verso

"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

Contigo

                                                          

PRESENTACIÓN:

“... Así que es uno de esos poemarios que se escribe fuera del lenguaje corriente y dentro de esa construcción anímica que apenas admite sugerencias y analogías. Creo que fue Mario Bunge quien habló hace tiempo de estas construcciones y las situó fuera de la razón metafísica porque en sí son únicas, indefinibles... Bueno, pues ése es el caso de este librito sólo para una persona, para la alteridad asumida como propia ontología...”

                                                                                                             Antonio Piedra


SELECCIÓN DE POEMAS



Te recuerdo entre consignas y alegatos,
secuenciada en la luz de los pasillos,
entreacto de aquellas conferencias
de filminas y cristales tintados, de
filas y filas mediando entre nosotros.
Fugaz te recuerdo, huida, inalcanzable
en el cifrado organigrama de tu tribu,
en el ajeno devenir de los cuadernos.
Dicha por amigos, sospechada,
cálculo exaltado de tersuras y caricias,
en la urgencia del tacto te recuerdo.
Te recuerdo también en los talleres,
sometida a la autarquía del tablero,
no para mí, alteridad insondable,
cúmulo de azares logradísimo,
áurea proporción de luz y enigma,
cantidad en fuga de placeres esquivos.
Te recuerdo desnuda, sudorosa,
cabalgando el éter de mis sueños,
pautando mis arritmias y mis besos
en las noches más largas existidas;
haciéndote medida inabarcable
en la sublime apoteosis del silencio.
Te recuerdo, en fin, punta del tiempo
en que fraguaron voraces mis anhelos
no sé cómo todavía... Detenida,
a las puertas del presente
te recuerdo.





... pesar tu cercanía, degustar tu nombre
bajo el amarillo alunado en las farolas
y el sonido arrebatado de los grillos.
Verte crecer desde tu voz pequeña
hasta los lindes extraviados de mis sueños
en singladura insospechada, incluso,
en los más caros anversos del deseo.
Entrever también tus hendiduras:
humanos signos en tu tez de estatua
que te yerguen más y más sobre mi pasmo.
Y comenzar a modular mis frustraciones,
a medir la ebriedad de la distancia
en que puedo registrar tu brillo.
Sencillamente conversar contigo
al amparo de una realidad estancada,
acotación milagrosa, favorable,
de un instante para embudar al tiempo,
contraído universo de magníficos nudos,
añorado big-bang de los atajos
que conocen el envés a tus murallas.
Y atreverme finalmente a seducirte
sublimando el estallido en la codicia.
...Eros asedia animoso tu castillo
con flechas de astracán
en su carcaj de lino.






... la insolencia de un sólo amanecer
no cabe en toda la salmodia del Apocalipsis.
Ni el compasivo adiós de viejas compañeras, ni
el gesto abrumado en los amigos, ni
el persuasivo silencio en la familia
podían socavar tanta ceguera.
El futuro pasaba por un sitio
donde fueran posible a la vez
pubis y estrella.
El final de la carrera un mero trámite,
en cuarentena las urgencias libertarias,
los libros aparcados, la guitarra,
la poesía sumisa, manejable...
Casa, casa, perentorio alveolo,
lóbulo sustraído al tiempo
donde poder refundar todas las cosas. 
Y aquello que empezó bajo el auspicio
cósmico de noches marineras
embarazadas de infinito negro,
había mutado tan ávidamente,
que buscaba redimensionarse
en el avaro contener
de las paredes.






... ninguna diferencia entre notario y fotógrafo.
Había que pasar aquel mal trago
o la familia nos tendría definitivamente
por perniciosos fornicadores
sobre el libro sagrado de los ritos.
Ninguna diferencia que pasara por himen,
temblor, ramo de rosas... Aquella tarde
de ropa alquilada y sobres de dinero
era una más.
Debíamos atravesarla ágiles.
Teníamos que llevar a pastar
a nuestro potro bicéfalo
de incontenible apetito.
Aquella noche tuvo un final
normalísimo:
el cleptómano animal
se zampó los crisantemos.






