verso

"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

La deriva del ansioso






Por la ambición de indagar poéticamente en asuntos universales, en el sentido de la existencia y en el deseo, desde una posición profundamente personal e íntima, pero buscando en todo momento una reelaboración novedosa de los grandes mitos de la cultura universal.

                                               Nota del jurado


El poemario aborda el deseo como una categoría universal, una imagen primaria y arquetípica. Desde la poesía, se indaga en sus diferentes pliegues como fuerza motriz del alma. En algunos poemas, el poeta se sitúa en un terreno ideal para rebuscar en la esencia del asunto; en otros, rebusca en su propia experiencia para mostrar de qué manera el quid “aterriza” en el fenómeno, se hace corpóreo, temporal, individual… se humaniza.

Estamos ante un libro de poemas. Su unidad temática y formal lo avala. Un libro que más que responder, pregunta; más que resolver, propone. Una deriva, sin dudas, que el poeta comparte con sus lectores, quienes quedan invitados a demorarse en cada una de las pausas, cada uno de los sobresaltos; tal vez para que queden igualmente emplazados a preguntarse con él: ¿Adónde vamos Deseo, / como zombis?      
                                                                                                                            Nota del editor



Selección de poemas



Poesía



...y el hombre pensó:

     todo lo que alcance a nombrar será mío.

Y puso un nombre a cada cosa, fuera tangible o no,
siempre que se pudiera tocar con el deseo,
se pudiera acotar entre los sueños.
Pero ciertas entidades resultaban inasibles
aun bajo el corsé de las definiciones.

Y pensó el hombre:

     a todo eso que no puedo asir ni siquiera con un nombre
     lo llamaré Dios. No me importa pertenecerle,
     ofrecerle incluso lo que pude reducir a palabra,
     si me apropio el centro de todo lo corpóreo,
     si soy finalmente aceptado en el seno
     de todo lo incorpóreo que me excluye.


Pensaba el hombre, por ejemplo,
que bien vendría formar parte de la mirada del tigre,
que sería excitante asimismo
catar el desamparo de la hoja que cae.
Y nombró a Dios.
Y puso a su nombre todo lo nombrado.
Y lo tentó con grandes sacrificios.
Y se declaró su hijo.

Pero Dios, que sabe dónde radica su poder,
se mostró esquivo,
nunca quiso negociar con lo intangible.
Entonces pensó el hombre:

     todo lo que alcance a nombrar será mío, incluso Dios,
     si aprendo a levitar sobre los nombres.


Y apareciste tú.




Carne y poco más


... a fin de cuentas, de eso se trata sobre todo.
A qué si no llegamos a este lupanar de genes
debidamente sexuados para la ocasión.
Palpita en nosotros la ilusión de trascendernos
en la memoria incubada, y para ello, se necesita
un cuerpo capaz de prolongarse en otro,
de reconocerse en él hasta el martirio,
de arder si es preciso por alcanzar su fuente,
por sorber en ella no importa cuánta vida
con su inevitable cantidad de muerte.

Eso, y poco más, es el deseo... Sin embargo,
es en el poco más donde ponemos la mira.
Somos así de simples, de complejos:
carne al dente para mandíbulas ciegas,
y un poco más que nos salva,
que nos vence.




¿Nada más? 


                              Una raja repleta de gritos nuestra boca.
                                                                  G. Benn

                                      Por la imagen de las cosas
                                      estamos aún en el tiempo.

                                                           V. Holan


Una raja repleta de prescindibles gritos.
Y un pájaro que vuela extensión arriba
para merecer la duración.
La imagen, sin aspavientos
sostiene el lance,
valida el paréntesis.
Graciosa y vana peripecia.
En el frontis de una tienda de campaña,
fabulada columna y
nada más,
nada más…
                                       ¿Nada más?




En las hoces del deseo 


                                       Para Leonardo y Mario

                           …donde el tiempo con tiempo se repara.
                                                                           Dante

Si patean el camino como se debe,
haciendo del polvo levadura
que fermente el tiempo hasta la embriaguez
y polucione el espacio hasta la ceguera.
Si sueltan las ganas abiertamente,
hasta el sangrado, el jadeo. Si
no evitan, ni escatiman, ni miden
en el deseo el dolor de su mordida;
llegarán a este sitio (si es que llegan)
felizmente agotados, limpios,
preparados y fértiles.

Aquí el deseo es una lámina verde
que fluye lenta entre los farallones.
Cuesta mucho abrevar en él.
No hay polvo que aventar o convertir,
sino cálculos y pautas.
Todo se pesa aquí. Todo se mide.

Mas un meandro queda donde el deseo guarda
ciertas prendas, ciertos códigos,
para que las lánguidas bestias degusten
el sentido a su remanso.

Y tal lugar incluye un sazonado pozo.
Y en él hundo el anzuelo para pescar futuro,
despacio, muy despacio...

Qué placer hallaros a vosotros, hijos,
en esta curva leda... Y dar con la poesía,
a salvo, tercamente defendida
por barbos viejos y ciegos
con sus mutantes lebreles.


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