, los matan para que no avisen a los vecinos. ―¿A qué vecinos, si no existen?, se pregunta nuestro buey soltando una carcajada mitad olímpica, mitad parnasiana.

En esto no me extiendo demasiado. Me fatiga. Haciéndolo en otras ocasiones, expuse muchas pruebas ociosas. Jamás el buey me hizo caso. ―Déjate de tonterías y escribe poesía, dijo siempre. No me extiendo, pero por si acaso entre los sencillísimos que me lean (¿leerme éstos a mí?, río…) hay alguno que no sea cantautor, bachiller, notario o periodista, les regalo una idea de Pessoa y un poemilla de Antón de Montoro (Córdoba, siglo XV)     

Aquí va la idea del portugués, gallito duro de pelar: “…decir lo que siente exactamente como se siente claramente, si es claro; oscuramente, si es oscuro; confusamente, si es confuso; comprender que la gramática es un instrumento y no una ley.”  

El poemilla del cordobés, muy gracioso y cachondo, podía haber sido dedicado a la poesía que corre y corre tras su caricatura sin detenerse; no ya vestida de seda o terciopelo, como tal vez lo hizo buena parte de la que se escribía en época del poeta, sino como lo hace ahora la “nuestra”, con una escueta tanguita de poliéster metida en el culo. Ah, esta poesía “nuestra”, que ya no pretende engañar a una minoría remilgada y esnobista, sino a una mayoría esnobista y vulgar, funcionalmente analfabeta, que todos los domingos va a la playa. Esta poesía “nuestra”, que veloz, sencilla, directa y transparentemente, pretende engañar a su mayoría con la sana y democrática intención de que todos los bañistas que la integran puedan disfrutar el magro de sus nalgas, y sin ningún esfuerzo de imaginación, la nula entretela de su tanguita:   

                                                         Gentil dama singular, (…)
                                                         mesuráos en vuestro amblar,
                                                         que por mucho madrugar
                                                         no amanece más aína.
                                                         Las nalgas baxas, terreras,
                                                         mecedlas por lindo modo,
                                                         poco a poco y no del todo
                                                         el traer de las caderas;
                                                         y al tiempo de desgranar
                                                         que el hombre se desatina,
                                                         mesuráos en vuestro amblar
                                                         que por mucho madrugar…




NADA HIEDE PEOR QUE EL LIRIO ENFERMO


3
                  
Rendían unos hacheros a un pino y lo hacían con gran facilidad gracias a las cuñas que habían fabricado con su propia madera.
Y el pino les dijo:
No odio tanto al hacha que me corta como a las cuñas nacidas de mí mismo.

Los leñadores y el pino. Esopo.


El buey ignora a los mosquitos, pero tiene pesadillas con un árbol. Se trata de un pino que es cortado con la ayuda de cuñas sacadas de su tronco, de hachas encabadas con partes de su cuerpo. ―Pero si jamás me subo a los árboles, si piso tan seguro sobre esta ciénaga, al margen de lo que digan los mosquitos, ¿por qué tengo sueños tan incómodos?, se pregunta el animal de vez en cuando.

Claro, qué más da lo que puedan decir o hacer los bachilleres y los periodistas, pero lo que digan los poetas… Qué más dan las maromas de los saltimbanquis, pero la impostura de los mosquitos con capacidad para ser ganaderos… Realmente los colegas que escriben buenos poemas, y a la vez participan la monserga nadaísta (no me refiero a la corriente homónima) que aspira a una poesía tan de todos, que pueda y deba dársenos entera en Twitter, ¿lo harán sin conflictos íntimos? No aludo a esos aspirantes a poeta, que como aquel célebre vivalavirgen, pudieran pensar: si sale con barba, San Antón, y si no, la Purísima Concepción; sino a poetas hechos y derechos, que a juzgar por su propia obra, debieran planificar su coherencia con mayor tino, y, sin embargo, se suman a los baños dominicales, batiendo palmas al paso de los culos que bailan el reggaetón, o el rezo de haikus impostados (aquí y ahora, tanto monta lo uno como lo otro) con su mínima tanga. ¿Por qué lo hacen? Quién pudiera adivinarlo. Al buey nuestro le importan un bledo mientras pasta, pero algunas noches tiene pesadillas con el pino que cae talado por la herramienta de casa.

No hay peor cuña que la del mismo palo, y nada hiede peor que el lirio enfermo. (Shakespeare). Flaco favor le hacen a la poesía, quienes por ir en brazos de los velocistas, por ganar una cátedra en su ignorancia, se comportan como virgo de cantonera (Quevedo), como “enteradas” putas al servicio de los bárbaros.

