verso

"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

Lienzo sobre óleo



RESEÑA

“Lienzo sobre óleo” es un poemario que aborda las claves de un mundo globalizado, en el que, sin aparente cabida para vías alternativas, se nos pretende conducir a la mansa aceptación de los estándares que se imponen desde los diferentes estamentos del poder. Desde presupuestos netamente líricos, huyendo conscientemente de un discurso encendido o incendiario; el poemario, cuya estructura está completamente trabada alrededor del tema central; toca en diferentes poemas conceptos como la relación del individuo con la sociedad, la libertad, la democracia, la guerra y la ecología. En sentido general se contesta la intención de cubrir el colorido de la diversidad con el crudo de la uniformidad mal entendida; la intención de cubrir el óleo impuro, variopinto, varicoso, que representa lo diverso en la humanidad, con un lienzo  “limpio” y uniforme que la ciña definitivamente a una codificada y manejable caricatura.

La forma y el tono lírico del poemario buscan hacer viable el acercamiento a un tema de tal aspereza. Los versos intentan conmover antes que exasperar al lector; se deslizan con una gravedad medida, y aunque la postura del autor es claramente escéptica,  los poemas pretenden tender un puente entre la amargura de lo constatado y la dulzura de lo ensoñado.   


                                                                                                                                    Jorge Tamargo 

SELECCIÓN DE POEMAS:



Lienzo sobre óleo.

Un velo.
Uno que atempere el color cual uniforme crudo
y alivie de manchas al indócil retrato de la vida.
Uno sin arrugas ni remiendos
que niegue a la luz cualquier ilusión de rendija
hacia el asombro.
Uno ––da igual de cáñamo o piedra––
que contenga la terca vocación para el sueño
que manifiestan algunos animales.
Uno que allane y discipline y tape
y entrañe los números binarios
que han de explicarlo todo para siempre.
Un lienzo, en fin, que cubra
el varicoso y complejo colorido del aceite
para plantar el blanco y la tersura
––cual impoluto manual de catequesis––
en el jardín unipolar de quienes mandan,
en la espera desigual
de quienes ceden...


Ósmosis espontánea...

Por ósmosis espontánea con la alteridad,
y gracias a elevadas plegarias
entonadas por tiernos ejércitos de paz,
el hombre se avendrá al recorrido final
de un par de genes que lo distinguen del orangután
y del hondón que lo aleja de su arquetipo.
Sólo habrá que añadir una pizca
de buena voluntad:
el mapamundi seguirá representado
NORTE ARRIBA.
Ya está.


Rincón global.

Mientras nevaba en el monte,
el anciano en su casa acariciaba al perro
y esperaba.
Al tiempo llovía en la sabana
y una niña con nada entre las manos
mojándose jugaba.
Ninguno supo bien lo que pasaba.
Ambos jugaban y esperaban.
Ambos fueron en el mismo instante
un sólo ser frente a la extraña suerte
de resultar una parte de sí mismos
y del otro y del juego y de la espera.
No hicieron falta grandes convenciones,
ni liberales, ni jueces, ni oradores,
ni operadores de bolsa, ni juglares,
ni telepáticos influjos, ni chamanes;
para que niña y anciano resultaran,
desde el rincón global donde vivían,
un sólo ser frente a la extraña suerte
de jugar y esperar tranquilamente.



Democracia.

Si su más allá muere de tedio
entre las cuatro paredes que la ciñen
y ciegamente la protegen de sí,
para qué la ventana. Para qué
ese amago de abertura
en la choza elemental de la esperanza,
si cada bocanada de aire nuevo,
cada rayo de luz no registrado,
cada llamada al contagio,
a la insurgencia del sueño,
se esteriliza y mal traga.
Si se trata de endogamia a toda costa,
a toda suerte, a toda muerte;
si a la fiesta inaugural de la alegría
no serán invitados quienes guardan
su proyecto de risa entre los dientes;
si no hay peligro, ni dudas, ni veredas
que no se estrellen contra el mismo lienzo
de la misma inequívoca muralla;
si está todo sellado a cal y canto
para qué el mensajero y el idólatra;
para qué la ventana.




Bolsa de valores.

Subieron el agobio y la distancia,
las agencias de citas, los satélites,
la realidad virtual, el psicoanálisis,
los bancos de semen y las sectas,
las misiones de paz, la democracia
en su versión patentada y de mercado.
Subieron las leyes migratorias,
la carrera espacial, las pasarelas,
el consumo no importa con qué máscara,
el amor en la red, los ansiolíticos,
los implantes corporales, los espías,
cualquier proclama o acto virulento 
dirigido a estancar las confesiones...
Bajaron el trabajo y el afecto,
la lectura, el valor, la transigencia,
el respeto por lo otro, la observancia
de los pactos refrendados con un beso.
Bajaron las caricias, la aventura,
la virginal emoción del inocente, 
el invicto morral del peregrino,
el reposado saber de los abuelos...
Subieron y bajaron los valores
en la tiránica faz de las pantallas
––un día más, o menos, poco importa––
bajo la zafia algarabía de las cifras
y el ocioso percutir de las palabras.