... hubiéramos firmado aquellos treinta metros
de independencia y el resto de la vida
entre discos y libros y tableros,
si no fuera porque el tren de la inocencia 
sólo rueda mientras da con vía.
El país nos estallaba entre las manos
y la isla que habíamos fundado
con la esperanza de cambiarlo todo
–exceptuando felizmente nuestra cama–
se tambaleaba.
En su playa los guardafronteras
meaban acero en las hogueras
y las víctimas desnortadas escapaban
para tratar con la muerte cara a cara.
En su centro de gravedad los corazones
consumían un aire enrarecido
respirado por perros imperiales
para inducir desgana.
Entre amigos, poesía, arquitectura,
espectáculos, tertulias y familia
sosteníamos las ansias y la casa
hasta que un día, después de haber amado
hasta la extenuación y la demencia,
de ambos estados emergimos renovados
con un pacto de semen en los labios
para decir
HIJO.





... si realmente un conmutador en La Habana
puede provocar una cascada en el Ontario,
qué pudo acontecer en el Olimpo
cuando nació Leonardo. Y cuánto
en la piel de la serpiente
que metódica nos asfixiaba
cuando su pies de gigante
te patearon la vulva en pos del llanto.
Qué pudo florecernos en las manos
que todavía hoy se resiste a la medida
y no cuaja ni en forma ni en sustancia.
Enorme te vino paridora
el momento crucial en que debiste
desdoblarte en costilla
de todas las mañanas.
Debíamos renacer en él, cabalgarlo
hasta las fauces de lo ignoto.
Todo estaba listo para el nuevo viaje.
Aquella madrugada en el Ontario
debió sonreír Lezama.






... en ineludible trabazón de azares
la realidad nos zarandeaba caprichosa.
Entre fusilamiento y fusilamiento
los imperios en nuestra cara se daban
las peores bofetadas. La ciudad
–ay, habanidad de habanidades–
ría de arquitectura y música
antaño protegida de los mares,
naufragaba entre desidia y sal
con las ubres deshechas,
la osamenta carcomida, derrotada.
El futuro congeló su mueca
en todas las ventanas, y en calles,
manglares, playas, aeropuertos
se traficaba con sueños y albedríos
envueltos en dudosos celofanes. 
Cómo romper con todo sin romperlo todo.
Debía irme... Solo.
Debíamos liar una trama de papeles
y desatar de una vez aquel fenicio
que habitaba relajado su paréntesis
en avanzada flacidez poética.
Había terminado el simulacro.
La vida estrenaba talante impositivo:
donde lisonjero abril,
diciembre frío.






... aparecieron en Barcelona,
con media vida de retraso, aquel
sábado de julio cuyo manual de instrucciones
había inútilmente repasado tantas veces.
–No sé si podré hacerme cargo
de esta emoción regresada
de mis últimos pliegues.
Debo decirte, créeme,
que me vibra aún el espinazo
cuando imagino el negativo de aquel día–
...Estábamos allí, cerrando un abrazo a tres
que había quedado roto, suspendido
en un horizonte trémulo
peligrosamente escorado hacia la suerte.
Tú, inmensa,
me habías crecido un mundo en el deseo,
ávida leías mis ojos mientras levitabas
sobre el arco pío de mi reverencia.
Él, frágil,
ansioso, colgado de mi cuello,
–infinita consulta que aguardaba
en las peanas de todos los oráculos–
escrutaba los códices ocultos
de aquel hombre revenido en padre.
Yo,
sencillamente feliz,
resistiéndome a mirar en mi alegría
el precio que ponía
su etiqueta.






... los años pesan cuanto los escombros
de los sueños rotos, y su peso, insolidario,
no sabe compartirse cuando fragua
en la tiesa catenaria de un corazón agostado.
Ha sucedido bastante para iniciar nuestro cómputo:
cuánto se ha roto, cuánto nos pesan los años,
cuánto queda todavía por indagar en el numen
que flota en la mordedura de este amor avaricioso.
Abandonamos recién el estado de excepción
en que tuvimos que ser dos amante-partisanos
en la avidez de la carne, la imantación de los hijos,
el fragor de los arraigos... Ahora
que los asuntos destilan sus emergencias, que
otra vez somos nosotros enfrentados a nosotros, di,
cuánto se ha roto, cuánto te puede el cansancio.
... No me preguntes a mí. Yo ardo manso
en el trasiego estrellado de tus ojos.
Sólo quiero imaginar otros veinticinco años,
otro recuento en la hoguera atlántica de tu seno,
otro libro de poemas, otro aluvión de memoria,
como vienen a pedirnos, mira,
entre la espuma y la arena,
en puntual alegoría
las gaviotas de Cascais.