Ya ven, vuelvo a equivocarme. Trato de colocar mis inquietudes en la testa de nuestro buey. Y es que a la poesía le afecta un comino lo que hagan o deshagan sus números más allá de los poemas que escriben. Todos estos farsantes que se maquillan para los satélites, que buscan el aplauso unánime cueste lo que cueste, quedarán en la memoria del buey, si es que quedan, incluso cuando ayuden a fabricar su narigón, si a la vez producen alguna sustancia que active el estro de las flores, ése, capaz de obviar las argollas y penetrar lo profundo de sus ventanas nasales. Como dijo un poeta estalinista a otro poeta estalinista, este último, de boquilla (qué par): No importas tú, ¡importa tu impostura! Aun así, y teniendo en cuenta que nuestro buey, si despierto, pasa de ellos, por mucho que hiedan, que les den…
    



¿ESTADIOS DE FÚTBOL PARA LA POESÍA?


4
          
Dándose cuenta de que era perseguido por un lobo, un pequeño corderito decidió refugiarse en un templo cercano.
Lo llamó el lobo y le dijo que si el sacrificador lo encontraba allí dentro, lo inmolaría a su dios.
¡Mejor así! (replicó el cordero) prefiero ser
víctima para un dios a tener que perecer en tus colmillos.

El lobo y el cordero en el templo. Esopo.


Cuenta David en su artículo, que algunos de los nuevos poetas, además de triunfar en las redes sociales, dan recitales multitudinarios, incluso, cobrando la entrada. Parece temer que se haya cumplido, dice él, aquella profecía que le oí a una poetisa en los años noventa: “Llegará un día en que la poesía llenará estadios de fútbol”. ¿Será cierto? Yo sé de otros poetas que apenas… en fin, que parecen corderitos escondidos de semejante lobo.

―¿Qué opinas, mi buey? ¿Quiénes estarán más claros? ―No quiero saber nada de estas cosas. Con tu colega Arriaza, digo:

                Junto a un negro buey cantaban
                un ruiseñor y un canario,
                y en lo gracioso y lo vario
                iguales los dos quedaban.
                “Decide la cuestión tú”,
                dijo al buey el ruiseñor.
                Y metiéndose a censor
                habló el buey y dijo “mu”.

―¿Pero cómo te haces el sueco? ¿Y la fábula de Esopo, esa del lobo y el cordero en el templo…? ¿No crees que el segundo hizo bien refugiándose ante la amenaza del primero, aun a riesgo de…? ―Mu, dice de nuevo el buey.

Heródoto cuenta que Ciro, aquel famoso rey persa, refiriéndose a los griegos, dijo: Nunca temí a unos hombres que tienen en medio de sus ciudades un lugar donde se reúnen para engañarse unos a otros. Se refería al mercado, pero bien pudo referirse también al teatro, donde aquellos locos se reunían en masa para decirse las mayores y más bellas mentiras que se hayan dicho los hombres hasta hoy. Algo parecido contó Pitágoras a su regreso de un viaje a Egipto. Al parecer, los sabios de aquel imperio le confesaron que veían a los griegos como eternos niños, incapaces de crecer por culpa de su desmedida imaginación, de su propensión compulsiva al juego y la mentira, ejercidos ambos comunalmente, en grandes espacios abiertos, ante grandes aglomeraciones de personas. ¿Será que los nuevos poetas, esos que escriben poesía directa para todos, nos están llevando a un nuevo renacer del clasicismo? ¿Nos volveremos a reunir de forma multitudinaria para atender a los grandes autores? ¿Pero cómo van a juntarse para escuchar una clase de alta cocina, quienes desayunan, comen y cenan donuts?

Qué poca confianza tengo en este renacer poético. Los comelones de donuts no pagarán por ver ejecutar alta cocina sin exigir nada a cambio. ¿Acaso certificar su muerte y congratularse por haberla propiciado, presenciado? Que Dios me perdone, pero si tiene orejas puntiagudas, hocico prominente y pelo grueso; es lobo o algo parecido, tal y como discurrió el ciego de la última fábula que traigo a este texto. Yo haría como el corderito: correría al Templo, porque como él prefiero ser víctima para un dios a tener que perecer en… La poesía en ese partido no llegaría al segundo asalto… El buey mueve la cabeza. Se ríe de mí. Seguramente ya sabe que no tengo remedio… ―Está bien, ríete, pero mira a Neruda y a Benedetti lo que tuvieron que hacer para entrar en los libros de texto de la educación secundaria. Ríete, buey, pero yo, por si acaso, y diga lo que diga el lobo, al Templo. ―Mu.