Anatomía de un sueño

... conservaba restos de una melena rizada
y cierta transparencia en uno de sus ojos.
Había perdido el otro. Ya no necesitaba
escrutar la oscuridad por ambos lados.
Aunque bípeda, su figura no seguía
el abecé de los cánones humanos. No era
enteramente simétrica, y sus miembros,
más que partes de un todo parecían
apéndices autónomos, seres otros  
sin demasiado que ver con su cabeza.
Sin aparente sexo, sus piernas
acometían directamente al torso
emulando a los brazos, cuyas bases,
apenas se distinguían de su cuello.
Aun así no resultaba grotesca.
Era una figura bella a su manera,
enigmática, con ese pecaminoso tacto
que suele proteger a las estatuas.
No reía ni lloraba.
No sudaba. No excretaba.
No mostraba indicios de cansancio...
Hablaba sin embargo,
y pudo presentar sus credenciales.
Fue amable, incluso dulce.
Dijo ser el súmmum de todo cuanto muere
en versión inmune a todo cuanto mata.
Dijo que nos seguiría, que nos pertenecía,
que era un caro detalle de su dios
empeñado en obsequiarnos
un profético juguete.




De qué nos vale...

De qué nos vale
la heredad de un tiempo y un espacio
más allá de la carne, a plena idea,
donde ser por siempre lo que fuimos
––o no pudimos ser, o no quisimos––
habitando dulces canales de energía,
libres del cerco prensil de las imágenes
y del escueto valladar de las palabras. 
De qué nos vale, digo,
si avocados al final del desafío
descubrimos alelados que llegamos
al umbral de ese espacio y ese tiempo
destruyendo el nexo con aquellos
que debieran seguirnos entregados.
Si devastamos la casa,
si hacemos inviable el escenario
donde imagen y palabra nos hicieron
entre todos los virtuales elegidos;
qué harán quienes hereden el vacío
de señales legibles para el viaje.
Y qué haremos en aquel vergel de calma
sin esperar a nadie que sepa cohabitarlo,
devenidos pura ánima, ignífuga armonía,
atrapados en lo eterno
sin tiempo para hijos.




Amados icebergs.

En qué mapa buscar al iceberg
que se enfrentó al Titanic.
En qué archivo su grito de victoria
sobre el intento de contestar al mar
la profunda y salada partitura.
Dónde la huella del blanco titán
que protegió a la luna del acero
mientras ésta se afanaba con el vientre
de una encinta ballena en Terranova.
Cómo encontrar al patriarca
entre los esotéricos fósiles de hielo
para pedirle amparo, para pedirle
que nos guarde del atronado casco
en que viajan indolentes
los ciegos porteadores del dinero;
que no module la voz, que no la calle,
que no llore en coro de glaciares
sin presentar batalla.
Cuántos tendremos que partir, a qué confines, 
si en la danza estival de la banquisa
se nos van los esmerados albaceas
de la profunda y salada partitura,
los solemnes guardianes de las lunas
que derraman su plata en las ballenas.


Estática milagrosa.

Mirad cómo se afanan los pájaros
en sostener los hilos de la casa,
cómo saben la fatiga en los cimientos
y generosos participan de la carga.
Fijaos cuán exigente su desvelo,
a cuánto alcanzan sus pequeñas alas.
Fijaos a qué ritmo viven, mueren,
a qué metabolismo trepidante
les avoca lo estoico de su anhelo.
Todo pende más que apoya.
Nunca fue tan leve lo que aún importa.
Qué será del reino de los cuerdos
el día que los pájaros se vayan.




Casi iguales

Ahora que al fin resultamos iguales,
y no sólo ante Yahvé, Alá o Pacha Mama,
sino ante el ojo del satélite,
el texto de los derechos humanos,
la criba de los mercados... Ahora
que nos vemos la cara mutuamente
en campañas publicitarias
y filmes documentales;
nos aferramos a banales diferencias
como aquellas que afectan
por ejemplo:
a la esperanza de vida,
a los implantes bucales...


Dripping post-mortem.

       
... y cuando estuvo todo listo, cuando
el crudo de la tela resultó fiable
y los viejos colores, doblegados,
juraron bandera, mordaza, brazalete;
el emergente artista agujereó su escudo
y esparció el plomo de las balas sobrantes
para tentar al semen del atónito arco iris.
Mas sólo el gris goteaba vacilante.
Ni siquiera en la despensa de los dioses
se encontró a-de-ene de color primario.
Un dédalo acromático avanzó inclemente
como pago final al vidrio de los ojos.