CISNES Y GANSOS


5
   
Un hombre muy rico alimentaba a un ganso y a un cisne juntos, aunque con diferente fin según el caso: uno era para el canto y el otro para la mesa.
Cuando llegó la hora para la cual fue alimentado el ganso, era de noche, y la oscuridad no permitía distinguir entre las dos aves.
Capturado el cisne en lugar del ganso, entonó su bello canto preludio de muerte. Al oír su voz, el amo lo reconoció y su canto lo salvó.

El cisne tomado por ganso. Esopo


El buey se ríe, pero lo hace porque cree que tiene el futuro garantizado. Puede que así sea, aunque su futuro está ligado al nuestro, y esto de las máquinas con inteligencia artificial… En fin, mientras el hombre sea una incubadora de memoria, el buey puede seguir riendo tranquilo ante las pataletas de los insectos. Su lenta rumia producirá sangre para los mosquitos-cisne y heces para los mosquitos-ganso, filtrado alimento para ambos.

El buey y nosotros estamos condenados a nuestra múltiple condición. La poesía, como siempre, se nos dará en su forma-cisne y en su forma-gansa, porque necesitamos carne y canto, porque nuestra memoria está hecha de ambas sustancias, y necesita que ambas formalicen en todos los pliegues históricos que la van constituyendo.

Para atracarnos de carne y producir excrementos, el ganso. Pero claro, cuando nos perdamos en la montonera, cuando para enfilar el futuro a partir de nosotros mismos y hacia nosotros mismos, necesitemos rebuscarnos en la Gran Memoria Nuestra, esa que responde al continuo donde cada tiempo deja su impronta y guarda su grano; cada vez que esto suceda, digo, no precisaremos en primer lugar la carne, sino el canto. La prehistoria del hombre se ha sudado y excretado, se nos da en el sílex y los coprolitos, pero su historia… su historia se ha edificado, pintado, esculpido, contado y cantado. El canto es el denominador común de todos los lenguajes que nos cuentan y explican, es en él donde está impresa nuestra Memoria.

Por eso, llegado el momento crucial, siempre salvaremos al cisne. Al cisne de nuestro tiempo, quiero decir, que tiene el cuello deforme de tantos retorcijones, pero aun así mantiene el canto perfectamente sincronizado con un reloj que sigue funcionando con arena enamorada, esto es, con limadura de astros hecha poesía; un reloj que sigue funcionado como siempre, a pesar de cuánto pese a los ingenieros y los contables, que no paran de graznar para negarlo. No hablo de un cisne bitongo, que sólo cante en salones acompañado de liras y de castrati, hablo, sencillamente, del único animal que sabe cantar a la vida, el amor y la muerte; que sabe hacerlo, además, de día y de noche… De noche, qué milagro, para engañar a la oscura glotis de la Oscuridad, para impregnarla de futuribles.          

Se entiende entonces la decisión del ricachón de Esopo. A la hora de los mameyes, (permítanme aquí esta expresión cubanísima que alude a la hora decisiva) todos respondemos a lo que somos: no ricos o pobres, no blancos o negros, no liberales o conservadores, no chicas o chicos, sino deudores de la imaginación, hijos del canto: hombres.




CANTORES IMPENITENTES


6
                 
El hijo de un labrador se hallaba tostando unos caracoles. 
Oyéndoles crepitar dijo:
¡Ah, miserables animalejos, están sus casas ardiendo, y aún cantan!

   Los caracoles. Esopo


El artículo de David está atravesado, más o menos veladamente, por la amargura y la impotencia. Amargura, por el desaguisado que el marketing y la banalidad pudieran provocar en la poesía. Impotencia, por la falta de soluciones que parece haber al respecto, sobre todo, porque estos poetas-taquígrafos-periodistas, en tanto dirigen su producto prêt-à-porter al hombre-masa, cuentan con el apoyo del mercado (el dinero), que en la literatura significa apoyo de las grandes editoriales, que hoy día son, sólo, grandes empresas: máquinas de generar beneficios (cuán dispuesta leña es plata y oro / para encender un corazón de nieve. B. del Alcázar). David deja vislumbrar un escepticismo latente y espinoso… El buey, sin embargo, se ríe a pata suelta. ―¿Qué tiene que ver el corazón con la llovizna?, seguro se pregunta. ―¿Qué tienen que ver las editoriales y el dinero con la poesía? 

Nada. Después de que el trío formado por Sócatres, Platón y Aristóteles, señalaran a la poesía como la cueva del pensamiento mitológico y relativo; especialmente después de que Platón, él mismo un poeta renegado, cargara sobre sus colegas, menos razonantes y más lúcidos, la culpa de todos los males que atravesaba la polis, la poesía occidental cayó en desgracia. Ni siquiera el gran poema oriental que sin querer nos contagió Alejandro, me refiero al poema judaico que siglos después devino para nosotros cristiano, pudo recomponer lo que un logos con base ético-moral había roto en nuestras seseras. En Occidente, después de Platón, y salvo muy contadas excepciones, la verdad poética no pudo constituirse sin la mediación de su tutora, la razón poética. Aquellos niños griegos, empedernidos mentirosos, de los que hablaban asombrados e incrédulos los persas y los egipcios, tuvieron que madurar a toda prisa en las calderas del pensamiento abstracto y absoluto.

Casi toda la poesía occidental después de Aristóteles: la helenista, la cristiana (incluyo los Evangelios) y la laica (aceptemos este término para no complicarnos demasiado) ha sido escrita con luz y taquígrafos, es decir, pretendiendo la claridad de una luz razonante y razonada, bajo la vigilancia del todopoderoso Logos. Así la mitología se ha convertido en teología, y la poesía, de hija de la oscuridad y deudora del numen y las Musas, pasó a ser entenada de la luz y claro aviso del ángel. 

Esto explica por qué algunos poetas han tenido que escribir a contracorriente en los últimos dos mil quinientos años. Y aunque ni siquiera los más rebeldes entre ellos pudieron escapar del todo a su era lógica, jamás se rindieron. Entonces, ¿por qué temer ahora?, quiero decir, (preguntar) ¿por qué sentir una angustia especial en nuestro tiempo?             

En Occidente, la casa de los poetas está en llamas hace dos milenios y medio, y ni esto ha podido acallarlos del todo, convertirlos en lo que no son. Somos como los caracoles que quemaba aquel pobrecillo aprendiz de labrador: miserables animalejos a los que ni el mayor incendio provocado nos puede desahuciar, porque incluso con la casa ardiendo, crepitamos, cantamos.

David, lo que puedan hacer editoriales como Visor, por ejemplo, o como Planeta, (madre mía, ¿ahora publica voluminosos libros de poemas a las periodistas guapas que presentan programas de televisión?) con la nueva poesía de mierda, al viejo buey lo trae sin cuidado.     




HASTA UN CIEGO… SOBRETODO UN CIEGO


7
                  
Érase una vez un ciego muy hábil para reconocer al tacto cualquier animal al alcance de su mano, diciendo de qué especie era. Le presentaron un día un lobezno, lo palpó y quedó indeciso.
No acierto, dijo, si es hijo de una loba, de una zorra o de otro animal de su misma cualidad; pero lo que sí sé es que no ha nacido para vivir en un rebaño de corderos.

El ciego. Esopo


David, por más que las grandes editoriales (grandes, por el número de sus operaciones, no por el resultado poético de las mismas) estén plegadas a los caprichos del hombre-masa, y apalancadas en las carencias de sus acólitos; entre los que sabemos algo de este negocio, hasta un ciego distinguiría lobo de cordero. Por más que nos echen ceniza a los ojos, que pongan el ventilador a los pies de sus imprentas, no lograrán colarnos presa por cazador.

Comprendo tu inquietud, la comparto incluso. Por eso, todavía a mis años, escupo ideas inútiles ante la sosegada rumia de nuestro buey. Pero asimismo, te exhorto a la tranquilidad: cada época tiene su Gran Hermano y su Tiresias. Y te puedo asegurar que es el segundo, por adivino, pero sobre todo por ciego, (la materia oscura mal se aviene a las pupilas deslumbradas) quien clasifica y califica a los mentirosos. Los buenos, los que convierten la mentira en leyenda, los que con ella edifican la verdad poética, la lengendaria, la única capaz de hacer una muesca en el Gran Poema de todos y visualizar su horizonte; esos, David, jamás vivirán en un rebaño de corderos.


Enlace para leer La nueva poesía de mierda, de David Torres 





4 comentarios:

  1. Gracias Jorge, aunque sólo fuera por traernos las fábulas de Esopo a colación. Sólo faltaba la poesía. El arte visual hace tiempo que está en ese laberinto: ¡Tanto ganas, tanto vales! Y lo peor es que cada vez menos Tiresias salen al ruedo: Creo que están, también ellos, escondidos en el Templo. Un abrazo.

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  2. Gracias a ti, amigo, por leer y comentar. Tiresias, ¿también en el Templo? Río... Abrazos

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  3. Leídos ambos artículos, ambos muy bien expresados en su objetivo, entiendo y reafirmo que escribir poesía no es nada rentable y que bueyes, mosquitos y Tiresias, han de existir para que distingamos entre unos y otros. Muy buen escrito, Jorge.
    Abrazo.
    Sonia

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  4. Gracias, poeta, por lectura y comentario. Mi abrazo

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